Sindicatos en el Socialismo

Descargar PDF

Hay, a propósito del surgimiento de un movimiento sindical libre en Polonia, una cosa clara: este es uno de los acontecimientos importantes del tiempo en que vivimos.

Me refiero a ese tiempo que, si hubiésemos de ponerle fecha de iniciación, tendríamos que situarla en 1917, la fundación del estado soviético; o en 1945, con el fin de la 2a. guerra mundial, que vio el advenimiento de la URSS, ayuda norteamericana durante el conflicto mediante, al rango de gran potencia. Ese tiempo escindido como nunca antes; tan profundamente como en el cenit del avance islámico, pero además de una manera distinta; porque, a diferencia del tiempo en que se enfrentaban la cruz y la media luna, ahora que la media luna ha sido reemplazada por la hoz y el martillo, la escisión penetra profundamente en Occidente. Más aún, su fuerza motriz parte del Oeste mismo; a la vez que éste carece de estandarte que enarbolar frente a la enseña roja, cuyos dominios se extienden arrolladoramente, al mismo tiempo hacia el levante y el poniente.

Surge en ese tiempo la idea de que el comunismo es monolítico. Gran parte de su pretensión de tener tras de sí las fuerzas secretas de la historia, encontraba sustento en la capacidad singular del movimiento marxista para generar liderazgos indiscutidos y estructuras jerárquicas piramidales, así como para liquidar todo brote herético sin vacilaciones ni problemas.

Las cosas, felizmente, han cambiado un tanto. Hasta ayer mismo habría dicho que ese cambio reposaba sobre dos acontecimientos. El primero, sin lugar a dudas, por su enorme potencia espiritual, y su reafirmación de los valores tradicionales de nuestra propia civilización (cuando ésta parece haberlos abandonado) consiste en la aparición de los disidentes rusos. El segundo consiste en la ruptura sino-soviética, de incalculables consecuencias geopolíticas. Pues bien, hoy me atrevería a ubicar, junto a estos acontecimientos sin duda trascendentales, la aparición del sindicalismo libre polaco.

Será, tal vez, porque poseo vivencias de este acontecimiento, que me estremecieron profundamente. En un programa de televisión que tuve la fortuna de poder presenciar durante un reciente viaje, vi llegar a Lech Walesa y a sus compañeros conductores del sindicalismo libre al lugar en que se firmaría el convenio que puso fin a la huelga iniciada en Gdansk, y vi llegar también a los representantes del gobierno comunista. Ambos grupos pasaron en medio de la multitud de trabajadores. Los primeros rodeados de vítores, flanqueados por el calor de aquella masa juvenil y vibrante. Y luego vi a los representantes del gobierno desfilar cabizbajos, a través del silencio gélido de aquellos hombres y mujeres que, tal vez sin saberlo, estaban asestando un golpe mortal al mito de que el partido comunista es el representante natural y legítimo de los intereses obreros.

Todos los que viven bajo el imperio soviético saben que eso es mentira, y tienen claramente identificados a los miembros del partido con el arribismo, el privilegio, y la corrupción; pero nadie habría encontrado una manera tan elocuente y dramática de proclamarlo a los cuatro vientos como los sindicalistas libres de Polonia.

Vi asimismo las manifestaciones de fervor religioso de Lech Walesa y sus camaradas; de toda la masa trabajadora, sometida en su enorme mayoría desde la infancia a la sistemática propaganda del comunismo ateo. Una vez más, aquella multitud declarada y entusiastamente cristiana estaba desmintiendo el mito de que ei marxismo cabalga sobre la ola del futuro.

 

***

 

Este es el género de razones, apuntaladas por vivencias, que me mueven a considerar el surgimiento del sindicalismo libre en Polonia entre los mayores acontecimientos de nuestro tiempo.

Esas razones, como habrá apreciado el lector, conciernen la quiebra de ciertos mitos que asistían a la embestida marxista contra nuestra civilización. No tienen que ver, en cambio, con las finalidades propias y conscientes del movimiento. Este ha sido lanzado, es de suponerse, para defender los intereses de los trabajadores polacos, y mejorar su condición económica; no específicamente para dar testimonio contra el comunismo, ni servir de advertencia al resto del mundo.

¿Qué podemos pensar, a propósito de esos fines deliberados del sindicalismo polaco? ¿En qué medida es posible augurarle éxito?

A mi modo de ver, apenas en una medida insignificante. El sindicalismo polaco ha logrado que la Misa sea trasmitida por los canales de televisión controlados por el marxismo. Es una realización asombrosa. Pero si se trata de mejorar el salario real, y liberar al obrero polaco de la penuria y la monotonía en que se halla sumida su existencia cotidiana, la dificultad es mucho mayor. Los sindicalistas polacos no se enfrentarán ya a la hostilidad de los dirigentes comunistas respecto de la difusión de una ceremonia religiosa que colide frontalmente con la orientación filosófica de su régimen; se enfrentarán a un objeto mucho más duro y resistente que la mala voluntad del liderazgo marxista; se toparán contra la incapacidad del sistema para generar una corriente de bienes y servicios capaz de reportar a los trabajadores polacos el nivel de bienestar que reclaman.

Así como pienso que los aspectos de distribución son mucho menos importantes en el capitalismo de lo que la gente suele creer, estoy persuadido que en el socialismo ocurre otro tanto. No creo que el problema del trabajador polaco mejore significativamente a través de la transferencia de ingresos desde el 2 o 3 o/o por ciento de la población polaca –los integrantes de la nomenclatura, o “establishment” socialista– que poseen un elevado nivel de vida, al 97 o 98 o/o restante. Pienso que conseguir esa clase de transferencias sería supremamente difícil, en virtud de la resistencia del grupo dirigente, que no tiene otra razón que su privilegio para defender el régimen; pero, sobre todo, encuentro evidente que ellas surtirían efectos insignificantes sobre la gran masa trabajadora.

Lo que implícitamente les están exigiendo los obreros polacos a sus gobernantes es eficiencia; es decir, algo que no está dentro de su alcance conceder. O de otro modo: implícitamente los sindicalistas están demandando a sus gobernantes un cambio de sistema económico, y eso es algo que el régimen no concederá sin antes combatir.

En suma, no creo en un socialismo distinto. No creo que las tribulaciones del pueblo polaco se deban a la insensibilidad ni al egoísmo de sus dirigentes. Creo que son una consecuencia ineluctable del sistema económico que el ejército rojo impuso a aquel país hace 35 años.

Los líderes de los movimientos que en una manera u otra se alzan contra el régimen comunista no suelen enfocar la cuestión de esta manera. El movimiento de la Primavera de Praga era él mismo, o se decía, socialista; postulaba un cambio de orientación dentro del socialismo. Pienso que si no hubiese sido aplastado por los tanques soviéticos, habría generado una enorme desilusión, e incontables frustraciones entre sus seguidores.

En síntesis, no entreveo nada parecido a un camino fácil para los sindicalistas libres de Polonia. Todo indica que carecen de una idea clara acerca de su verdadero objetivo. En cuanto al que persiguen conscientemente, él es sencillamente inasequible. Unase a ello el enorme fervor del movimiento, su tremendo apoyo popular, y el impulso que ha adquirido con sus éxitos iniciales, y se hallarán ya reunidos todos los elementos de un destino gravemente conflictivo.

No dudo de que Solidaridad, como han llamado a su organización Lech Walesa y sus compañeros, hará una contribución duradera a la causa de la libertad. Mucho me temo, en cambio, que ella cueste a sus militantes ingentes sacrificios.

Vista previa del documento