Es curioso, pero un conceрto sencillo como el de la ventaja comparativa suele ser mal comprendido por mucha gente; incluso por gente que escribe sobre economía. Por ejemplo, Raúl Prebisch. En su artículo de 1949, en el que enunció su famosa proposición sobre los términos del intercambio, Prebisch afirmó que la escuela económica clásica había asignado “a perpetuidad” a los países periféricos el papel de productores de materias primas. Prebisch fracasó en su intento de probar aquella proposición, pero en cambio probó algo mucho más sorprendente que el deterioro de los precios relativos de los productos primarios – que era posible escribir un artículo influyente sobre los economistas clásicos sin haberlos leído nunca. No es de extrañarse que en este aspecto, como en tantos otros, Prebisch haya hecho escuela.
Hay textos que le hacen intuir a uno el origen de ese error. De ellos parece desprenderse que sus autores creen que X (sea X un país o una persona) tiene ventaja comparativa para producir la mercadería Z si puede hacerlo mejor o más barato que cualquier otro agente. En este sentido, ventaja comparativa para dedicarse profesionalmente al tenis es una cualidad que podría atribuirse a Bjorn Borg, Guillermo Vilas, y gente de destreza semejante. Pero eso no tiene que ver en absoluto con el concepto de los economistas. Según éstos, X tiene ventaja comparativa para producir Z si él mismo puede producir ese bien mejor o más barato que cualquier otro bien. En ese sentido, el profesional del club, que en su vida ha ganado un torneo, puede tener una ventaja comparativa para el tenis tan marcada como John Mc Enroe o Vitas Gerulaitis.
Considere usted, por ejemplo, este texto, que extraemos de un artículo del Cr. Danilo Astori aparecido en Opinar el 20 de noviembre.
“La historia demuestra que muchos países inicialmente dotados con peores recursos que otros, han superado económicamente a estos últimos con el transcurso del tiempo, revelando que las ventajas comparativas no son ni un rasgo congénito ni tampoco nacen espontáneamente.”
Es un fragmento enigmático. He ahí dos países, “A” y “B”. “A” posee tierra fértil, minerales, hidrocarburos y una población saludable, inteligente y bien educada. “B” es inferior a “A” en todos esos aspectos. “A” disfruta, comprensiblemente, de un ingreso “per capita” mayor que el de “B”. Pero hete aquí que, con el andar del tiempo, “B” empieza a descontar ventajas, y termina superando a “A” en renta por habitante. ¿A qué puede haberse debido semejante cosa? Pues no lo sabemos: pero mucho menos aún podemos comprender por qué razón el Cr. Astori afirma que ello “revela” tal o cual cosa sobre la ventaja comparativa.
Podemos, sí, conjeturar acerca de la suerte recíproca de los dos países. El país “B”. peor dotado de recursos, pudo hallarse en cambio provisto de una mayor inclinación al ahorro que “A”. “A” pudo ser, por así decirlo, el país de las cigarras, y “B” el de las hormigas. Pero entre las hipótesis consistentes figura también sin duda ésta: “B” pudo superar a “A”, finalmente, por haberse especializado conforme a su ventaja comparativa, mientras “A” le daba la espalda a la suya. Hay, por cierto, países que han frustrado a la Providencia, despilfarrando los recursos con que ésta les habría colmado a través de la ineficiencia asignativa que derivan de negar su ventaja comparativa. Uno de ellos ha sido el Uruguay.
Pero no nos desviemos. ¿Por qué razón, nos preguntábamos, el Cr. Astori podrá afirmar que su ejemplo de un país pobre que deja atrás a otro rico demuestra tal o cual cosa sobre la ventaja comparativa? ¿Podrá ser a causa de que el Cr. Astori crea que, en el ejemplo, el país “A” tenía ventaja comparativa sobre “B”? A pesar de que semejante proposición carezca de sentido, y esté contradicha por una corriente de literatura que arranca con David Ricardo, más de siglo y medio atrás, pasa por Mill, Ohlin y Samuelson, entre otros, y no cesa de aumentar su caudal hasta hoy? Cuesta, por cierto, admitirlo; pero pruebe el lector a encontrar otra solución al acertijo.
El contexto del artículo del Cr. Astori puede sernos de ayuda. Antes había expresado:
“… la base teórica en la que (la política económica actualmente vigente) se apoya, apela a la libre acción de las fuerzas del mercado, entendiendo que las mismas –espontáneamente– conducen al máximo bienestar de la sociedad. En el ámbito internacional, esta acción espontánea supondría la vigencia de las ventajas comparativas, dedicándose cada país a especializarse en aquello para lo que está mejor dotado. Sin embargo, hace ya mucho tiempo que se sabe que esa base teórica es absolutamente falsa…”
Note el lector la expresión: “se sabe…” No “hace mucho tiempo que sé”; ni “hace mucho que descubrí”. Ni tampoco “hace años que Fulano de Tal, o Tal o Cual Escuela demostró que…”, ni “hay quienes ponen en duda que…”. No, nada de eso. Las subjetividades están decididamente superadas. Se sabe que la teoría económica que prescribe la asignación de los recursos conforme a las fuerzas del mercado es absolutamente falsa. Y lo mismo se conoce la falsedad de sus corolarios sobre la división internacional del trabajo y la ventaja comparativa. También hace mucho que se sabe que la teoría que afirmaba que la Tierra es un disco plano que flota en el centro del sistema planetario es absolutamente falsa. Se trata del mismo orden de cosas.
Lector: ¿qué diría usted de un profesor que diera clases de astronomía siguiendo a Ptolomeo? ¿O de química ignorando a Lavoisier? ¿No diría usted que es un impostor y un falsario? Un biólogo que profesara la doctrina de la generación espontánea, ¿no le escandalizaría? ¿No repudiaría usted, en una palabra, a quienquiera enseñase o difundiere teorías manifiesta y reconocidamente erróneas? Inclusive la teoría de la especialización en el plano internacional, conforme a la ventaja comparativa, por supuesto. Si es que, naturalmente, como afirma el Cr. Astori, hace mucho tiempo que se sabe que ella es absolutamente falsa.
Lector: comprendo la severidad de su reacción y, por más que sea yo uno de sus destinatarios, no puedo menos que aceptarla. Pero aguarde un instante. Suponga ahora otra cosa. Presuma que la teoría que propicia la división internacional del trabajo según el principio de la ventaja comparativa, se hallase en el ancho mundo en una posición abrumadoramente dominante. En esa hipótesis, es decir, si la enorme mayoría de los economistas de buena reputación en Oriente y Occidente aceptasen por buena esa doctrina, ¿cómo calificaría usted a quien afirmase –no ya que es falsa, puesto que la contradicción y el inconformismo son las vitaminas del organismo científico– sino que se sabe, reconocidamente, objetivamente, que es falsa. ¿Y que lo afirmase dirigiéndose a un público no especializado, susceptible de ser inducido en confusión?
Ah, y ya que hoy se ha dado el juego de que yo le formule a usted preguntas. Ahí va una para concluir. ¿Cómo puede ser que tanta gente ignore entre nosotros el principio del boomerang, siendo así que aborígenes de Australia, primitivos como son y todo, lo conocen perfectamente?