Adam Smith escribió su gran obra –La riqueza de las naciones, aparecida en 1776– de manera principal y directa para atacar lo que él llamó “Sistema Mercantil”; es decir, el conjunto de ideas y formas de encarar los asuntos económicos que, hacía ya cosa de dos o tres siglos, dominaba la escena europea. Allá por el siglo XVI el mercantilismo había desalojado la concepción medieval, y se había erigido en la doctrina oficial de la alianza de los monarcas con sus respectivas burguesías, que permitió la liquidación o atenuación del orden feudal, y la consolidación de los estados nacionales.
El mercantilismo (o colbertismo, como también se lo llama por el papel central que en su desarrollo desempeñó el famoso ministro de Luis XIV) era dirigista, nacionalista, monopolista, proteccionista y reglamentarista. A fines del siglo XVIII operaba como un chaleco de fuerza sobre las economías occidentales, que gracias a los descubrimientos científicos de un siglo atrás estaban en condiciones de transformar la faz del mundo, el nivel de vida de las masas incluido. Las ideas liberales lograron romper, en cosa de un siglo, el entretejido de trabas que inmovilizaba la economía de Occidente. Lo logró, es decir, en el área policéntrica que abarca la Europa noroccidental, las ex colonias anglosajonas, y el Japón (seguido con cierto rezago por varios países menores del Lejano Oriente). El resto del mundo permaneció apegado al sistema mercantilista, y en buena parte lo sustituyó luego por el socialismo, con el cual sus semejanzas son pronunciadas. Hoy forman el gran área del subdesarrollo económico.
En todo esto hay, por supuesto, matices. En el siglo XIX el liberalismo alcanzó una fuerza tal que muy pocos rincones del mundo permanecieron ajenos a su influjo. El Uruguay tuvo un primer medio siglo relativamente liberal, que lo transformó, desde orígenes muy humildes, en uno de los países más ricos del mundo. Pero una herencia cultural fuertemente mercantilista acechaba muy cerca. En 1875 y 1888 aquella orientación promovió y obtuvo sendas leyes proteccionistas. Luego siguió la creación de las empresas estatales monopolistas. En la década de los años ‘30, el mercantilismo quedó dueño del terreno. Un cuarto de siglo después el Uruguay ingresaba a la categoría de los países subdesarrollados.
El origen de la prodigiosa influencia del mercantilismo en el Uruguay debe asociarse con la afligente condición en que el advenimiento de las ideas liberales, en el siglo XVIII, encontró a España. El sistema liberal tiende a explicar el nivel de desarrollo de un país en función de lo que él mismo hace, fundamentalmente de sus instituciones y de su política económica. El mercantilismo, que despliega su visión de la economía mundial en términos de ásperos conflictos, permite urdir explicaciones que stiúen la causalidad de determinada situación en los que hacen los demás. De ahí su atractivo para una nación en franca decadencia, como lo era la España del siglo XVIII. José Espinosa de los Monteros, cuyo libro vio la luz en Madrid cuando se juraba nuestra primera Constitución, representativamente escribía:
“Para que la dignidad española no sufra.. humillaciones, y para que los extranjeros no se aprovechen de las ventajas que nos ofrece nuestro suelo, es indispensable que nosotros procuremos sacar el partido posible de los infinitos recursos con que pródiga naturaleza nos convida, porque si no tendremos que seguir vendiendo a vil precio las primeras materias de que abundamos, y devolverles luego con muchos aumentos el poco dinero que nos dejan, pues habremos de comprarles las mismas materias manufacturadas.”
O sea que la culpa de todo la tienen los extranjeros y los términos del intercambio. La doctrina es de un atractivo irresistible, como Raúl Prebisch, ese genio del marketing ideológico, demostraría algo así como un siglo más tarde.
La intención de este artículo es promover entre los uruguayos la comprensión del impulso atávico que persiste en nuestra política económica en general, y en nuestro tratamiento del comercio exterior de materias primas en particular. Queremos proponerles la conclusión de que es la fuerza de esa herencia cultural la que explica, entre otras cosas, la persistencia de la prohibición de exportar ganado en pie, cuya derogación, anunciada públicamente nada menos que por dos ministros, debió resultar después postergada, sin duda ante tenaces resistencias surgidas en las máximas esferas de la Administración.
Hace cosa de 300 años, Colbert escribía:
“Toda la cuestión del comercio consiste en facilitar la importación de aquellos bienes que sirven a las manufacturas del país, y trabar la entrada de los que pretenden introducirse manufacturados”.
Y el sueco Ely Heckscher, de cuya monumental obra titulada Mercantilismo extraemos la cita, comenta que el colbertismo, en lo relativo a materias primas, propendió al subsidio a las importaciones (¿recuerda el lector los cambios múltiples?) y al desestímulo de las exportaciones.
Hoy en día ningún economista merecedor de ese título se sitúa en las filas de Colbert. Pero eso no vale para los hombres prácticos. Como Keynes lo indicó, es a través de éstos que perviven las ideas de muchos economistas difuntos.
Hoy hemos querido detenernos a identificar a los fantasmas que nos mantienen anclados al subdesarrollo. Es poco lo que, dada su insustancialidad corpórea, podemos hacer contra ellos. Pero comprender el origen del mal debe ser el primer paso hacia su erradicación.