A esta altura de la historia de Occidente, va resultando claro que las ilusiones que tantos se forjaron sobre el papel que el socialismo llegaría a desempeñar están en franca bancarrota.
Tenemos antes todo por delante la quiebra de la teoría marxista del socialismo, o teoría del socialismo científico. La organización colectivista de la sociedad respondería, según Marx, no al deseo de tal o cual líder revolucionario, sino a una legalidad ínsita en el proceso histórico, que determinaría todas sus características. Así como las cadenas de átomos del ácido ribonucleico contienen in ovo todos los rasgos genéticos que individualizarán al ser vivo recién gestado, en el seno del devenir histórico yace el código que modelará la revolución proletaria en su tránsito hacia la sociedad sin clases del futuro. Al descifrarlo, Marx tuvo trato con su esencia, que trasciende la voluntad, y la imaginación, de todo individuo.
En contraste con ello, hoy oímos a los chinos afirmar que los soviéticos representan la principal amenaza para la humanidad. Antes, cierto día, oímos asombrados a Jruschof denunciar al socialismo de Stalin; ahora vemos atónitos a la Pandilla de los Cuatro y a su versión del socialismo en el banquillo de los acusados; dentro, nada menos, del proceso de desmitificación de Mao. ¿Dónde mora en todo ello la dialéctica hegeliano-marxista, que aseguraría la ascensión sin tropiezos del carro de la historia en su ruta hacia el comunismo?
Más impresionante aún es la desafección de las masas respecto de los regímenes colectivistas que supuestamente debían liberarlas. Ahí tenemos el testimonio brutal del muro de Berlín; la historia desgarradora de la migración náutica de los vietnamitas en el Este, y de los cubanos en el Oeste; y el genocidio camboyano, para nombrar sólo los casos más dramáticos.
Hay socialistas aún en el mundo, pero sinceros y de corazón, sólo fuera del campo donde el socialismo domina. Hoy en Polonia los líderes que las masas respetan y aman son hombres como Lech Walesa, un cristiano ferviente, en lucha frontal contra el Partido, ese reducto del privilegio el adocenamiento y el cinismo.
Pero el socialismo resiste. Las divisiones blindadas soviéticas están alertas dentro y fuera de las fronteras polacas, para intervenir en el instante en que esté claro que el régimen colectivista peligra. Como lo hicieron en Hungría y en Checoeslovaquia. Como lo habrían hecho en Chile, si el Océano y los Andes no se hubiesen interpuesto. Por la doctrina de la irreversibilidad de la revolución socialista el régimen soviético ya ha arriesgado el holocausto nuclear, y si es preciso volverá a hacerlo.
¿Por qué? ¿Cuál es la secreta razón de esta tenacidad? ¿Por qué los norteamericanos se detienen ante las fronteras de Norcorea y Vietnam del Norte, y aceptan al comunismo instalado en la órbita de sus intereses vitales, en Cuba y Nicaragua, mientras los rusos en circunstancias semejantes no vacilan ante el peligro inmencionable?
Los factores contribuyentes pueden ser diversos, pero ninguna respuesta puede formularse sin recurrir a lo que el socialismo de hecho representa: la más fabulosa concentración de poder que jamás haya existido. Y a la fascinación por el poder, esa pasión, la más fuerte que puede alentar en el corazón de un hombre.
Hay una circularidad trágica en esta cuestión. Cuanto más poder concentra una sociedad, mayores energías se generan para la defensa y el acrecentamiento del poder. De ahí que la desafección de las masas, y su misma rebelión, hayan resultado hasta hoy impotentes para el rescate de cualquier sociedad caída en las garras del colectivismo, salvo algún caso muy particular.
Y el poder, ¿por qué se concentra de manera tal cuando el socialismo impera? Pues, sencillamente, porque el estado socialista toma en sus manos la propiedad de todos los medios de producción. Porque la propiedad individual es el freno más poderoso capaz de constreñir el poder y garantizar la libertad de los individuos, y el socialismo comienza con el desmantelamiento de esa garantía fundamental.
Supuestamente, ese poder colosal habría de emplearse para librar a la humanidad de todas sus ataduras. De hecho, como los realistas de todos los tiempos ya lo sabían, ese poder no ha sido utilizado más que en provecho de quienes lo detentan. Ni jamás podría serlo: ni esos hombres lo querrían –éticamente el hombre con gran poder por lo regular está varios escalones por debajo del promedio de sus congéneres; ni sabrían solucionar el problema que una sociedad libre espontáneamente resuelve, de asignar eficientemente sus recursos escasos.
Se requiere una toma de posición radical. Ha pasado el tiempo de las medias tintas, en que estaba de moda juzgar al socialismo como un movimiento generoso aunque utópico, idealista aunque excesivamente dependiente de la bondad humana. Si hubo alguna vez alguna razón para pensar así –y nosotros no lo creemos– hoy que el fenómeno del socialismo se explaya sobre una enorme proporción del planeta, y nadie puede excusarse por no verlo, semejante postura es insostenible.
El socialismo es el enemigo: ha llegado la hora de llamar las cosas por su nombre. Pese a su estrepitoso fracaso como organización de la sociedad, el socialismo resiste firmemente donde está implantado, y se lanza a una ofensiva incesante. Con la metralleta o la bomba, pero también insidiosamente, desde la cátedra o el periodismo, desde el libro o la escena teatral, cada vez que se nos presenta la propiedad privada y el móvil del provecho personal como fuente de injusticia, y se erige en ideal la politización de la vida social íntegra. Lo hacen innumerables hombres y mujeres, algunos conscientes de que su causa destruirá la libertad, otros, ilusos, creyendo contra la razón y la experiencia en una variante democrática del colectivismo; todos movidos por el ansia inmoderada de poder: poder para sí, o poder para su partido; poder para disfrutarlo directamente, o de modo vicario; pero poder y más poder siempre: la motivación es monótonamente sencilla, pero no peca por insuficiente.
Nuestro país pasó recientemente con fortuna una etapa cruenta y amarga de enfrentamiento con el socialismo armado, pero está entregando posiciones vitales en la confrontación sorda que no cesa jamás. Tiene instalado el socialismo en las mismas entrañas de su organización constitucional. Sus autoridades proclaman que toda industria vital, o estratégica, o que de algún modo concierne a la seguridad de la nación, o, entre otros valores superiores, a su desarrollo económico, debe ser de propiedad colectiva. A la propiedad privada le están reservadas las actividades secundarias o triviales, o consideradas por el momento tales, a la espera de que dejen de serlo.
Este socialismo a la uruguaya, o socialismo al 50 0/0, que persiste a través de todas las peripecias que nos toca vivir, representa un equilibrio inestable. El principio que se selecciona para regir lo más importante, debe prevalecer en definitiva. Lo que sirve para la seguridad y el desarrollo, a la larga tiene que servir a todo el resto. Es cuestión de tolerar, por el momento, un sector privado, mientras se reúnen fuerzas para el próximo salto.
Recientemente en nuestro medio se han hecho oír sobre el tema voces valientes, desde posiciones expuestas, por su elevación, a los ataques. Estos no se han hecho esperar. El poder nunca se resigna a dejar de ser. El sector de propiedad colectiva del Uruguay reaccionó en bloque, en defensa de sus posiciones, de sus privilegios, con la influencia tremenda que le da su enorme poderío económico.
La lucha promete ser dura. Como, después de todo, era de suponerse; nunca nos hicimos ilusiones. Pero habrá que librarla. Los que amamos la libertad, y tenemos los ojos abiertos, sabemos que no hay alternativa. Y que el peligro arrecia.