Con esta edición llegamos a la No. 100 de nuestra revista. Ello nos induce un ánimo retrospectivo, volcado hacia nuestros orígenes y trayectoria. Pero, más aún que ello, el nuevo dígito de nuestra numeración nos estimula para encaramarnos en nuestra experiencia, y otear desde allí el siempre brumoso porvenir.
Búsqueda nació en medio del desastre económico, en el electoral año de 1971, que vio despilfarrar las conquistas del período 1968-70 –abatimiento de la inflación y ruptura del estancamiento– en aras de la caza de votos con los pesos del contribuyente. Ya en las postrimerías del ‘70 resultó transparente a un pequeño grupo que una nueva ola de inflación galopante se aprestaba a abatirse sobre la endeble economía uruguaya; que el brote del dinamismo conseguido en el ‘68 quedaría trunco, y las tensiones sociales consiguientes formarían con la guerrilla rampante un conjunto ominoso. De la conciencia de esta vecindad de la catástrofe nació Búsqueda.
No se trataba, por supuesto, de influir sobre la crisis inminente –¿qué puede hacer el pobre pedagogo en el fragor de la batalla?– pero sí de apostar a que saldríamos de ésta y que habría otras, futuras, que aventar. ¿Cómo? Analizando, explicando, tratando de que el país asumiera su colectiva responsabilidad por sus desventuras, y enfrentase con responsabilidad el reto crucial que le lanzaba el destino. En una palabra, con una estrategia de largo aliento. Haber comenzado en el Uruguay de 1971 una empresa concebida para el largo plazo es un acto de fe del que nos enorgullecemos, y que en buena medida define nuestra empresa.
Y en ella ¿cómo nos ha ido? Pues, por ahora, bastante bien, a Dios gracias. Fuimos pioneros –nuestra natural modestia no nos impide verlo. Hoy los nombres de Hayek, Friedman, Harry Johnson, Robert Mundell y muchos otros son familiares a nuestro público culto. En 1971 eran inmencionables en los recintos académicos, y permanecían inmencionados en la prensa. Todo eso, y lo que va con los nombres, por supuesto, en materia de información y de opinión, ha cambiado marcadamente en la última década. Y en ello fuimos, como decíamos, pioneros.
Y en la política económica, ¿qué progresos pueden percibirse en nuestra década de vida? En ciertos aspectos, progresos realmente notables. Búsqueda vio la luz primera en medio de una represión económica férrea y generalizada. Había cuerpos policiales especializados en la represión de las transacciones cambiarias y otros “delitos económicos”. Tratábase, por supuesto, de una cortina de humo, tras la cual pretendía ocultarse la verdadera causa de la devastadora inestabilidad monetaria, a saber, la irresponsabilidad financiera del gobierno. Más precisamente: con la complicidad del Parlamento, que votó unánimemente un estatuto abominable, la Ley de Ilícitos Económicos, el gobierno montó una caza de brujas para distraer la atención popular de las verdaderas causas del desbarajuste. En la denuncia de esta enorme mentira, y de las injusticias que engendró, Búsqueda estuvo, si la memoria no nos engaña, completamente sola. ¿Cómo no hemos de experimentar entonces una particular satisfacción al ver hoy a la República libre de aquella odiosa represión, al revés, al verla ahora provista de mercados de cambio extranjero y de moneda nacional ejemplarmente libres, a la vez que adornada de un vigor desusado y una desusada capacidad para crecer?
No es que pretendamos acreditarnos ese éxito ni, por supuesto, los demás, mayores y menores, completos y parciales, que jalonan la década –la reforma fiscal del ‘74, la reforma de la política agropecuaria del ‘78, la consolidación de las disciplinas monetaria y fiscal, la remoción casi universal del control de precios, la semiapertura del mercado financiero, la liberalización del sistema de control de la banca, el programa de reducción arancelaria, el descongelamiento de la regulación de la industria automotriz– pero nuestro granito de arena en la promoción de la mayor parte de ellos sería difícil negárnoslo.
Claro que si reivindicamos un crédito por los éxitos, no podemos repudiar los débitos por los fracasos. Nos referimos a las faltas de coherencia de la política; a las tremendas omisiones que nos separan de la conformación de una política auténticamente liberal, y postergan tristemente el reencuentro definitivo y pleno del país con la prosperidad.
Hemos fracasado en la promoción de una judicatura independiente, esa piedra angular del estado de derecho, sin la cual, no sólo no puede haber una sociedad libre, sino que tampoco siquiera una economía eficiente.
Hemos fracasado además en inducir en las autoridades en general siquiera un enfoque crítico respecto de los rasgos institucionales que, en nuestra opinión, fueron decisivos para inducir el proceso de regresión que vivió la República, y sin cuya reforma profunda la recuperación cabal del país no nos resulta concebible. Nos referimos a las estructuras institucionales que definen nuestra fisonomía nacional en los campos de la seguridad social, las empresas estatales y, lo más importante de todo y lo más grave, la educación.
Hay un par de razones por las cuales nuestro fracaso en despertar en el gobierno actual siquiera un espíritu abierto al cambio en aquellos sectores de la convivencia social nos deja perplejos. La primera, porque la estructura institucional cuya reforma nos luce imperativa es la obra de generaciones de políticos, respecto de los cuales el régimen adopta una actitud severamente crítica. Es penoso reconocer los propios errores, y humano aferrarse a lo hecho por uno mismo. Pero preservar amorosamente intactas las estructuras que nos legaron los mismos hombres que el régimen declara cívicamente inhabilitados es una actitud insólita. Disuadir de ella a las autoridades no debería ser tarea excesivamente ardua.
La segunda razón por la que pensamos esto mismo nos la da el ejemplo de un vecino. Chile, con una trayectoria y una coyuntura políticas muy semejantes a las nuestras, ha introducido en todos los campos que mencionamos, y otros aún –como el de la salud– reformas radicales, que combinan, en proporciones diferentes, estos tres mismos ingredientes: privatización, supresión del monopolio, descentralización de las potestades públicas al nivel local. Si ellos lo han hecho, podemos hacerlo nosotros. Si no lo hemos hecho, todos somos responsables, y no sólo el régimen. Nosotros asumimos nuestra cuota parte del fracaso. Pero, eso sí, en nuestra segunda década vamos a hacer todo lo posible por rehabilitarnos.
Todo lo que acontece tiene por algún lado alguna faceta positiva, que es preciso descubrir. Los fracasos que hemos enumerado no la poseen demasiado escondida. Le confieren al país una gran tarea a cumplir, una gran marcha a recorrer, una gran temática a debatir; de todo lo cual un éxito temprano, caído de lo alto, nos habría privado.
Así entrevemos nosotros el regreso del país a su normalidad institucional. Por un camino escarpado, que pasa por el esfuerzo y el sacrificio. Que está pavimentado de lucha. Un camino que debe señarnos las artes de la convivencia civilizada y el diálogo fecundo. Un camino del que ninguna alfombra mágica de soluciones prefabricadas podrá eximirnos. En esa empresa colectiva queremos participar. Con nuestras fuerzas limitadas; con nuestra adhesión sin desfallecimiento a los valores que ha sido nuestra vocación servir. No como hombres sabedores, sino buscando, junto con todos, nuestro común destino.
Como programa para el segundo centenar de ediciones, no deja de lucir interesante.