El agio, la especulación y el folklore nacional

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I

Acerca de las explicaciones de la suba de precios y de la escasez de bienes que se basan en el agio y la especulación, podría afirmarse algo semejante a lo que decía Voltaire a propósito de la magia negra: mediante fórmulas de encantamiento apropiadas se puede, ciertamente, provocar la muerte de un rebaño; claro está a condición de que se suministre al mismo tiempo a las ovejas una dosis suficiente de arsénico.

Del mismo modo: movidos por una sed inextinguible de ganancias, anestesiados sus escrúpulos por la codicia, lanzados tras el lucro a través del agio y la especulación “y toda la gama de innobles recursos de que se valen… para engordar riquezas a costa del sufrimiento colectivo”, los empresarios pueden hacer, efectivamente, que los precios suban y que escaseen los artículos de consumo popular. Pero a condición, por supuesto, de que previamente la irresponsabilidad fiscal y el expansionismo monetario se combinen con la pretensión gubernamental de impedir la suba de precios dictando decretos.

Es curioso: mientras el gobierno observa la disciplina en lo monetario y lo fiscal, mientras no hace demagogia con los salarios ni pretende que los bienes se vendan por menos de lo que cuestan, el afán de lucro de los empresarias se mantiene dentro de cauces normales. Basta, en cambio, con que el gobierno tire la zapatilla (si se nos permite la expresión popular) en esos terrenos, para que una irresistible rapacidad se apodere de los hombres de negocios y les impulse por la más inescrupulosa senda agio-especulativa. Es extraño, pero, a estar al folklore nacional, así son los hechos y (si vuelve a excusársenos por la vulgaridad) es cosa de creer o reventar.

 

II

El último período del gobierno saliente se caracterizó por el déficit fiscal desbocado, la expansión monetaria incontrolada y, en materia salarial, baste con consignar que la decisión gubernamental superó largamente, en ocasión del último aumento, la demanda de la CNT. Las consecuencias inflacionarias de tanta indisciplina fueron reprimidas temporariamente mediante la sobrevaluación monetaria, la supresión artificial de los ajustes de tarifas en la empresa pública y el contralor de precios en la empresa privada. El gobierno aumentaba la presión sin cesar y al mismo tiempo se sentaba encima de la olla. El resultado fue el que era dable predecir. Sólo que el que tiene que pagar ahora los platos rotos (por la inevitable explosión, claro está) es un nuevo gobierno. Que nuestros primeros sentimientos hacia él sean, pues, de comprensión. Máxime porque, en virtud de sus vínculos políticos con el viejo, está inhibido para señalar al verdadero responsable.

En tales circunstancias, es preciso también reconocerlo, es natural que el inocente inculpado compense su silencio forzoso saliendo en busca de un chivo emisario. Algunas manifestaciones del nuevo gobierno deben ubicarse bajo ese rubro y resultan, en tal sentido, comprensibles. La referencia del Ministro de Economía a la “violencia económica” de los empresarios. por ejemplo. De los empresarios que se niegan a vender sus productos a precios inferiores al costo de reposición, que se resisten, egoístamente, a descapitalizarse. Cet animal, nos sugiere el Ministro,

 

…est trop méchant,

quand on l’attaque, il se défend.

 

Pero la cuestión no está en la búsqueda de la víctima expiatoria en sí, lo cual, repitámoslo, no deja de ser comprensible. Lo malo está en la resonancia que en nuestro medio cobra toda insinuación de que los empresarios le están chupando la sangre a la comunidad. El tema es recogido, “con fuoco”, en infinitas variaciones folklóricas, desde todos los rincones, y el más suave susurro inicial asume pronto proporciones ensordecedoras.

La consecuencia significativa está en que un grupo social de importancia decisiva para la suerte del país y del propio gobierno, sobre el cual reposa la responsabilidad fundamental para la formación del capital nacional y que detenta consiguientemente la llave de nuestro desarrollo económico, el mismo grupo social en que se concentra el fuego de las bandas que se hallan empeñadas en la destrucción violenta de nuestra sociedad, es puesto en la picota y el pueblo desfila por la plaza pública contemplando estos prodigios de perversidad presos en los cepos, mientras los conjuntos folklóricos entonan canciones de protesta pidiendo para ellos castigos más ejemplarizantes aún. No podemos dejar de preguntarnos si el pequeño, en apariencia intrascendente, sacrificio expiatorio, no terminará surtiendo, como el encantamiento del aprendiz de brujo del cuento, consecuencias imprevisibles e indominables.

 

III

En semejante ambiente, el Parlamento se apresta a discutir el proyecto de ley sobre delitos económicos. A la maltrecha seguridad jurídica uruguaya, en una palabra, quieren asestarle el golpe de gracia. Si ese proyecto recibe sanción legal, ningún empresario sabrá ya si él mismo es un hombre de bien o un delincuente, y la única forma segura de mantenerse fuera de la cárcel consistirá en cambiar de actividad: volverse funcionario público o (a esto estarán pronto reducidas las alternativas) irse del país.

Sería bueno, consiguientemente, que el gobierno se abstuviese de alentar las expresiones folklóricas por algún tiempo. Y, de ser posible, procurara disuadirlas o, al menos, canalizarlas hacia la Semana Criolla o el próximo Carnaval.

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