I
EL CONSENSO Y SU SUSTANCIA
El país anda en busca de algo y no sabe a ciencia cierta de qué; ayudémoslo –como cuadra a nuestra epónima vocación– en su buscar.
Sabe sí la ciudadanía que se trata de algo que realizar juntos todos sus integrantes en una acción unitaria: una gran tarea nacional, que infunda al acuerdo político recientemente gestado auténtica savia vital. Pero sobre el contenido de la tarea está aún el país en la incertidumbre.
La mayoría de los urguayos tal vez se incline a juzgar que la obra colectiva que su destino reclama consiste en la aprobación de un conjunto de leyes fundamentales, que den solución a un conjunto de grandes problemas que enfrentan a la nación. Así parece interpretar el Presidente la faena a emprender, al igual que las fuerzas políticas que participan en el acuerdo.
Si en función de esa idea se logra el consenso, ¡enhorabuena! Que no seamos nosotros obstáculo para un fin que tan fervientemente deseamos. El consenso valdrá por su contenido pero valdrá también, después de todo, por ser consenso. Principio quieren las cosas: lo que los uruguayos tenemos hoy entre manos quiere urgentemente un principio de unión transpartidaria que proyecte a todos los que se sienten identificados con la tradición del país como comunidad de hombres libres, y consiguientemente rechacen de modo tajante la alternativa totalitaria que bajo pelambres distintas no cesa de ofrecerse, hacia una labor común que trascienda la actitud meramente defensiva. Ya habrá tiempo de ir dotando de contenido más preciso esta idea general.
Pero no podemos ocultar nuestro escepticismo en cuanto a que un programa legislativo pueda por sí solo absorber la integridad, ni siquiera la mayor parte, del quehacer nacional, ni aún en su etapa inicial. Tememos y el temor no nos deja callar, que semejante programa sea incapaz de insuflar al país la fuerza vital que las circunstancias reclaman. Nos atrevemos, entonces, a pronunciar nuestra palabra crítica, que confiamos habrá de resultar a la vez constructiva.
II
UN PRINCIPIO INTEGRADOR DE LA POLITICA
¿Qué ha hecho, y qué ha dejado de hacer, el Uruguay en los últimos veinte años?
Algo que no hemos hecho, decididamente, es desarrollar nuestra economía. Ningún país en el mundo ostenta en este sentido realizaciones tan pobres (Véase más adelante, LA ECONOMIA EN CIFRAS). En cambio, lo que nunca hemos cesado de hacer es dictar leyes. Ni un solo año ha transcurrido sin dejarnos la cosecha de un grueso –cada vez más grueso– volumen de leyes y decretos. En esto la actividad nacional no ha conocido descanso.
Claro está: las leyes que ahora se dicten podrían ser distintas. Si hasta ahora las que hemos aprobado no nos han ayudado a progresar y aún –¿quién lo duda?– con frecuencia han contribuído a impedirnos el progreso, en adelante podrían sancionarse otras leyes que, en lugar de impedir el avance, lo promovieran. Pero, ¿por qué habría de ocurrir eso? No podemos presumir que un cambio semejante nos será dado gratuita, incausadamente. Si un programa legislativo alcanza ahora la virtud de revitalizar la economía nacional y reinstalar a nuestro país sobre la senda del progreso, tendrá que ser por alguna razón, y por alguna razón poderosa. No por ser, en sí, un programa legislativo.
Tendrá que ser, por ejemplo, en virtud de que el programa traduzca una nueva imagen del Uruguay, porque sepa suscitar una participación mucho más difundida en la empresa colectiva de construir el país, porque inspire una voluntad mucho más firme en los uruguayos de hacer que esa empresa tenga éxito. Será, en una palabra, porque algo que trascienda el programa legislativo lo oriente con un espíritu certeramente enderezado hacia un objetivo que la nación sienta como propio.
¿Va viendo el lector por qué sendas habrá de transcurrir el buscar uruguayo? La búsqueda tendrá que serlo del principio integrador del programa legislativo a cumplir y de toda la política económica; más aún, del gran quehacer nacional que debemos proponernos.
En procura de inspiración, el país puede repasar sus horas pasadas de éxito. No, por cierto, para intentar dedesandar el camino irreversible de la historia. Pero sí para encontrar, en las ilustres realizaciones de nuestros mayores, una vivificante fuente de fe en nuestro destino, para desentrañar en la esencia del ser nacional los orígenes espirituales de aquel país que llegó a ser mirado con admiración por el mundo entero y suscitó el íntimo orgullo de todos sus hijos.
Pero grave sería nuestro error si no dedicásemos más atención aún a repasar nuestras horas de fracaso. Se nos antoja imposible la recuperación del Uruguay sin una asunción colectiva de la responsabilidad por los errores cometidos. No es sensato creer que un buen día todo va a empezar a andar mejor, así, espontáneamente. No es razonable pensar que, mientras persistamos en explicar nuestros males mediante fórmulas escapistas, va a revelársenos el camino que conduce a la superación de esos males.
Y recordemos que no otra cosa que escapismo sería confiar a doctos especialistas el diagnóstico de nuestra situación. Su lenguaje, lleno de referencias a impersonales “estructuras” que enderezar, podría lograr balsámicos efectos sobre las conciencias atribuladas, pero guardaría poca relación con un país que ha forjado su desgracia con sus propias manos. Lo que la hora nos exige es menos aguzar el oído para auscultar sutiles síntomas y más tener coraje para enfrentar una realidad que nos habla con duros acentos y nos exige severos sacrifícios. No es nueva, sino antiquísima, la verdad que debemos aprehender, transformar en algo vitalmente nuestro. Expresada con insuperable felicidad, un poeta, que podía haber estado pensando en el Uruguay de hoy, nos la tiende a través de los milenios. Prestemos atención:
Fácil es alcanzar en tropel la miseria,
Liso es el camino y próxima su morada.
Pero en el sendero que conduce al éxito
Los dioses inmortales han puesto el sudor…
III
UNA IMAGEN DEL PORVENIR
Sobre el Uruguay de mañana que nosotros entrevemos preside un ethos de esfuerzo y de inteligencia. El mismo que ha hecho la fuerza de todos los países pequeños, no dotados de recursos naturales espectaculares que han dejado en la historia el sello de una personalidad vigorosa. Dirijamos la mirada hacia ese Uruguay del futuro que ha sabido abrazar apretadamente ese ethos. Gracias a él, la nación ha podido reconquistar la confianza en sí misma. Siente que, merced al ingenio y la laboriosidad de sus hijos, ha dejado de serle imperioso rodear su territorio de fosos y murallas. Es ahora un país esencialmente abierto a las relaciones económicas con el exterior y en el hecho de que en ese terreno le es posible tratar en pie de igualdad con los gigantes de América y el mundo le ha devuelto el orgullo de las propias realizaciones, cuyo dulce sabor había olvidado casi por completo. Se mira a sí mismo y no comprende ya cómo durante tanto tiempo pudo prestar oído a los falsos profetas del pesimismo, y temer con ellos que la apertura de sus fronteras le traería aparejadas calamidades sin fin; y serie de los que dudaban en su viabilidad como nación independiente.
La vida en este nuevo Uruguay es en cierto sentido más difícil. Las posiciones son menos seguras, y deben ser defendidas a cada instante. La eficiencia ha dejado de ser un valor de lujo, de consumo más que nada retórico; constituye la elemental sustentación del pan cotidiano. ¡Es notable como el amplio contacto con el exterior ha cambiado las actitudes vitales de los uruguayos! El sentido de lo que es y no es productivo se ha aguzado sobremanera. Es explicable, porque el error es costoso, no a la larga y difusamente como antes, sino contundentemente y de inmediato. Como el Estado ya no puede proteger a los uruguayos contra las amenazas que más les inquietan, que ahora se sitúan geográficamente fuera de fronteras y allende los límites de su poder, han dejado de ver en él el solucionador de todos los problemas. Y se sorprenden al comprobar cuánto más fructífero es el tiempo que dedican a resolverlos con sus propios recursos, es decir, con su ingenio y su esfuerzo, en lugar de despilfarrarlo como antes en antesalas y ambulatorios.
El uruguayo ha llegado a comprender –bastante pronto en realidad– que si bien el Estado puede ser utilizado por una minoría para vivir a costa de la mayoría, el viejo sueño nacional de vivir todos a costa del Estado representaba la insensatez, la expoliación de una minoría laboriosa, cada vez más pequeña y más desalentada, y, en último término, la miseria colectiva. El Estado se ha achicado ahora notablemente. Pero –¡cosa curiosa!– se ha vuelto mucho más fuerte, mucho más eficaz, y su autoridad goza de un respeto desusado.
Cuando se ponen reminiscentes, los uruguayos recuerdan con curiosidad los paros generales. Aunque el tiempo transcurrido desde entonces es corto, les parece mentira que, sin existir conflicto alguno entre empleadores y empleados, las gremiales obreras paralizaran con frecuencia al país, en procura de una lista de objetivos claramente inalcanzables, no para embarcar a sus afiliados en una acción revolucionaria que pudiera darles el poder, sino para devolverlos al trabajo al cabo de un día, a lo más de dos, con el nivel vital algo más deprimido y los ingresos algo más recortados. Si eso se hiciera hoy, reflexionan. ¿adónde iría a parar el país?
Los jóvenes tienen, como siempre, el espíritu abierto a todo lo nuevo y sus inquietudes adoptan expresiones frecuentemente ruidosas y desordenadas. Pero la nueva generación viene provista de un adminículo cultural que había faltado entre nosotros por muchos años: la conciencia clara de que debe capacitarse adecuadamente, porque de su capacidad depende el resultado de la lucha, áspera pero llena de promesa, a que el país se ha lanzado y en la que se ha reencontrado a sí mismo.
Los jóvenes, además, poseen un sentido muy vivo de la dignidad nacional (aunque, por supuesto, no es insensible a él ninguna de las generaciones). En las clases de historia aprenden acerca de las misiones refinancia doras, que los gobiernos de antes tenían que enviar al exterior para gestionar prórrogas del plazo de sus deudas. Ahora el Uruguay debe al exterior mucho más que antes, pero como los préstamos le son ofrecidos, y vienen aquí las misiones para negociarlos, a los jóvenes les resultan extraños estos peregrinajes recurrentes por los centros financieros del mundo. Saben que los jóvenes de las anteriores generaciones crecían con mucha menos responsabilidad sobre sus espaldas, pero se sienten íntimamente felices de que, gracias a la carga adicional que ellos asumen, ya no tenga el país que enviar embajadas a explicar su política por tierras extrañas, ni escuchar otros consejos que los que de buena gana solicita.
IV
…BUSCANDO JUNTO CON VOSOTROS
De este modo entrevemos al Uruguay de mañana. No es una visión definitiva, ni demasiado nítida: es sólo un buscar, que querríamos compartir con todos los uruguayos que amen la libertad. Pero estamos seguros de que alguna imagen por el estilo es la que podrá inspirar la gran tarea nacional que tenemos por delante.
Cuando el grueso de los ciudadanos sólo quiere ocuparse de asuntos privados, los partidos menos numerosos no tienen por qué desesperar de adueñarse del poder.
En tal caso solemos ver, en la vasta escena del mundo, al igual que en los teatros, una multitud representada por un puñado de hombres. Sólo ellos hablan, en nombre de una masa ausente o distraída; sólo ellos actúan, en medio de la inmovilidad universal; a su capricho, disponen de todas las cosas, cambian las leyes y tiranizan a voluntad las costumbres; y nos asombramos de ver en qué pocas manos, débiles e indignas, puede caer la suerte de un gran pueblo.
ALEXIS DE TOCQUEVILLE, De la Démocratie en Amérique.