I
Las observaciones que algunos lectores tienen la amabilidad de dirigirnos nos mueven a hablar de nosotros mismos. Haciéndolo, faltaremos tal vez contra la modestia; pero la aclaración se impone. Distraeremos parte del espacio disponible, tan apremiantemente reclamado por la apasionante temática de nuestro país y nuestro tiempo; pero no podemos permitir que una falsa imagen se interponga entre los lectores y nosotros.
Uno de ellos duda de que nos cuadre el nombre que hemos elegido. Tal vez dude, aunque es demasiado bondadoso para decirlo, de nuestra sinceridad al adoptarlo. “Ustedes no buscan” nos dice: “tienen una posición bien definida”. Y nos coloca, en seguida, la etiqueta: es “una posición liberal”.
Otro lector, sin cuidarse de nombres, nos participa de una inquietud. Nuestras ideas, nos escribe, le parecen acertadas; pero, se pregunta, ¿por qué es que no están implantadas en ningún país? Alguna falla debe tener, entonces, el sistema. Nuestro sistema, se entiende.
II
Permítasenos, pues, aclarar qué clase de búsqueda es la nuestra,
No es, en primer lugar, búsqueda de una ideología. No porque ya poseamos una, sino porque preferimos no tener ninguna. O, mejor dicho, estamos dispuestos a intentar ir por la vida sin apoyarnos sobre una ideología. Pese a que ese tránsito se asemeje entonces, para decirlo con una imagen de George Santayana, a un azaroso crucero transoceánico, en lugar de un paseo en automóvil por una ciudad, con semáforos en todas las esquinas.
La búsqueda de una ideología es una búsqueda a término. Se está en actitud abierta mientras no se ha hecho la elección. Y luego se pasa a tener una actitud cerrada. Ese no es nuestro buscar. El nuestro es el de aquéllos que conocen que el alcanzar un saber definitivo no está dentro de las posibilidades del intelecto humano. Y que están dispuestos a emprender, en pos de la verdad, un viaje que dura toda la vida.
Pero nuestra actitud, con ser apertura hacia la realidad circundante, no es en modo alguno de generalizado relativismo. Creemos en pocas cosas, pero en ellas firmemente. Creemos, por ejemplo, que la libertad es el valor político supremo. Y ello porque sin la libertad no habría para el hombre ese reducto íntimo, vedado a toda coerción, en el cual él mismo debe enfrentar el desafío que le plantea su humana condición. Creemos que la realidad histórica no es plástica a nuestros deseos, sino sólida, compleja, rica, esquiva, aunque no inasequible al esfuerzo inteligente. A escrutar en la porción de esa realidad que nos rodea nos hemos sentido llamados, así como a comunicar nuestros resultados con un imperativo de sinceridad que no querría reconocer excepciones. Creemos que nuestra palabra debemos pronunciarla con los ojos puestos en la dirección en que nos parece ver la verdad, sin cuidarnos de averiguar lo que a nuestros lectores les gustaría oir, por ser ésa la forma en que les serviremos mejor. En estas y otras cosas creemos, y sobre el suelo que ellas nos proporcionan se asienta nuestro buscar.
III
Nos ha colocado un lector, con la mejor intención, una etiqueta. “Liberalismo” léese en ella. Que el lector nos perdone, no nos hace felices el llevarla.
No por cierto porque reneguemos de nuestro amor a la libertad, ni del reconocimiento, que acabamos de formular, de su suprema dignidad entre los valores de la esfera política; sino por otras razones.
En primer lugar, porque ésa es una de las maneras en que la esencia del lenguaje, que consiste en servir de medio de comunicación, es radicalmente desvirtuada. La otra manera es el insulto. “Fascista”, grita uno, y quiere decir: “no te leo porque sé que mientes”. “Liberal” pronuncia otro, y quiere significar: “no te leo porque ya me sé todo lo que dices”.
Cuando nos veáis ponernos dogmáticos y argumentar remitiéndonos a las doctrinas, en lugar de a los hechos y a la razón, ponednos entonces un rótulo rematado en “ismo”. Lo mereceremos. Y lo tomaremos como una invitación bienvenida al autoanálisis. Entretanto os exhortamos a juzgar cada uno de nuestros escritos por sus propios méritos.
En segundo lugar, la clasificación nos estorba porque no sabemos del todo lo que significa. Liberalismo: ¿hay por ventura otra palabra a la que se hayan atribuído contenidos tan diversos? Entre nuestros proyectos se cuenta el de intentar arrojar alguna luz sobre esa brumosa zona de la semántica que circunda ese vocablo. Entretanto os pedimos una tregua: no nos endilguéis el letrero hasta que nos pongamos de acuerdo sobre qué quiere decir.
IV
Podemos representarnos a un lector objetando el último punto. “Por liberalismo, en vuestro caso”, diría, “entiendo algo muy sencillo: oposición a la intervención estatal en la economía. Negaréis acaso que ése ha sido hasta ahora vuestro mensaje?”
Permítanos el lector amigo responderle con un ejemplo. Supongamos que estamos en la calle, observando un incendio. De entre los espectadores parten gritos de “¡Bomberos! ¡Llamen a los bomberos! ¿Por qué no vienen los bomberos?” No creemos, lector, que se te antojara interpretar esas voces como expresión de una ideología “bomberista”. Pensamos que las tendrías por razonables iniciativas, ampliamente fundadas en los hechos. Si alguien del público pretendiera, en cambio, que de nada valdría llamar a los bomberos si no se hiciera venir también a un ingeniero para que reformase la estructura del edificio en llamas, entonces sería del caso pensar en ideologías.
¿Nos explicamos? Henry Hazlitt llamó en cierta ocasión al Uruguay “the welfare state gone wild”. “El estado benefactor enloquecido”, traduciríamos nosotros. O “el dirigismo desmelenado” o “el intervencionismo salido de madre”. Lector: ¡somos famosos en el mundo! Así como somos de pequeñitos, con todo, ¡nos conocen! Nos conocen por la desmesura de nuestro estatismo y el desvariado paternalismo que caracteriza nuestro estilo de gobernar, y por el lamentable estancamiento a que hemos reducido una economía que fue de las más sólidas y prósperas del mundo. Sí, lector, has leído bien, ¡del mundo! Claro está, nos referimos a la época en que no éramos aún “subdesarrollados”.
No es, pues, “laisser-faire-ismo” denunciar en el Uruguay el peso paralizante del sector público y los efectos inhibitorios de un dirigismo exasperado. Es sentido común. Keynes, el mentor de la intervención estatal ilustrada, no habría discrepado un ápice con nuestro análisis. Nadie puede justificar, con los principios de la ciencia económica admitidos en los centros académicos de Occidente, ni PLUNA, ni COPRIN en su fase actual, ni nuestros impuestos a la exportación, ni nuestra política cambiaria, ni SOYP, ni el régimen jubilatorio, ni nuestra prohibición de exportar cereales, ni el Frigorífico Nacional, ni AMDET, ni la prohibición de exportar reproductores, ni la de faenar vientres vacunos jóvenes, ni la negativa de usar nuestras reservas de oro, etc., etc. si alguien puede demostrarnos lo contrario, es decir, que hay algún sentido en nuestra política económica desde el punto de vista de una orientación de teoría y política acreditada (digamos la de Keynes, o Tinbergen, o los socialistas Kalecki y Lange, o la de alguien de nivel semejante), entonces aceptaremos que nos coloquen un cartel con el nombre de un “ismo” cualqiera. Y que el cartel sea al mismo tiempo la lápida de nuestra publicación.
V
Vayamos, finalmente, a la observación del otro lector, que aduce que “nuestro sistema” no está implantado en ningún país.
Yerra nuestro buen amigo, sentimos tener que decírselo. Contra lo que él piensa, el sistema de marras está implantado, en alguna medida, en todas partes.
No es, por supuesto nuestro sistema. No lo es excepto en el sentido latísimo de que pertenecemos a la civilización que le dio origen, y en el de que creemos comprenderlo y lo admiramos. Es el sistema de mercados. El sistema está ahí, como la semilla de trigo está germinada en el seno de la tierra, aún cuando una gruesa capa de nieve le impida salir a la luz.
En algunos países –pensamos en los de Europa oriental y la Unión Soviética– le dan aquí y allá un resquicio a la semilla germinada para que brote, y ella les retribuye con la medida de prosperidad de que disfrutan. En los países más desarrollados no socialistas, la planta crece robusta y premia generosamente la libertad que los gobiernos le conceden.
No es un sistema que nadie haya inventado. Es una planta que florece donde la política le permite vivir. En Cuba le han tapado todas las grietas por donde podría recibir un rayito de sol, y los cubanos lo han pagado con un retroceso económico formidable. Pero ya volverá a renacer también allí, apenas le dejen un rinconcito para asomarse al aire libre. Ya lo veremos, lector, si Dios nos da vida.
El mercado no es delicada flor de invernadero. Todos los gobiernos se meten en su vida. A veces con acierto; con más frecuencia sin él. Pero sólo logran ahogar su vitalidad si persisten en su esfuerzo destructivo con tesón y sistema.
En el Uruguay, nos tememos que ese va siendo el caso. No queremos para nuestro país un orden nuevo ni exótico. Sólo un estilo nuevo de gobernar. Un estilo que haga que nuestros gobernantes se asemejen al jardinero prudente y solícito, más bien que a la brigada exterminadora de malezas.
La juventud conoce la fórmula de la dinamita, pero no la del cemento armado.
ROBERTO CAMPOS.
Lo que los franceses tomaron de los norteamericanos (en 1789) fue su teoría de la revolución, no su teoría del gobierno – el corte, no la confección.
LORD ACTON.