I
¿O es acaso menos pan, más circo el orden justo? Es como preguntarse si fue primero el huevo o la gallina. ¿Fue primero el fracaso económico y después la búsqueda del chivo expiatorio? ¿O ha sido la persecución de los agentes económicos que tienen la llave de la inversión y del progreso material lo que ha provocado, mantenido y consolidado el estancamiento y la frustración?
Nosotros, lector, no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que ambos términos forman otra espiral viciosa que nos va hundiendo cada vez más en la ciénaga. Cuanto menos pan, más circo. Y entonces menos pan. Y entonces más circo. Y entonces…
¡Basta ya! Es hora de saltar fuera de esta otra espiral diabólica. Y es posible hacerlo. Es, en realidad, fácil; mucho más fácil que salirse del torbellino inflacionario. Sólo se requiere una cosa: respetar la verdad.
Es preciso repudiar esa absurda teoría conspiratoria de nuestro fracaso económico. Según ella, los precios suben y las reservas se disipan por obra de agentes demoníacos que medran a costa de los intereses nacionales. Conforme a ella, meter en la cárcel a los componentes de la “rosca” constituye la clave de la superación de las dificultades del país. El lugar de la política económica es tomado por una policía económica encargada de detectar a los culpables, que operan desde las sombras. Detienen a un comerciante por cobrar un precio excesivo y piensan que con ello contribuyen a detener la inflación. De una nueva legislación represiva se esperan resultados significativos para la marcha de la economía nacional. Y mientras se procesa la iniciativa en el Parlamento, el apremio es tal que los delitos se ponen en vigor por potestades extraordinarias previstas en la Constitución para las grandes emergencias. ¿Puede concebirse mayor inanidad?
La teoría conspiratoria de nuestro fracaso económico es falsa. No se trata ahora de buscar responsables; pero, si de ello se tratara, por cierto que no es en las sombras que deberíamos buscarlos. Los que conducen la política siempre se mueven ante las candilejas ¿A qué internarnos entonces en las tinieblas?
Es imperativo disipar la atmósfera de circo romano. Es preciso restituir la racionalidad a nuestra convivencia democrática. Es inaplazable proporcionar garantías adecuadas contra los terroristas de la calumnia. Debe haber, en una palabra, menos circo, para que pueda empezar a haber más pan.
II
La víctima colectiva de la política circense es el mismo país. Quedan también, por el camino, las víctimas individuales.
Hay en este momento en el Uruguay hombres privados de libertad sin forma alguna de proceso legal, acusados de agiotaje o de algún otro supuesto delito de nombre igualmente ridículo. ¿Serán inocentes o culpables esos hombres, respecto de lo que se les acusa?
Es difícil decirlo, porque las pruebas son secretas. Es posible en algunos casos conjeturar la inocencia, en base a las contradicciones internas y las flagrantes fallas lógicas que pueblan algunos de los documentos en que se ordenan los arrestos, y a veces tales conjeturas pueden apuntalarse sobre los antecedentes intachables del inculpado.
En alguna ocasión esa clase de argumentos se ha utilizado en la prensa para impugnar esos procedimientos. Pensamos particularmente en la defensa de un productor rural hecha por el Dr. Eduardo J. Corso, en un alegato difundido por radio, que por su fuerza persuasiva y su valentía hace honor al periodismo uruguayo.
Nosotros optamos por no efectuar distinciones. De ninguno de los hombres que sufren o han sufrido prisión por orden administrativa puede decirse que es culpable. No hay manera alguna de pronunciar la culpabilidad de nadie si no es a través de las formas del debido proceso conforme a la ley, que incluyen el derecho del acusado a conocer las pruebas que se producen contra él, a presentar libremente las suyas y de modo general a formular sus defensas con toda amplitud. Sin estas posibilidades carece de sentido declarar a nadie culpable. Y quien no ha sido formalmente pronunciado culpable está amparado por la presunción de inocencia que constituye una de las garantías fundamentales de la libertad personal.
III
Tenemos que suponer que todo esto es tan odioso para nuestros gobernantes como para nosotros.
No podemos dejar de presumir que abrazan sin convicción la absurda explicación demonológica de nuestro desastre económico. Debemos dar por sentado que los slogans que los demagogos agitan ante los ojos del pueblo proporcionan la fuerza que impulsa a los gobernantes a adherirse en los hechos a una teoría en la que no pueden creer.
El gobierno es acusado de servir los intereses de los demonios imperialistas y se defiende lanzándose a la caza de brujas.
Se trata de un camino sin esperanza. A medida que va adentrándose por él, el gobierno acentúa el fracaso de su gestión y proporciona más poder a los demagogos.
No hay otro camino que creer en el buen sentido popular. El mismo buen sentido que se puso de manifiesto en las elecciones de noviembre. No hay otra alternativa que ignorar la calumnia, en cuanto no pueda perseguirse penalmente. La absurda teoría conspiratoria deberá ser sustituída por una explicación racional de nuestros problemas, y la promesa también racional de su superación deberá proporcionar el principio aglutinante que el gobierno busca y que la explotación del odio y el resentimiento nunca podrá proporcionarle.
…me atrevo a sugerir que una finalidad de la educación debe tener algo que ver con una obligación que no se refiera a las personas que han de recibir la enseñanza. Si tomamos en consideración sólo a estas últimas, nuestro plan de estudios habrá de variar con cada viento de doctrina… Uno de los fines de la educación debería ser mantener la continuidad de nuestra cultura, aunque ni la continuidad ni el respeto del pasado entrañan la inmovilidad. Hoy más que nunca deberíamos contar con la educación para que nos preserve del error de la pura contemporaneidad. Contamos con las instituciones de educación para mantener un conocimiento y comprensión del pasado. Y el pasado ha de ser interpretado de nuevo por cada generación, porque cada generación aporta prejuicios propios y nuevos equívocos. Todo ello podría quedar abarcado con la palabra historia; en la historia está incluído el estudio de las grandes lenguas muertas y del pasado de las lenguas modernas, la nuestra inclusive. Sobre todo, la nuestra; porque necesitamos saber en qué manera se emplearon anteriormente nuestras palabras, cómo se han desarrollado y alterado sus acepciones, para comprender cómo las usamos nosotros. Y para preservar la sabiduría del pasado, necesitamos valorarla por sí misma, no simplemente defenderla tomando como base su utilidad.
T. S. ELIOT, Los fines de la educación.