LA LECCION DE ARGENTINA

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Narra Petrarca que, cierta vez en que Matteo Visconti distraía, pescando en el Lago Garda, los ocios de su exilio veronés, alguien le preguntó cómo pensaba regresar a Milán. Por el mismo camino que recorrí al salir”, respondió el desocupado gobernante, aludiendo a su expulsión por Guido Della Torre, “pero antes debo aguardar que los crímenes de mi enemigo hayan superado mis propias fechorías”.

La espera de Perón en Madrid fue de otra índole. Lo que esfumó el recuerdo de sus crímenes en las multitudes desmemoriadas, tornando así ir resistible la fuerza de las multitudes nostálgicas, fue cosa muy diversa. No es que sus sucesores se le hayan acercado en un punto de crueldad, rapacidad o inverecundia, suertes todas en que la faena peroniana permanece sin paralelo.

Ocurrió, sencillamente, –¡atención, lector uruguayo, que la cosa te concierne!– ocurrió sencillamente que un estado de ánimo se fue apoderando de la gran mayoría de las conciencias argentinas, sin dejar al fin lugar siquiera para el recuerdo de tanto oprobio como Perón causó a su país; ese estado de ánimo consiste en una profunda desesperanza, o mejor, tal vez, en una genuina desesperación, ante la frustración reiterada, pertinaz, endémica, de las aspiraciones de la nación argentina a reencontrar el destino de prosperidad y grandeza que sus notables recursos, tanto humanos como materiales, le dan derecho a poseer.

Otra forma de expresar lo mismo consiste en afirmar que la inoperancia de los regímenes posperonistas fue la que indujo ese género de desesperanza o desesperación. Pero, dicho sea ello de una manera u otra, ¿cuál es la lección para nosotros? Nosotros padecemos la inoperancia gubernamental en grado peor (y conste que no exageramos) que el sufrido por los argentinos. A nosotros también la frustración que esa inoperancia suscita nos va dejando cada vez más desnudos de esperanzas y más propensas a desbarrancarnos por la vertiente de un experimento político insensato. Pero si esa visión contiene un aviso muy claro, no muestra aún propiamente una lección. Esta no se halla, sin embargo, demasiado lejos. La descubriremos muy pronto, apenas nos pongamos en la pista de una razón de ser para la inoperancia gubernativa que hemos estado padeciendo en una y otra ribera del Plata.

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A nuestro modo de ver, el hilo que une las inoperancias argentinas es el mismo en que están ensartadas las cuentas del collar de la frustración uruguaya: la búsqueda demasia-uruguaya: la búsqueda demasiado apresurada de un consenso nacional.

En un momento, siendo Onganía Presidente y Krieger Vasena su Ministro de Economía, la Argentina parecía haber dejado atrás la inflación, las crisis de pagos y el estancamiento, y encaminarse con pujanza arrolladora al encuentro con la prosperidad y la grandeza. Pero precisamente entonces –no, sin duda, por mera coincidencia– el “cordobazo” se encargó de recordar al Presidente que el consenso no se había logrado aún. Y ello bastó para que el mostachudo general perdiera su proverbial imperturbabilidad, licenciase a su ministro, y con él se alejaron del gobierno, hasta hoy, el realismo, y el sentido común.

Desde entonces, en la Argentina, detentaron las carteras económicas hombres de la misma conformación intelectual y el mismo temple que han caracterizado generalmente a sus contrapartes de este lado del río: hombres expertos en lo que no puede hacerse, especialistas en explicar por qué todos los programas de gobierno capaces de aventar la frustración son políticamente impracticables.

El telón de fondo que, por contraste, puede hacernos percibir con mayor nitidez las características del estilo rioplatense de gobernar es el lienzo en que está pintada la experiencia brasileña a partir de 1964. Allí vemos a Castelo Branco avanzando rectamente en la dirección que su sentido de la misión abrazada le trazaba. ¿Puedes imaginártelo, lector, desviando la vista de su objetivo, para inquirir si en su derredor ya reinaba el consenso? ¿Puedes concebirlo considerando la remoción de Roberto Campos, por ser impopular la austeridad de su política? ¿Puedes suponértelo empeñado en congraciarse con el PTB, como los gobernantes argentinos se empeñaron en congraciarse con CGT, confiriéndole prebendas que a la postre significarían dar al peronismo la única estructura partidaria eficaz del país? ¿Verdad, lector, que la sola enunciación de estas preguntas te hace sonreír?

Los gobernantes uruguayos han mantenido con el cuerpo electoral una relación mucho más estrecha, en estos últimos dieciocho años, que sus colegas transplatinos. Fuera dable pensar por ello que, en su caso, la preocupación obsesiva por el consenso resulta más justificada.

Pero la hipótesis más plausible atribuye aquella actitud a un rasgo común de la sub-cultura rioplatense. Con ello se resuelve todo el problema, y no sólo su mitad oriental. También se explica así que el desplazamiento del poder en el Uruguay, desde los órganos representativos constitucionales hacia las Fuerzas Armadas, no haya alterado por el momento la persistente búsqueda del consenso que había caracterizado el gobierno del Sr. Bordaberry antes de febrero. Las Fuerzas Armadas argentinas pusieron de manifiesto una dependencia de la opinión pública que en términos racionales sólo sería inteligible en términos de cálculos electoralistas, y la situación entre nosotros amenaza con reproducir a de nuestros vecinos.

Ya hemos dicho en ocasiones anteriores que la única solución viable radica en un concepto dinámico del consenso, que lo sitúa en el futuro, en función de una imagen del país a construir con el común esfuerzo de sus hijos. El Brasil nos está mostrando en ese sentido, con su éxito portentoso, el camino cierto. La Argentina tal vez haya perdido, al menos por largo tiempo, la oportunidad de transitarlo. Para nosotros, en cambio, la ruta aún podría resultar practicable. Pero a condición, ciertamente, de que nos lanzásemos sin demora en pos del acceso que a ella conduce y que tan problemático nos resulta a los rioplatenses encontrar.

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