POR QUE LA LIBERTAD

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Los partidarios de una sociedad libre se hallan en la feliz circunstancia de que el sistema de sus preferencias reúne a la vez la más excelsa eficiencia económica y máxima jerarquía moral.

Sólo las sociedades cuya organización se ha aproximado a ese modelo han podido erradicar la pobreza y conseguir la prosperidad para las masas.

Sólo ellas, al mismo tiempo, proporcionan al hombre el ambiente adecuado a su singular dignidad de ser libre y responsable. Como lo expresa Frank Meyer, “la virtud, que sólo es tal cuando constituye el fruto de una elección libre, se vuelve inaccesible al ciudadano coaccionado, toda vez que estado determine compulsivamente sus actos, y en la medida en que ello ocurra”.

Esta feliz (aunque no por ello casual) coincidencia de supremacías no puede eximir a los amigos de la libertad de definir claramente los términos de su preferencia. No sería la misma actitud una que colocase en la cúspide de los valores la prosperidad material, y se adhiriese por ello a los principios de la economía libre, y otra que optase por éstos en virtud de que sólo bajo su reinado es posible, para la sociedad y sus integrantes, una vida auténticamente humana.

Una de las mayores mistificaciones de nuestro tiempo es la tacha de materialismo lanzada contra la economía libre o, dicho con la terminología que suelen usar sus detractores, contra el capitalismo. Este mismo vocablo es parte de la mistificación. La economía libre no es un “ismo”. No es un sueño, ni una propuesta, ni una doctrina. Es una sólida realidad histórica. Representa la forma singular en que la sociedad occidental supo, espontáneamente, dar solución a este problema; cómo organizar la producción cuando la sociedad estática de la baja edad media iba quedando atrás; es decir, cómo llevar a cabo la cooperación de múltiples agentes independientes, en condiciones dinámicas, para satisfacer las necesidades del grupo. La circunstancia de que la solución lograda no hiciera depender la cooperación social de las decisiones de ninguna autoridad central (excepto en relación a un grupo restringido de cuestiones, que atañen a la comunidad como tal, tornó posible que se liberara la incalculable potencia creadora que yacía prisionera en la intimidad del intelecto humano.

No hay condición que haga apegarse al hombre más a los bienes materiales que la miseria. En la novela de Solyeñitsin, “Un día en la vida de Iván Denisovich”, que transcurre en uno de los campos de trabajo soviéticos del Artico, los personajes apenas si pueden dirigir su pensamiento hacia otros objetos que la comida, el abrigo, la mera supervivencia. Algún género parecido de extrema penuria debe haber caracterizado la vida humana durante centenares de miles de años.

La superación de esa condición tiene que haber operado como una liberación del espíritu. De hecha es cuando el hombre triunfa de la servidumbre a que el medio lo tenía sometido, allá por el cuarto milenio A.C., que vemos surgir ese fenómeno novísimo (cuenta apenas el 2% de la edad de la especie), ese fruto maravilloso de la libertad del espíritu; la civilización. Y entre las civilizaciones, una sola, la nuestra, la occidental, ha sido capaz de mantener el dominio del hombre sobre su circunstancia ambiental en una senda de progreso indefinido. Al mismo tiempo, ninguna otra civilización puede parangonársele en cuanto a realizaciones egregias de la cultura: en las ciencias, en las artes, en la filosofía, en la política. ¿Alguien podrá negar que los dos fenómenos estén vinculados entre sí?

¿No luce, pues, desde el punto de vista que estamos proponiendo, sorprendentemente superficial la concepción que sitúa en el centro del sistema de la libertad, como su paradigma humano, y su principal beneficiario, a un hombre de negocios?

El lector de nuestra última edición ha visto como Leonard Read enseña a los amigos de la sociedad libre a no poner su esperanza en el hombre de negocios. Nosotros, ni la ponemos en él, ni queremos el sistema para poder llegar a parecernos a él.

El autor de este artículo pertenece a la vasta clase de hombres a quien tener que dirigir una empresa haría terriblemente desgraciados. Y ve en los empresarios a servidores de la sociedad; en su energía e imaginación, ve la fuente de prosperidad que le permite estar entreteniendo sus ocios con la pluma en la mano; en su ambición, un peligro espiritual para ellos (que sin embargo todos comparten de alguna manera, y los que se ocupan de quehaceres intelectuales tanto como los que más) y un peligro material para la sociedad, frente al cual ella no debe descuidarse nunca.

La sociedad libre hace posible la virtud; no es una garantía de virtud. No hay garantías de virtud. La naturaleza parece haber buscado (si se nos permite la imagen) una garantía de virtud para los artrópodos en la conformación íntima de sus cromosomas. Pero desde el momento en que la virtud –la total devoción de la abeja a la colmena– está garantizada, deja de ser virtud. Otro tanto ocurre con el ideal de los que quieren una entrega parejamente segura de los individuos a la comunidad.

Pero el florecimiento de la civilización occidental si está asociado a la realización concreta de ciertos valores en su seno, valores que vemos ante todo como de índole espiritual –de donde les viene su particular dignidad– pero que han desempeñado un papel decisivo en la marcha del creciente dominio de la civilización a que pertenecemos sobre su circunstancia ambiental.

La incalculable potencia creadora del individuo no puede liberarse y actuar sino donde esos valores tienen una medida de vigencia social: nos referimos al respeto por la verdad objetiva y su búsqueda libre, y a la justicia a través del derecho. Nada sería mas falso que atribuirles una soberanía indiscutida en Occidente desde los albores de su historia. Pero ¡qué versión tan superficial de ésta sería la que prescindiese de asociar el progreso material de Occidente con el progreso espiritual en la dirección de aquellos valores!

Hoy hemos dejado que nuestra preocupación se alejase de nuestra problemática inmediata, uruguaya y latinoamericana, y sin embargo no creemos que las reflexiones que hemos recogido sean ociosas, para guiarnos frente a las cuestiones que la actualidad nos está poniendo por delante.

No basta que amemos una clase de organización social y un estilo de vida. Debemos saber qué es lo que los hace dignos de nuestro amor, para que nuestra acción no arriesgue falsearlos.

Las reflexiones de hoy proyectan cierta luz sobre los límites de la economía y de la política económica. Ni queremos el progreso material como un fin en sí mismo ni lo que hagamos en el orden de los valores espirituales será ajeno a las realizaciones que podamos lograr en el campo de la economía.

Si estos comentarios ayudan al lector uruguayo a comprenderlo, no estarán del todo exentos de utilidad.


No es por azar que la sociedad industrial nació en el seno de la civilización cristiana y no de otras muy evolucionadas, como la china y la islámica. Sin pretender analizar ese fenómeno, puede pensarse que está asociado a dos aportes decisivos del cristianismo: el principio de la igual dignidad de los hombres y el principio de la salvación individual.

OCTAVE GELINIER, Morale de l’entreprise…

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