EL HOMBRE DEL AÑO

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El título de este artículo no acredita que nos hayamos convertido en imitadores de la revista “Time”.

Ocurre, sencillamente, que nos hemos sentido presa de una gran urgencia: la urgencia de establecer claramente –establecer para nosotros mismos, se entiende– una jerarquía de importancias, entre los acontecimientos mundiales.

“Time” declara hombre del año al Juez Sirica. Ello erige al escándalo de Watergate en el gran acontecimiento de 1973.

Otras designaciones o propuestas elevan a ese rango la guerra de Yom Kippur, la crisis energética, o la exploración del espacio.

Se trata de hechos de excepcional importancia; pero nuestros ojos que escrutan el mundo ávidos de valor, se sienten irresistiblemente atraídos hacia otros escenarios y otros actores.

Nuestro buscar, en un mundo en que todo parece estar en disolución, va en pos de algo en que podamos aferrar el ancla de nuestra esperanza.

Nada de ello encontramos en las noticias más conspicuas.

“Watergate” implica una devaluación más peligrosa para el mundo que la del dólar: la de la autoridad de la Presidencia de los EE.UU. La guerra del Medio Oriente, y su secuela de crisis petrolera, nos parecen significativos, más que nada, porque nos han hecho asistir a la recepción oficial del chantaje desembozado entre los métodos respetables de la diplomacia. La exploración del espacio se nos antoja un símbolo de la razón que se evade de nuestro planeta, dejando la sinrazón dueña del campo.

Por doquiera que se dirige nuestra mirada, vemos lo que parece un esfuerzo organizado por negar que el hombre sea la imagen y semejanza de Dios. Por todas partes vemos al hombre renegar de su suprema dignidad entre las creaturas.

Es preciso ir donde los valores están sujetos a la agresión de fuerzas sobrehumanas, para encontrarlos, allí mismo, afirmados de manera heroica.

Cuando vemos a hombres dispuestos a morir por la verdad y la libertad, sentimos la certeza de que la existencia posee un sentido. Cuando los vemos lanzados a una empresa que todo hace juzgar imposible, nos avergonzamos de nuestra falta de fe.

Por su papel egregio en una lucha que parece desesperada, pero que hoy es la encarnación de nuestra esperanza, y a la vez como arquetipo de un género heroico de luchadores, que contemplamos con admiración y gratitud, nombramos a nuestro propio hombre del año: Alejandro Solyeñitsin.

Es apenas la segunda vez que el nombre de Solyeñitsin lucen en nuestras páginas. Nuestros lectores tienen derecho a preguntar: Si BUSQUEDA no trata de lo más importante: ¿de qué demonios se ocupa?

Y si así nos interpelaran, tendrían razón. Hemos padecido un inexcusable error de perspectiva. Lo físicamente próximo tiene, por obvias razones, que parecer mayor a nuestros ojos de lo que su tamaño objetivamente justificaría; pero nunca debíamos haber permitido que ocultara de nuestra vista los acontecimientos más significativos de nuestro tiempo.

Máxime que los valores en juego son los mismos, aquí y en Rusia.

Cuando escribimos sobre la burocracia y la ley de ílicitos económicos estamos refiriéndonos a los mismos conflictos y a las mismas ofensas contra la libertad y la creatividad humanas que inspiran los escritos impresos en las imprentas clandestinas de la U.R.S.S. Pero esos conflictos tienen allí a tal punto dimensión trágica, y la lucha que allí, se desarrolla posee grandeza tal, que el confundir nuestra partícula con el todo resulta no sólo imperdonable, sino también algo ridículo.

¿Qué debemos hacer? Pues lo de siempre, cuando uno se ha equivocado. Reconocer el error y procurar enmendarse.

Nosotros nos proponemos hacer eso. Trataremos de subsanar nuestra omisión. Escribiremos sobre la resistencia que, con la palabra como única arma, un puñado de hombres y mujeres heroicos están librando en Rusia, contra el avasallamiento de la dignidad humana. Comentaremos el “Archipiélago Gulag” de Solyeñitsin. Hablaremos del “samizdat”. Nos ocuparemos del gran precursor, Boris Pasternak; del notable hombre de ciencia, Andrei Sajarof; de Siniavsky y Daniel; de Roy y Yores Medvedef; de Andrei Amalrik; de Nadezda Mandelstam; y de otros que nombraremos, y de los soldados que también en esta guerra deben permanecer anónimos. Hoy los mencionamos solamente, para rendir a todos ellos un homenaje que reconocemos tardío, pero aseguramos sincero.

Nuestro pensamiento vuela hacia otro gran ruso, del que sí hemos hablado más veces: Fedor Dostoievsky. Dostoievsky auguraba a su patria un papel singular en la redención del mundo y, contemplando los acontecimientos de la U.R.S.S., encontramos hoy su profecía, cuando menos, inquietante.

Dostojevsky creía que el hombre resistiría siempre, victoriosamente a fin de cuentas, todo intento de subvertir su específica condición.

La condición humana está hay bajo agresión, no sólo en Oriente, sino también en Occidente. En el Oriente comunista, de una manera directa y brutal. En el mundo llamado libre, de manera más sutil, pero también indubitable.

Si Dostoievsky estaba en lo cierto, debe hallarse próximo el momento en que el hombre se yerga para afirmar su dignidad peculiar. Con su exquisita ironía, Dostoievsky presentaba su pronóstico en estos términos:

“Prodigadle todas las bendiciones de la tierra, sumergidlo en un mar de delicias…, dadle tanta prosperidad económica que sólo tenga que dormir, comer dulces y ocuparse de que la historia del mundo siga su marcha, y aun entonces el hombre, por pura ingratitud, por pura mala entraña, te haría una trastada fatal”.

La referencia a la prosperidad económica nos hace asociar más fácilmente estas palabras con la historia de los países industrializados de Occidente.

Pero la oposición de Solyeñitsin y sus compañeros de lucha no es contra la mediocridad económica a que el socialismo tiene reducidos a los rusos, sino contra el intento de negar la condición humana.

Allí donde el ataque alcanza máxima intensidad, la resistencia parece ya adquirir perfiles nítidos, la profecía de Dostoievsky tal vez está, pues, próxima a plasmarse en realidad. En esa posibilidad ponemos lo más caro de nuestra esperanza.

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