Siempre nos ha parecido que para zafar de nuestra atribulada situación tendríamos que reconocer primero nuestros errores. Y nos preocupa ver al país tan poco dispuesto a cumplir esa tarea.
Fuimos una nación admirada por el mundo entero. Por la firmeza de nuestras instituciones, por la prosperidad que habíamos alcanzado, por el tono altamente civilizado de nuestra convivencia ciudadana. De aquel rico patrimonio no nos queda hoy casi nada.
Debemos empezar por reconocerlo. Enfrentar la realidad, por dolorosa que nos resulte. El imperativo de la hora es de sinceridad. Demos, por amor de Dios, tregua a los eufemismos y a las mentiras piadosas; concedámosle licencia a los mitos y a los tabúes.
Dejemos que un viento fresco de verdad disipe la hojarasca que oculta la realidad a nuestra vista e impongámonos el deber de mirarla de frente, con honestidad, con toda la lucidez de que seamos capaces.
El error ha sido de toda la nación. Es inescapable reconocerlo. Hay malos uruguayos, es cierto. Pero es falso endilgarles todo el fardo y, sobre todo, poco práctico. ¿Qué han hecho mal los buenos uruguayos? Los que quieren realmente el bien de la patria, ¿en qué se han equivocado y qué deberían hacer? Esto es lo que convendría averiguar.
No es la sociedad uruguaya la única que alberga elementos destructivos en su seno. Sin embargo, nuestra trayectoria declinante es, ella sí, indudablemente única. Si persistimos en ignorar a qué debemos esta triste distinción, ¿cómo hallaremos el camino que nos permita regresar a la zona de la luz y del progreso?
Pretendemos seguir cargando la culpa sobre chivos expiatorios. Ultimamente se ha elaborado el mito de los delitos económicos y el país se ha entregado a ceremonias exorcistas de las que sólo cabe avergonzarse. Es alarmante ver cuántos han creído que a recuperación podía pasar por la mentira. Y cuántos más se han prestado a una complicidad de silencio.
La teoría de que el desastre uruguayo se debe a demonios de izquierda y de derecha está siendo refutada por los hechos. La sedición ha sido reducida a la inacción: el comunismo ya no puede desquiciar el funcionamiento de las empresas; en la enseñanza reina el orden; la prensa calumniadora ha sido silenciada; los especuladores y agiotistas han sido perseguidos y encarcelados. Pero nada de ello ha detenido el retroceso del país. Esto es tan evidente que la pretensión de agitar ante la opinión pública un mito más, el de la recuperación nacional en marcha, fracasa en medio del ridículo y de la burla popular.
Junto a los mitos nuevos, perviven los venerables: los que gestaron nuestra decadencia. Ellos componen una imagen del país afectada de la falsedad más radical. En ella el bienestar es un producto de la legislación y la falta de ánimo de lucro en la empresa pública constituye una garantía de buen servicio. el espíritu adquisitivo hace del empresario un sospechoso, de cuyas acechanzas la sociedad sólo puede salvarse gracias a la protección del estado (contra el cual, en cambio, no es precisa ninguna salvaguardia); la autosuficiencia económica es un ideal válido, y las importaciones representan, por tanto, un mal a reprimir cuanto sea posible; el oro enterrado en cierto sótano de la Ciudad Vieja es la suprema encarnación de la riqueza del país; el estado sabe mejor que los consumidores lo que les conviene y además puede, desde su omnisciencia, asignar mejor que nadie los recursos nacionales, prescindiendo sin problemas de la guía de ese adminículo obsoleto que llaman mercado; la productividad es una entelequia; la eficiencia, una quimera; la oportunidad de las decisiones administrativas no interesa, ya que el tiempo de que los uruguayos disponen es infinito; no importa si el gobernante perjudica a la empresa privada en todos sus actos, con tal que la favorezca en todas sus declaraciones; “los países no quiebran” es la regla de oro cuando se trata de resolver sobre los gastos públicos.
En cierto momento de su historia el país comenzó a tomar esta imagen groseramente falsificada de sí mismo por la realidad, y el resultado fue tan catastrófico como tenía que ser. Ahora, cuando la demostración de su insensatez le golpea reciamente, reacciona apilando sobre los mitos antiguos, otros nuevos.
¿Hasta cuándo habrá de mantener la mentira su hegemonía sobre nosotros? ¿Cuándo nos llegará, lector, la ansiada hora de la verdad?
“Shigalof ha escrito un plan excelente”, continuó Verjovensky. “Propone un sistema de espionaje universal. Cada miembro de la sociedad espía a los demás, y es su deber espiar contra ellos. Cada uno pertenece a los demás, y todos a cada uno. Todos son esclavos, e iguales en la esesclavitud. En casos extremos recomienda la calumnia y el asesinato, pero lo realmente notable del plan es la igualdad. Para empezar, el nivel de la educación, de la ciencia y los talentos, se rebajará. Un alto nivel de educación y de ciencia sólo es posible a los grandes intelectos, y éstos son indeseables. Los grandes intelectos no pueden evitar el ser déspotas, y siempre han hecho más mal que bien. Se les destesrará o se les destruirá. A Cicerón se le cortará la lengua, a Copérnico se le vaciarán los ojos, Shakespeare será lapidado – eso es el shigalovismo. Los esclavos no pueden menos que ser iguales… en el rebaño no puede menos que haber igualdad. ¡Eso es el shigalovismo!
DOSTOIEVSKY
(Los endemoniados)