En el intervalo de apenas dos generaciones, el Uruguay se ha trocado, de tierra de inmigrantes, en país de emigración. Hay en ello una profunda subversión del orden natural, que mueve el ánimo de rebeldía.
Ser cuna de emigrantes es la melancólica suerte, según el orden natural de las cosas, que toca a aquellas tierras a las que una prolongada habitación humana ha superpoblado y desgastado. No hay en éllas, hablando literalmente, lugar para todos los jóvenes, y es entonces imperioso que algunos vayan a hacer sus vidas lejos de la patria. Quienes deben verlos partir encuentran algún consuelo en la comprensión de que aquel alejamiento es inevitable.
Por otra parte, al cabo del viaje les aguardan tierras dilatadas, libres, donde cada cual es hijo de sus obras, y el que no escatima su esfuerzo es premiado generosamente. Cuando el barco se hace a la mar, y el amado terruño va esfumándose en el horizonte, el emigrante vuelve los ojos del alma hacia la tierra hospitalaria que le espera. El sabe, con mayor o menor claridad, que va a una patria por hacer, y que la suya le envía a participar en esa empresa para cobrar nueva vida allende el mar, y para que él no sea enteramente, entonces, un desterrado.
La inmigración uruguaya, como decíamos, altera sustancialmente ese, orden de cosas. Ella deja tras de sí, en primer lugar, un suelo ancho y feraz, que sólo pide esfuerzo creativo para multiplicar sin tasa sus frutos. Por eso los que nos quedamos carecemos del consuelo de saber que la partida es necesaria, y la angustia nos gana entonces todo entero el corazón; y en cuanto a los que se van, ellos sin duda sienten que su nostalgia se mezcla con la amargura de sentirse injusta, absurdamente rechazados.
Es subversiva, además, del orden natural la emigración uruguaya, porque viola la promesa que nuestro país hizo a los inmigrantes que atrajimos para que vinieran a construir, para sí y para sus hijos, una patria nueva, en la que la vieja siguiera alentando. A los hijos les negamos hoy lo que por herencia es suyo y, en muchos casos, los enviamos lejos, donde la adaptación a culturas extrañas desarraigará definitivamente la planta espiritual que sus padres habían hecho germinar en nuestro suelo.
De los que eligen partir, ¿qué diremos?
Al reproche, por de pronto, no experimentamos la menor inclinación. Los mueve, pensamos, el mismo ethos que trajo a nuestra tierra a sus padres: un ethos hecho de amor al trabajo, dispuesto a la aventura, deseoso de recibir, no la prebenda alcanzada por influencias (que ésa se obtiene aquí mejor que en ningún otro sitio) sino el premio que cuadre al esfuerzo dado y a la capacidad probada.
Quienes sienten que ese espíritu los impulsa a partir, no por ello aman a la patria menos que los que en ella permanecen. ¿Por qué había de ser así? ¿No es acaso más pausible pensar que ellos son, en cambio, los que más resisten la adaptación a un medio que sólo les promete una mediocridad declinante y que, a fuerza de trabar su iniciativa, los convence de que ésta es aquí superflua e indeseable?
Respetamos, consiguientemente, su decisión. Sólo querríamos advertirles, precisamente porque sabemos que ella no es índice de desapego a la tierra natal, que probablemente una dimensión de sus vidas permanecerá yerma mientras dure su ausencia, que tendrá que olvidar qué cosa es vibrar, en la alegría y en el dolor, junto con una comunidad de la que se participa plenamente, y que ese vacío en sus vidas tenderá a ser llenado por una nostalgia intensa y persistente.
Querríamos decirles, aún, que su partida nos empobrece y nos desgarra. Pero que si la alternativa tuviera que ser su conformismo respecto de nuestra realidad de hoy, entonces no nos sentiríamos autorizados a preferirla.
Pedimos, pues, a Dios que los acompañe. Y que a los que podamos ser responsables de su partida, nos ilumine, para que restituyamos el orden subvertido, y así el nuestro vuelva a ser el país de oportunidad y promesa que comenzaron a construir nuestros mayores; un país nuevamente abierto al talento y a la laboriosidad, que llame a los que se fueron, y a muchos otros más, a continuar una obra en marcha.
El espíritu de sistema… está a menudo tan enamorado de la supuesta belleza de su propio plan ideal de gobierno, que no puede soportar la más ligera desviación de ninguna de sus partes. Procede a delinearlo completamente, sin la menor consideración a los grandes intereses, ya los fuertes prejuicios, que puedan oponérsele. Parece imaginar que puede manejar los diferentes miembros de una gran sociedad con tanta facilidad como la mano arregla las piezas sobre el tablero de ajedrez. No tiene en cuenta que las piezas de ajedrez carecen de todo otro principio motor que el que la mano les imprime; pero que, en el gran tablero de la sociedad humana, cada una de las piezas posee un principio motor propio, totalmente distinto del que la legislación pueda querer imprimirle. Si esos dos principos coinciden y actúan en la misma dirección, la partida de la vida social se desarrollará fácil y armoniosamente, y probablemente resultará exitosa y feliz. Si son opuestos o diferentes, la partida transcurrirá de forma lamentable y la sociedad estará continuamente sujeta al mayor de los desórdenes.
ADAM SMITH,
Theory of Moral Sentiments.