El olvido por el gobierno de su declaración de San Miguel constituye para nosotros un verdadero enigma. Si la distinción cabe, no obstante, uno de esos enigmas nos resulta más azorante que los demás. Nos referimos al incumplimiento de la promesa de reducir el grado de estatización de la economía.
En San Miguel el gobierno prometió otras cosas que permanecen igualmente incumplidas. Pero, aún sin explicarnos la causa de esta íntima contradicción, de ese (según todo indica) espontáneo apartarse el gobierno de su propio plan, ese retroceder del orden de un programa hacia el viejo estilo vernáculo de gobierno, improvisado e invertebrado; sin comprender como decíamos, nada de esto, en algunos aspectos especiales es posible la formulación de hipótesis, a las que puede adscribirse algún grado de plausibilidad, que den cuenta de lo acontecido.
…Tal el caso de las “pautas” que comportaban medidas de suprema trascendencia, que habían alterado la faz de la economía nacional. Nos viene ante todo a la memoria el anuncio de un sistema generalizado de correción monetaria y el de una franca apertura de la economía uruguaya hacia el exterior. Dos medidas, pensamos nosotros, sin las cuales la recuperación de la economía uruguaya es imposible. Pero, al mismo tiempo, debemos reconocerlo, dos medidas que imponen por su singular importancia, por la vastedad de los efectos, en rigor no previsibles en su integridad, que surtiría su adopción. Es concebible, entonces, que el ánimo de nuestros gobernantes, en el momento de la acción, haya vacilado ante lo que puede habérseles representado como la apertura de una caja de Pandora. Aunque la hipótesis no explica el solemne compromiso asumido ante el país, si puede considerarse que da razón de su incumplimiento.
En lo que concierne a la desestatización, ni aun esa medida de comprensión de la inacción gubernamental nos resulta posible.
En primer lugar, el gobierno dijo algo cuya inteligencia cabal no pudo escaparle: “reducir progresivamente el grado de estatización de las actividades comerciales e industriales” es algo que todo el mundo entiende.
Algunas otras formulaciones, preparadas por expertos, pudieron tal vez escapar en su total alcance a la comprensión de los gobernantes, en medio de la intensa actividad de la reunión. Pero no es creíble que cosa tal haya podido acontecer, en el país de los entes autónomos, con el compromiso de “desestatizar progresivamente” el comercio y la industria.
En segundo lugar, los efectos de mejante política son de facilísima precisión. No es concebible que el Gobierno haya dejado de hacerse cargo, por ejemplo, cuando asumió el compromiso, de que algún problema Se crearía del lado de la ocupación, y que alguna solución habría que buscarle.
En tercer término, esta política en susceptible de muy gradual puesta en práctica. La promesa había apuntado ya, con realismo, a un movimiento “progresivo” en la dirección señalada, Nadie podía esperar que la inmensa estructura público-empresarial uruguaya fuese desmontada de la noche a la mañana. Pero si las cosas quieren principio, si los que recibimos con alborozo la “pauta” desestatizante de San Miguel estábamos dispuestos a ser pacientes, si un largo viaje comienza, como los chinos enseñan, con apenas un paso, ese paso al menos, aunque estuviese lejos de ser una zancada, aunque no fuese sino el cauteloso adelantar un pie, tanteando el camino, de quien se echa a andar en la oscuridad, algo de esto, en fin, teníamos derecho a esperar.
Esa esperanza, aun en su mínima expresión, se ha visto hasta ahora frustrada. Al contrario, hemos visto al gobierno avanzar resueltamente en el sentido inverso al rumbo indicado en la pauta de marras.
Hemos visto al gobierno, en efecto, dirigirse a los administradores que enviaba a regir sus empresas encargándoles (explícita o implícitamente) que las recuperasen, y hemos visto a los administradores lanzarse con patriótico entusiasmo a esa tarea de recuperación.
Recuperar la empresa pública, ¿para qué? ¿Para desestatizarla luego? Esto sería claramente absurdo. Terminar con PLUNA podía ser una tamgible posibilidad mientras fuese el escándalo empresarial que todos conocemos. Una vez mejorada, como sin duda lo será, cuando el déficit que genere sea menor, cuando su ineficiencia sea menos flagrante, cuando llegue a parecerse a una línea aérea de verdad. ¿entonces vamos a desestatizarla? ¿Cuándo vamos a desestatizar el SOYP? ¿Cuándo cumpla razonablemente sus programas de pesca? ¿Cuándo el Espinillar? ¿Cuándo su déficit deje de ser extravagante? Y si no vamos a desestatizar nada de esto, ¿qué diantres quiso decir el gobierno en San Miguel?.
Hay que reconocer que el mito vive aun. En aquella jornada se firmó el acta de su defunción, pero él sigue, como Johnny Walker, ean campante. Es evidente que muchos uruguayos identifican de buena fe el interés de la empresa pública y el interés nacional, y creen que la lealtad y la devoción que merece la patria puede transferirse sin detrimento a este ente autónomo o a aquel servicin descentralizado.
Nosotros, de más está decirlo, no pensamos así. No creemos que se haga un bien al país mejorando las condiciones de la empresa pública que debe ser liquidada, Todo lo contrario. Nosotros creemos que los que contribuyan a esa liquidación y la consumen, serán beneméritos de la patria. Creemos que los que hacen un poco menos grave el derroche, y un poco menos pintoresca la ineficiencia, y un poco más reducido el déficit, de estas empresas que tan caras nos han resultado, no le hacen bien al Uruguay sino que, pese a sus óptimas intenciones, le hacen mal.
El gobierno debía estar de nuestro lado cuando, en San Miguel, aprobó la pauta desestatizadora. ¿Por qué no actúa ahora en consecuencia? Como decíamos al comenzar, lector, no lo sabemos ni acertamos a imaginárnoslo. Pero el compromiso asumido es tan claro que no perdemos, del todo, a las esperanzas. Después de todo, en tren de recuperar, algún día le tiene que tocar el turno a nuestro pobre país.
Hay muchas sociedades incivilizadas que reconocen el estímulo de la ganancia y en donde la lucha para acumular riquezas es tan fuerte como entre nosotros mismos… Sin embargo, incluso entre estas sociedades, lo que se persigue no es la riqueza en sí, sino el prestigio que da.
RALPH LINTON, Estudio del hombre