Antes, los economistas se habían complacido en los análisis de largo plazo. “Si deja usted el tiempo suficiente para que las fuerzas que están actuando en el mercado ejerzan toda su influencia”, solían decir, “ocurrirá tal o cual cosa”. “¿Cuándo será eso?” podría haberles preguntado un interlocutor desprevenido. “¿Cuándo?”, habrían respondido ellos, no sin sorpresa. “Pues es muy sencillo: en el “largo plazo”. El concepto es lógico, no cronológico. Podría ser para las calendas griegas o aún después, eso no importaba.
Esta olímpica actitud frente al transcurso del tiempo sacaba de quicio a John Maynard Keynes. Desde el fondo de la gran depresión, allá por 1932 o 1933, las políticas que se inspiraban en esa clase de análisis le parecían absolutamente inadecuadas. ¿En el largo plazo? Tal vez, pero, ¡quién podría darse el lujo de esperar con veinte millones de desocupados en los grandes países industriales! “En el largo plazo”, escribió cierta vez, “…nos habremos muerto todos”.
Lo importante era impulsar el gasto global en bienes y servicios, (la “demanda agregada”) de modo que los millones de obreros parados, volviesen a tener trabajo. Y pronto, sin demora. Antes, mucho antes del largo plazo; cuando a los desocupados les aprovechase aún salir de sus padecimientos. ¡Que ello significaría multiplicar la cantidad de moneda en circulación, y dar tal vez comienzo a la inflación! A Keynes tal riesgo no le quitaba el sueño. Si el peligro se materializaba, sería… en el largo plazo, cuando todos estarían ya muertos.
Keynes revolucionó el pensamiento económico. Más aún, cambió la escala de valores de los economistas y hasta su sensibilidad. En los hombres encargados de diseñar las políticas económicas en los grandes países industriales, las palabras “desempleo” e “inflación” ya no evocarían dos preocupaciones comparables, capaces de encontrarse y oponerse mutuamente, en el mismo plano. El paro forzoso fue el rey y señor de las inquietudes en el corto plazo. La inflación quedó relegada a una zona remota de preocupación, de la que desde Keynes fue “demodé” ocuparse demasiado. Pasaron los años (la obra fundamental de Keynes, la Teoría General, apareció en 1936); transcurrió la Guerra Mundial, y luego varias guerras locales fueron agregando su cuota de tragedia y de desestabilización económica. El mundo fue cambiando, y pareciéndose cada vez menos al mundo de la década del 30. Pero a través de los años y de las generaciones, una cosa permaneció en Occidente: la manera keynesiana de ver y sentir los problemas económicos. Incontables decisiones de política económica fueron plasmándose en todos los países a través de cuatro decenios según el molde keynesiano. ¿Puede sorprender que el mal que Keynes enseñó a desdeñar haya terminado por convertirse en el gran problema de Occidente? Un economista norteamericano, Murray Roshbard, resumió hace poco la cuestión con singular acierto: “esto que estamos viviendo, esto mismo es el largo plazo de Keynes. El murió, efectivamente. Pero a nosotros nos ha tocado estar vivos, y tener que soportar”.
KEYNES Y EL KEYNESISMO
Ultimamente, sobre todo desde la aparición del libro de Axel Leijonhufvud, Sobre la Economía keynesiana y la Economía de Keynes, se ha vuelto habitual establecer una distinción marcada entre esos dos términos. Keynes no habría escrito todas las cosas que se le atribuyen; algunas de las proposiciones que sí salieron de su pluma no llegaron a integrarse en la tradición keynesiana; Keynes y el keynesismo, en una palabra, no deben confundirse. El término que atrae nuestra atención en esta oportunidad –en la que nos situamos en un punto de vista eminentemente práctico– es el segundo. La pureza de la ortodoxia de los keynesianos nos tiene, en esta ocasión, sin cuidado. El impacto de Lord Keynes sobre la historia no depende de ella. Por otra parte, todos los ismos suelen suponer una transformación de la doctrina original: una pérdida de matiz, una exageración del perfil, algo parecido, –en breve– a una caricatura. No por ello deja cada ismo de ser adcribible al Maestro Epónimo: a su pensamiento, a su personalidad.
A través, pues, de la matriz deformante del tiempo, John Mayner Keynes insufló vida a una cosa nueva, que llamamos keynesismo, y también Nueva Economía. ¿Cuáles son sus características? Sin cuidarnos particularmente, por lo ya dicho, de la fidelidad de la interpretación respecto de los textos originales, nosotros trazaríamos su retrato (llámele el que quiera caricatura) con tres rasgos.
- El dinero no importa. Antes había importado decisivamente. El recurso a la impresión de billetes no era entonces causa de la inflación; era la inflación misma. No ya algo inconveniente; algo inconveniente, sí, pero también, y en primer término, algo deshonroso. Desde siempre, tan lejos como la memoria humana puede remontarse, vemos al príncipe envileciendo la moneda; pero antes debía hacerlo a escondidas, vergonzantemente. Keynes le impartió respetabilidad a un instinto que antes era norma reprimir: fue algo así como el Freud de la economía política.
El vínculo sencillo y obvio que había unido la cantidad de dinero al nivel de precios quedó roto. El lanzar moneda nueva al mercado no debía inquietar, en primer término, mientras no se alcanzase ese estado brumoso de la economía que se llama “pleno empleo”. Mientras haya desocupados todo aumento de demanda es beneficioso. En segundo lugar, aun en condiciones de pleno empleo, la ruta que lleva de la impresión de billetes a la suba de los precios es tortuosa y problemática. La creación de dinero no influye directamente sobre el nivel de los precios; influye sobre la tasa del interés, deprimiéndola. Con dinero más barato, es probable que aumente la inversión, y el aumento de la inversión traerá, con el del consumo, el de la demanda global. El aumento de la demanda global de bienes y servicios conllevará el aumento de la demanda de trabajo y ésta, si no hay desocupados, ocasionará la elevación de los salarios. Esta a su vez –recién ahora– traerá consigo la suba de los precios. Como se ve, el camino es largo y tortuoso. Pero además es susceptible de cortarse en dos puntos: es posible que el aumento de dinero no haga bajar la tasa del interés (o, más concretamente, cuando la plaza opina que la tasa del interés es ya muy baja, puede absorber cantidades de dinero ilimitadas sin tratar de cambiar el dinero por títulos rentables) y, en segundo lugar, es posible que la baja del interés no estimule la inversión (o, más concretamente: la relación de la tasa del interés sobre el gasto de capital es tenue y susceptible de ser oscurecida aún por otras influencias más fuertes, como la de las ondas de optimismo y pesimismo que de tanto en tanto sacuden al mundo industrial). De modo que a la creación de medios de pago se le reconoce una contraindicación, pero en circunstancias tan excepcionales –digamos: pleno empleo, tasa de interés alta a juicio del público y un tono optimista, o al menos neutro, en el medio empresarial– que, de hecho, se llega a concebirla como una medicina inocua, que puede, y aún debe, ser administrada a discreción al paciente toda vez que se le note algo deprimido, sin peligro de inflarle el organismo.
- El ahorro no es una virtud. Antes lo había sido. Junto con sus hermanas –la previsión, la austeridad, y la solidaridad familiar– había sido contada entre los más bellos ornamentos de la clase media. Sólo gracias al ahorro se acumulaba la riqueza, de modo que se le daba, junto al progreso científico, crédito por la prosperidad creciente de las sociedades occidentales. Dicho de otro modo: el padre de familia que, merced a su frugalidad, mejoraba la condición de los suyos, era a la vez benefactor de su pequeño círculo doméstico y del gran círculo de su comunidad, puesto que su postergación del consumo (junto naturalmente a la abstinencia de muchos otros) había liberado recursos para ampliar y mejorar el equipo productor. Después de Keynes, todo esto se ve de manera diferente. Keynes exhumó entre otras ideas mercantilistas, la de queel derroche es necesario para mantener un alto nivel de empleo. En la Teoría General, cita a propósito de ello a Bernard de Mandeville, escritor inglés de principios del siglo XVIII, autor de una obra en verso titulada La fábula de las abejas o Vicios privados, beneficios públicos, donde se desarrolla esa tesis, que a la vez implica la de que la frugalidad podrá ser una virtud privada, pero constituye una calamidad cívica. El padre de familia que se priva de comprar un traje o beber una botella de vino estará propendiendo al bienestar de su círculo íntimo, pero a costa del trabajo de los obreros textiles y del nivel de vida de los viñadores. No es posible establecer, desde este punto de vista, un nexo entre la decisión del padre de familia de posponer el consumo y la decisión de algún empresario de volcar aquel ahorro, a través del mercado de capitales, en la inversión. El keynesismo predica, pues, una política de mano abierta, consistentemente, al gobernante y al consumidor.
- La política económica debe ser una actividad incesante. Antes la política económica se había ocupado sobre todo de corregir distorsiones, causadas más que nada por la propia actividad estatal. Así, por ejemplo, de corregir las distorsiones causadas por la protección arancelaria respecto de la asignación de recursos. O las distorsiones causadas por la excesiva concentración industrial. Casi siempre se trataba de políticas destinadas a surtir sus efectos plenos en el distante largo plazo. La política de corto plazo se circunscribía casi exclusivamnete al manejo de la moneda con vistas a mantener el equilibrio de la balanza de pagos. Las contracciones cíclicas del nivel de actividad económica, y sus secuelas de desempleo, se consideraban fenómenos inevitables de ajuste, gracias a los cuales las ineficiencias que el sistema había adquirido en el último auge industrial eran eliminadas. En todo caso, la sucesión de períodos de prosperidad y depresión parecía firmemente asociada a la naturaleza de las cosas, y cualquier acción gubernamental para estabilizar la producción y el empleo al nivel máximo habría sido considerada vana, si no francamente indeseable.
El keynesismo cambia radicalmente esta concepción. Sostiene que regulando el volumen de la demanda efectiva, a través de la expansión monetaria y del gasto público deficitario, cuando la coyuntura se vuelve recesiva, y a la contracción monetaria y el superávit fiscal, cuando arrecian las presiones inflacionarias, es posible estabilizar el nivel de actividad a la altura de la ocupación plena. El keynesismo no niega las dificultades que semejante estilo de gobierno plantea. Es preciso contar con una información estadística muy amplia, muy precisa, muy rápidamente recogida y procesada. Es preciso interpretarla, porque con frecuencia su contenido es ambiguo. Es preciso actuar a tiempo, finalmente, y esto es particularmente difícil, porque el lapso que las medidas tardan en surtir efecto es relativamente largo y, lo que es peor, inconstante. El economsita keynesiano, el neo-economista (un recién llegado a la sociedad occidental) no niega estas dificultades, como decíamos; pero confía a rajatablas en que el progreso de la ciencia económica permitirá superarlas. Los errores y los contratiempos, que se multiplican, no logran minar su entusiasmo, ni su perenne disposición a actuar. Para el caso en que la incertidumbre pretenda cerrarle el paso, tiene una regla muy clara: en caso de duda, lo principal es evitar el desempleo, la recesión, la deflación; nunca errar por insuficiencia de dinero ni por temor al déficit: esos son los pecados que el keynesiano no perdona.
HUBRIS Y NEMESIS
La historia de la Nueva Economía podría verterse dentro de la estructura de una tragedia clásica. El hombre, al pretender con sus artimañas escapar a la condición humana, que lo somete a las contingencias de las fluctuaciones económicas, ofende a los dioses y recibe de éstos un castigo recortado según la forma de su audacia: quería evitar el desempleo, y se le condena a padecerlo en medida cada vez mayor; creía que podría neutralizar el desempleo con inflación pero se encuentra que la medicina es de corta duración y que, una vez que se disipan sus efectos, el mal retorna redoblado, y reclama una dosis mayor de inflación. Y así sucesivamente. Al lector poco aficionado a Esquilo, le recomendamos que trate de ver la historia en términos del Aprendiz de brujo, con música de Paul Dukas. Si vio Fantasía, de Disney, no tendrá dificultad alguna para ello.
Recuerde en todo caso ese lector que la escena a que deberá proyectar aquella historia es el mundo occidental, y que la inundación provocada por el mago inexperto es una inundación de dinero. Esa visión representará los hechos con razonable fidelidad. Entre enero de 1946 y agosto de 1975, la cantidad de dólares (billetes en circulación + depósitos bancarios, a la vista y a plazo) se había multiplicado por 4,2, lo que implica una tasa anual de expansión del orden del 6%, o el doble crecimiento del producto real de los EE.UU. A través del déficit de su balanza de pagos, por otra parte, los norteamericanos han esparcido por el mundo una parte considerable de su moneda: en una cifra del orden del 20%, o cien mil millones de dólares, se calculan las posiciones de extranjeros en esa moneda, en muchos sentidos la principal de Occidente, aunque haya dejado de ser la más fuerte. Por otra parte, las demás monedas occidentales han seguido un curso de expansión semejante y, por más que algunas –el marco, el franco suizo– aparecen relativamente fortalecidas, lo cierto es que todas pierden valor a una tasa alarmante.
La inflación en el mundo entero fue agravándose a fin de la década del 60. En 1972 y 1973 finalmente, se produjo la explosión, y numerosas materias primas iniciaron una suba meteórica. Todo indica que, junto al oro, cuya alza fabulosa es sobradamente conocida en el Uruguay, fueron juzgadas por los tenedores de saldos monetarios formas más apetecibles que el dinero de conservar poder de compra. En el momento actual las aguas han comenzado a bajar, pero todo hace pensar que no se trata más que de una breve pausa en un proceso que ha de asumir proporciones más arrolladoras aún.
Hacia 1925, cuando el gran Sir Winston Churchill era Ministro de Hacienda británico y acababa de reimplantar la convertibilidad de la libra a su antigua paridad, Keynes lo fulminó con un artículo en que le reprochaba ser culpable del desempleo que aquel país padecía, y cuyo título –Las Consecuencias Económicas de W. Churchill– ilustra la capacidad del autor para el ataque mordaz. Pero, al cabo de medio siglo, el mismo título regresa sobre su creador, como un búmerang. Resulta que, póstumamente, el propio Keynes también es capaz, por sí solo, de surtir efectos económicos; y, en verdad, ellos son sobremanera inquietantes. No hace mucho que Hayek (que lleva cuatro décadas largas polemizando con el keynesismo) comentaba: “Tenemos a un tigre agarrado por la cola. ¿Cuánto tiempo puede continuar esta inflación? Si soltamos al tigre, nos devora. Si corre más y más rápido, y seguimos prendidos a él, nos liquida de todos modos. Me agrada pensar que no estaré en el mundo para ver cómo concluye esta historia.” Ocurre, sin embargo, que contra la frase de Keynes, en el largo plazo no nos habremos muerto todos. A algunos, ciertamente, les tocará pagar los platos rotos. De modo que contra el mal que acosa al mundo habrá que encontrar algún antídoto. Pero eso ya es otra historia, que debemos dejar para otra ocasión.
La meta de un alto grado de estabilidad económica es indudablemente atractiva. Pero desgraciadamente nuestra capacidad de lograrla es limitada; ciertamente podemos evitar las fluctuaciones extremas; no sabemos lo suficiente para evitar fluctuaciones menores; el intento de hacer más de lo que está en nuestro poder constituye en sí mismo una perturbación que bien puede aumentar la inestabilidad, antes que disminuirla.
MILTON FRIEDMAN, 1958.