Después del Keynesismo

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A esta altura de los acontecimientos, existe en Occidente una conciencia bastante generalizada del peligro que la inflación representa para los valores básicos de nuestra civilización. Apenas menos difundida debe hallarse la convicción de que el fenómeno está estrechamente asociado a la Nueva Economía o keynesismo; es decir, a la versión del pensamiento de Lord Keynes que enseñada en la mayor parte de los centros académicos de Occidente y convertida así en moneda corriente en los medios tecnocráticos de todo el mundo no comunista, es hoy el saber convencional que en ese ámbito inspira la política de la gran mayoría de los ministerios de economía, bancos centrales y oficinas de planificación. La superación de la crisis mundial se ve, pues, desde este ángulo, dependiente del surgimiento de una nueva Economía Política, que logre desplazar al keynesismo de la rectoría de las políticas económicas occidentales.

Este artículo propone la tesis de que esa nueva doctrina no debe ser sino el redescubrimiento y la reformación de viejas verdades. El sesgo cultural de nuestro tiempo nos haría esperar otra cosa. Todo progreso suele concebirse hoy en día, en efecto, como innovación. Sin embargo, solamente el error es multiforme; la verdad es solo una. Si logramos eliminar del organismo los vahos de hegelianismo y marxismo que respiramos a diario, tal vez viéramos el proceso de aproximación a la verdad como un perenne redescubrimiento. Como un proceso dialéctico, si, pero de una dialéctica en la cual, merced a la lucha con el error, vamos divisando, no novísimos panoramas, sino perspectivas más amplias y más nítidas del mismo objeto.

 

EL DINERO IMPORTA

En los medios académicos de Occidente, se ha asistido ultimamente a una amplia reivindicación de la política monetaria, luego de un largo eclipse keynesiano. Pero este movimiento intelectual todavía no se ha traducido en un cambio significativo de las políticas económicas. Los “monetaristas” pudieron concebir esperanzas de que el cambio estaba próximo cuando vieron al Sr. Nixon llegar a la Casa Blanca sobre una plataforma “monetarista”, guiada por Milton Friedman, líder de la escuela “monetarista”. Sus perspectivas inmediatas, sin embargo, se desvanecieron luego de los acontecimientos de agosto de 1971 (véase el artículo de Robert Bleiberg en este mismo número) cuando la Nueva Economía volvió a quedar dueña del puente de comando en la política económica norteamericana.

Decir que la política monetaria es hoy, al menos en medios académicos, objeto de una estimación que hace mucho no se le dispensaba, implica dos cosas; que ha ganado terreno frente a la política crediticia en primer término y, en segundo, que ha ganado terreno también respecto de la política fiscal.

La política monetaria tiene por principal medio de acción la regulación del stock de dinero, compuesto por los billetes de banco en circulación y los depósitos bancarios a disposición del público. La política crediticia, en cambio actúa a través de la regulación de las condiciones en que el dinero se vuelve disponible a los sectores productivos.

El tránsito de un concepto de política al otro puede ilustrarse con un ejemplo tomado de la historia monetaria del Uruguay. Hasta 1950 la emisión de billetes en el Uruguay estaba estrechamente limitada por el stock de oro que poseía el banco emisor (a la razón, el Banco de la República); hasta 1935, en virtud de que se exigía un porcentaje mínimo de cobertura metálica; y luego (a partir del primer “reavalúo” de Charlone) porque se imponían límites a la “emisión fiduciaria” (emisión sin respaldo oro). Esta variedad de regímenes se orientaba obviamente a regular la cantidad de dinero: se trataba de política monetaria. En 1950 se elimina el tope fijado a la emisión fiduciaria, que era de cincuenta millones de pesos –sí lector, ha leído usted bien, 50 millones– y en lugar de ello se fijan los requisitos que debían llenar los documentos cuyo redescuento podía servir de cobertura al rubro fiduciario de la emisión: debía tratarse, fundamentalmente, de “papel comercial” a corto plazo. Evidentemente, la idea central de la reforma consistía en que la cantidad de dinero, en sí misma, no importaba, y en cambio sí importaban las condiciones bajo las cuales el nuevo dinero ingresara al torrente monetario: se trataba ya de política crediticia.

 

LOS CICLOS “DE SEMAFORO” DEBEN CONCLUIR

En Occidente la estrella de la política del crédito ocupa el zenit, y el astro de la política monetaria el nadir, hacía 1960. Ubicamos este año en función de dos documentos de singular importancia en la historia de la política económica contemporánea, que lo flanquean estrechamente: en 1959, el Informe Radcliffe en Gran Bretaña, y en 1961 el Informe de la Comisión Norteamericana sobre Dinero y Crédito. La década del 60 se hizo a la mar con una cartografía, refrendada por el poderío material de los EE.UU. y la Gran Bretaña, y sobre todo por el prestigio intelectual de todo lo anglosajón en economía, que enseñaba a desentenderse de la cantidad de dinero, y a trazar la ruta en base a consideraciones de liquidez (un concepto cuya nebulosidad, cuando se intenta aplicarlo al conjunto de toda una economía, ha destacado muy bien Fritz Machlup), de tasas de interés, y de disponibilidad del crédito.

Por una parte, pues, política crediticia; por la otra, política fiscal, bajo una influencia keynesista más nítida aún. Imaginémonos en una situación en que el nivel de actividad y de empleo comienza a descender. La Nueva Economía prescribe para esa emergencia una dosis generosa de gasto fiscal deficitario. Las grandes potencias económicas no recurren para ello a la máquina de imprimir billetes (¡qué disparate! dejan semejante inconducta para sus vecinos pobres y carentes de maneras) sino al mercado de capitales. Pero el acceso del gobierno a demandar fuertemente fondos prestables tiende a hacer subir la tasa del interés, y esto es algo que no debe tolerarse, porque arriesga hacer perder el terreno ganado con el mayor gasto público a través de un descenso de la inversión. La Nueva Economía prescribe entonces que el Banco Central salga al mercado de capitales a comprar bonos (o sea, ofertar fondos prestables, con dinero nuevo), con lo que la diferencia entre tales alambicados procedimientos y el recurso directo a la máquina impresora se aprecia como puramente formal.

Semejante política expansiva demora algún tiempo en surtir efectos. Durante algunos meses aún, el nivel de actividad económica y de empleo continúan descendiendo, mientras tanto, arrecia la presión de la prensa y los medios parlamentarios para que el gobierno abandone su parsimonia y su conservadorismo monetario. Y como consecuencia de ello, el torrente de dinero nuevo signe volcándose al mercado, cada vez más caudaloso. Hasta que, luego de una enérgica recuperación, la economía empieza a mostrar síntomas de “recalentamiento”. Los precios comienzan a subir y la opinión pública comienza a presionar para que las autoridades no continúen por más tiempo su estúpida inactividad. La luz roja se enciende en los semáforos de la política económica –se aumentan los impuestos y se deja que las tasas de interés se eleven un tanto y se instituye el control de precios y salarios pero el tráfico inflacionario sigue fluyendo, al parecer incontenible. Las medidas contradictorias se acentúan y, finalmente, el crecimiento de los precios empieza a enlentecerse, y se insinúa un descenso del nivel de empleo. Es hora de que la luz verde vuelva a brillar en los semáforos, o, lo que es igual, es hora de volver a aceitar y poner a punto la máquina impresora de billetes de banco…

Estos ciclos de luz verde y roja desembocan en una inflación cada vez más arrolladora en las fases expansivas, y en un nivel de paro obrero cada vez más severo en las contracciones, y no sólo más severo, sino también más recalcitrante y exigente de corrientes de dinero nuevo cada vez más nutridas para su corrección. Los hechos, de esta manera, han terminado por despojar a la Nueva Economía de gran parte de su prestigio, hasta hace poco arrollador en la arena política, y apenas sujeto a cuestionamientos minoritarios en el campo académico. La insatisfacción con el estilo keynesiano de gobernar la economía crece en todas partes. Sin embargo, no es posible afirmar aún que la doctrina que inspira ese estilo esté ya a punto de ser desplazada de su pedestal por ninguna otra.

 

¿REGRESO AL AUTOMATISMO MONETARIO?

Al comenzar hablábamos del sesgo cultural de nuestro tiempo, que nos hacía esperar que el progreso en economía, como en cualquier área de las empresas humanas, consistiese en una absoluta innovación, más bien que en un redescubrimiento. La novedad del keynesismo –el hecho de que permitió de pronto ver toda una ciencia económica acumulada en más de un siglo como una antigualla– fue uno de los resortes de su éxito. Otro sesgo de nuestra cultura contemporánea constituye el pilar fundamental que hoy lo mantiene erguido: el sesgo en favor de la acción gubernamental, del activismo de la autoridad.

Milton Friedman declara: No sabemos evitar las pequeñas fluctuaciones económicas; carecemos de la ciencia capaz de permitirnos anclar la nave de la economía en un punto de pleno empleo y precios estables a perpetuidad. Tal vez un día lo aprendamos, pero por ahora sólo podemos evitar las grandes fluctuaciones –timonear la nave por entre la Escila de la gran inflación y la Carybdis de la depresión tremenda. Podemos evitar, por ejemplo, una pavorosa deflación como la de 1929-1933, lapso durante el cual en los EE.UU. el stock de dinero se redujo am tercio: sabemos ahora que nunca debería haberse permitido tal cosa. Pero ignoramos cómo evitar totalmente la alternación de fases de auge y contracción que caracterizan el ciclo económico, y que implican, sucesivamente, alguna alza de precios y algún paro forzoso. En realidad, la tentativa keynesista de suprimir totalmente el ciclo se ha transformado en un factor adicional de inestabilidad. Lo mejor es seguir, trazarse una norma invariable a través del ciclo: proponerse un incremento de la cantidad de dinero a una tasa constante consistente con la estabilidad del nivel de los precios.

Para una economía como la norteamericana, que ha exibido una tasa de crecimiento del producto real a largo plazo del orden del 3%, la receta de Friedman es un stock monetario que crezca alrededor de un cuatro por ciento al año. Todos los años: en los de vacas flacas igual que en los de vacas gordas; sin contraer el crecimiento cuando suban los precios, ni expandirlo cuando se advierte un aflojamiento del ritmo de actividad.

Ello asegurará, afirman los economistas de la escuela de Chicago, capitaneados por Friedman, que la amplitud de las fluctuaciones nunca alcanzará mayores proporciones. La base teórica de esta afirmación reposa sobre el concepto de demanda de dinero, Las unidades económicas, familias y empresas, desean tener una proporción relativamente estable en sus activos en forma líquida; una proporción que equilibra las ventajas de la liquidez con el costo de mantener dinero inactivo; más específicamente estas células sociales desean poseer en forma monetaria, no una cierta suma –dinero en términos nominales– sino un cierto poder de compra –dinero en términos reales–. Supongamos que, en el contexto de una política “monetarista”, el nivel de precios, por causas ajenas a lo monetario –que esta escuela no niega– comienza a subir. El consejo que viene de Chicago es proseguir imperturbablemente incrementando la cantidad de dinero en un 4% al año y dejar la perturbación librada a los mecanismos autorreguladores del sistema. Con la suba de los precios la cantidad real de dinero que las familias y empresas tienen descenderá por debajo del nivel demandado, y entonces estas unidades sociales comenzarán a reducir sus gastos y a liquidar activos, contrarrestando con ello el movimiento alcista que se había puesto en marcha. Un análisis semejante nos lleva a la conclusión de que una fluctuación en el sentido de la baja de precios y descenso del nivel de actividad será contrarrestada cuando las familias y empresas apresuren su ritmo de gastos para librarse de saldos reales excedentarios.

Tal la base teórica, en apretada síntesis, de la política. Sobre la base empírica, nos asegura Friedman que ninguna tesis económica ha sido tan investigada y que ninguna ha recibido en los hechos una confirmación tan cabal. ¿Debemos esperar que Friedman destrone a Keynes? La dificultad está, ante todo, como decíamos más arriba, en las propensiones culturales de la sociedad occidental contemporánea. Si la política “monetarista” se ve como un retorno al automatismo en el gobierno del dinero que caracterizó al período del patrón oro, y su concepción teórica como un retorno a la vieja teoría cuantitativa –cosas ambas que, hasta cierto punto, son ciertas– el ascenso del friedmanismo chocara con el culto de la innovación. Si la doctrina “monetarista” se ve como un llamado a la pasividad estatal, a un nuevo laissez-faire, su progreso tendrá qua sobreponerse al frenético activismo gubernamental de nuestro tiempo.

 

ADIOS AL BARON DE MUNCHAUSEN

El Barón de Munchausen, héroe de incontables proezas incorporadas al folklore alemán, tuvo cierta vez la desventura de internarse en una ciénaga. Miró ansiosamente en derredor, mientras se hundía rápidamente, en busca de un punto de apoyo que le permitiese salir del tembladeral; pero en vano: todos se hallaban lejos de su alcance. Sin la menor posibilidad de encontrar ayuda en aquella desolada región, su situación pudo juzgarse desesperada. Pero el ingenioso barón no se amilanó. Recordó que estaba usando botas, y que sus botas se hallaban provistas de cintas de donde tirar al ponérselas. Metió entonces el dedo índice de cada mano en una de las cintas de sus botas y tiró fuertemente hacia arriba. Y así, gracias a su vigor, pero sobre todo merced a su ingenio, pudo el Barón zafar de aquella comprometida situación.

El mundo de la Nueva Economía tiene muchos puntos de contacto con el universo fabuloso de Munchausen: un mundo en el cual los gobiernos pueden librar a sus países de las coyunturas recesivas gastando deficitariamente se parece mucho a un mundo en que los barones escapan de las ciénagas tirando de sus propias botas. La experiencia se ha encargado de proclamar a los Nuevos Economistas lo que la mayoría de los lectores de las hazañas de Munchausen saben sobradamente: que la realidad es otra cosa. La experiencia del ciclo de luz verde y roja, de la inflación creciente con desempleo recalcitrante, y con estancamiento del producto, ha diseminado la desilusión en la capacidad del keynesismo para aportar soluciones a todos los problemas económicas por procedimientos portentosos. Pero la desilusión no es el realismo. Cuesta abandonar el universo poblado de maravillas y retornar a una tierra en que reina la escasez, en que el pan debe ganarse con sudor, y la gordura del ganado sufre de tanto en tanto cierta merma. ¿Habrá en Occidente temple bastante para decidir ese regreso? ¿Habrá valor suficiente en nuestro tiempo para decirle adiós al Barón de Munchausen?

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