El título no es original nuestro. Pertenece a un artículo que ni siquiera hemos leído, cuyo autor ni siquiera recordamos, que sólo hemos oído mencionar a un amigo nuestro. Pero no resistimos la tentación de valernos de él para hablar de comercio exterior a un público uruguayo. Porque con iguales palabras, de idéntica manera, podría titularse la historia del descalabro económico que nuestro país ha sufrido en los últimos treinta años. Así es, en efecto: si entre todos los errores que los uruguayos hemos cometido, y que nos han precipitado, desde la privilegiada posición que habíamos alcanzado, a otra de estrechez y medianía, si entre todos esos errores tuviéramos que señalar uno, no titubearíamos un instante: apuntaríamos, sin la sombra de una duda hacia la pasión obsesiva por la balanza de pagos, hacia la actiud avara y mezquina en el manejo de nuestras reservas internacionales.
UN POCO DE HISTORIA
Lector: el error uruguayo no es nuevo. Antes que nosotros, siglos ha, las grandes potencias se habían equivocado de análoga manera. Remontémonos un momento, si le parece, por las centurias, en busca de las puntas de nuestra desventura. Ya sabes lo que acontece a los pueblos que se obstinan en ignorar su historia: están condenados a repetirla indefinidamente.
La actitud cuya estirpe deseamos conocer tiene un nombre: se llama mercantilismo. ¿El tiempo de su apogeo? Pues pongamos, grosso modo, los siglos XVI y XVIII. Por entonces, estaba fortaleciéndose, luego de un largo paréntesis feudal y particularista, el poder político central. Y junto con la estrella monárquica, ascendía también por entonces el astro burgués. Era natural que ambas fuerzas hiciesen alianza entre sí: que la corona buscase el apoyo financiero del capital para sus luchas con los señores feudales y con los otros príncipes; y que el capital buscase utilizar en su provecho el nuevo poder central, en primer término para asegurar la libre circulación de bienes dentro de fronteras, contra las aduanas internas y las exacciones de los señores, características del período feudal, y, en segundo término para dificultar el ingreso de mercancías de fuera de fronteras; para proteger, en una palabra, la nueva industria nacional.
Es, explicablemente, una época de intenso nacionalismo. Un nuevo pensamiento político, ahora laico, desembaraza al príncipe de las reglas generales de la moral, y erige un principio específico para gobernar el comportamiento del ente político: la razón de Estado. En el terreno económico, el vástago que nace de la unión de la corona y el capital, es igualmente nacionalista; un naciolismo que se traduce en proteccionismo, lo que interesa a la burguesía, y en orismo, esa misma pasión avara que también conocemos los uruguayos, el objeto de cuyos desvelos –la acumulación de un tesoro cada vez mayor de metales preciosos– juzgaba el soberano que favorecería sus proyectos orientados hacia la consolidación y expansión de su poder.
Los mercantilistas escriben los primeros libros que se publican sobre asuntos económicos. Anteriormente la materia económica había sido tratada, en la Antigüedad, por Aristóteles, pero sólo de manera incidental, y en el Medioevo por los filósofos escolásticos, pero sólo con una intención moral. Los mercantilistas ingleses, franceses, alemanes, italianos, españoles, vienen a ser, pues, los primeros economistas. Mas ellos no se ven a sí mismos aún como tales. No llegan a discernir en la realidad social un orden autónomo en torno a la cuestión económica. Enfrentamos a una definición de la disciplina como la que, a fines del siglo XIX, daría Alfred Marshall –“el estudio de la humanidad en las ocupaciones ordinarias de la vida”–, los mercantilistas no habían reconocido el objeto de sus escritos. Este consistía en dar consejos al soberano sobre la manera de procurar la prosperidad de sus súbditos y, sobre todo, de fortalecer su propio poder. Asemejábase el quehacer de los mercantilistas, en una palabra, al de los economistas que en la actualidad asesoran a los Ministerios, y como no es extraño que situaciones semejantes rindan frutos parecidos, el reverdecimiento de los enfoques mercantilistas en nuestro tiempo no debería sorprendernos. ¿Cómo se veían a sí mismos aquellos viejos autores? Pues como consejeros en materia política, apenas separados por un matiz de diferencia de los teóricos de la razón de Estado y la soberanía. Cuando el lector vea en nuestros días entrelazarse de manera que se le antoje peregrina los temas de la soberanía y de las reservas de oro y divisas, tal vez le ayude en su perplejidad el recordar el origen común, en los albores de la estructura política occidental, de la preocupación por el uno y el otro.
LA RIQUEZA DE LAS NACIONES
Para los mercantilistas el tesoro de metales preciosos constituía el símbolo, y aún más, buena parte de la sustancia, de la riqueza de las naciones. ¿Y cómo, en los territorios que carecían de minas de oro y de plata, podría el soberano arreglárselas para aumentar su tesoro? Pues de una única manera: haciendo que las exportaciones superasen en valor a las importaciones, oro y plata excluídos del cómputo. O, como ellos decían, teniendo una balanza comercial favorable. Cuanto mayor fuese el excedente de las exportaciones sobre las importaciones, tanto mayor sería el ritmo de incremento del tesoro.
Por ende: los ingresos de divisas debían estimularse todo lo posible; los egresos reducirse al máximo. “¡Exportaciones, sí! ¡Importaciones, no!”, tal el lema implícito en la corriente mercantilista.
En 1776 –pronto celebraremos, lector, condignamente el bicentenario respectivo– en 1776 veía la luz en Londres un libro destinado a hacer época bajo el extenso título de “Una encuesta sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones”, obra de un profesor de filosofía escocés llamado Adam Smith. El título insinuaba una orientación mercantilista, pero el contenido revelaba todo lo contrario. Por de pronto, no se trataba de la riqueza de Gran Bretaña, ni de tal o cual otro país, sino estrictamente, como el título lo señalaba, de las naciones en general; la premisa implícita de nacionalismo mercantilista –la oposición de intereses en el comercio– resultaba reemplazada por la tesis de la armonía de los intereses en el intercambio libremente acordado. En segundo lugar, la riqueza de una nación ya no dependía del tesoro acumulado, sino de la disponibilidad de bienes capaces de satisfacer las necesidades de la población. Las importaciones dejaban de pronto de verse como un mal necesario, transformándose en cambio en la principal ventaja derivable del comercio internacional; mientras las exportaciones pasaban a interpretarse como el precio que inevitablemente era imperativo pagar al resto del mundo por la corriente de bienes de origen foráneo con que el país se beneficiaba.
¿Qué era preiciso que una nación hiciese para enriquecerse? Pues ya no, naturalmente, exportar más de lo que se importaba, sino sencillamente aprovechar al máximo las ventajas de la división del trabajo; como diríamos hoy, asignar sus recursos productivos de manera óptima. Para ello todo el fárrago de intervenciones gubernamentales –los aranceles y los subsidios, los privilegios, y las reglamentaciones industriales– que habían ido adoptándose conforme al consejo mercantilista, constituía un descomunal entorpecimiento.
Adam Smith propone el libre comercio: la supresión de todas las barreras a la circulación de mercancías. Muchos, o marxistas o mal informados, o aún, lo más frecuente, ambas cosas a la vez, hacen de Adam Smith el portavoz de los intereses industriales británicos, ávidos de aprovechar la ventaja alcanzada sobre los demás países en materia de desarrollo manufacturero. Olvidan, o rehusan oír, la cerrada oposición con que los intereses empresariales recibieron la propuesta librecambista de Smith (que éste anticipó lúcidamente en su libro).
Esta propuesta recién logró transformarse en la política oficial británica algo así como setenta años más tarde, y sólo luego de una intensa campaña de opinión pública que alcanzó notable repercusión popular.
Los intereses representados por la propuesta smithiana, si cabe presumir que los hubo, no fueron sin duda otros que los de la clase media, a que el Profesor Smith sin duda pertenecía, enriquecida en tanto que principal clase consumidora por el desarrollo económico, pero a la vez limitada en su prosperida por las barreras a las importaciones y demás fuentes de ineficiencia emanadas del dirigismo mercantilista.
Pero los intereses efectivamente beneficiados por la política de apertura de las economías fueron, podría decirse, universales. Un desarrollo económico a un ritmo nunca visto siguió en toda Europa la política de liberalización del comercio exterior (Gottfried Haberler se ha encargado de desvirtuar las versiones que pretenden oponer el desarrollo librecambista británico a un desarrollo supuestamente proteccionista de Alemania y Francia: como los lectores del N° 35 de BUSQUEDA ya saben) mientras los EE. UU. ofrecían una demostración aparte de las notables posibilidades que para el crecimiento económico representa una gran área de comercio libre.
EL URUGUAY Y EL AHORRO DE DIVISAS: ANTES Y DESPUES
Entre los países que mejor aprovecharon el prodigioso desarrollo económico de la segunda mitad del siglo XIX y las tres primeras décadas del XX se cuentan sin lugar a dudas las dos naciones del Plata. En lo que a la nuestra concierne, basta pensar en el país que éramos en 1851, al cabo de la Guerra Grande, despoblado y arruinado, y en el que llegamos a ser en 1930 (o, en 1914, si se quiere, para ponernos a cubierto del argumento de los despistados que atribuyen la prosperidad rioplatense a las guerras mundiales), es decir, un país que se contaba entre los de mayor ingreso per cápita del mundo. Después vino la crisis de 1929-30, y la Gran Depresión posterior, que perturbaron seriamente nuestro equilibrio externo. El país sintió estremerse las bases de su prosperidad y, explicablemente, buscó seguridad en un repliegue sobre sí mismo. Pero luego que la tormenta pasó, cuando una nueva bonanza reinó en el mundo después de la segunda guerra mundial, en lugar de abrirse nuevamente con decisión y optimismo a las corrientes del comercio internacional, nuestro país se fue encogiendo más y más sobre sí mismo, como si se hubiese habituado a vivir bajo una caparazón en los años de crisis, y ya no tuviese el coraje para enfrentar la vida sin su protección mediocre y desquiciante.
¿Cómo se produjo el cambio? Las causas fueron presuntamente múltiples. Ante todo, la herencia mercantilista debimos recibirla de España. España, que en el siglo XVIII había dejado ya de integrar plenamente la corriente intelectual europea, recibió de manera muy imperfecta el mensaje de Adam Smith y sus discípulos, los miembros de la escuela clásica inglesa. El mercantilismo persistió en la Península tenazmente, y sin duda su concepción formó parte del bagage cultural con que la Madre Patria nos vio alejarnos en su regazo. Hay síntomas patentes de ideas mercantilistas en nuestros hombres públicos en el mismísimo apogeo de nuestro desarrollo librecambista. Las restantes influencias deben ser harto más recientes. Entre ellas se cuentan, sin duda, el neomercantilismo de origen keynesiano, la prédica de CEPAL de fines de la década del 40 y de principios de la del 50 sobre los términos del intercambio, y el peso de los intereses creados de una ingente burocraia encargada de las medidas de
¿En qué se traduce esa actitud que caracterizamos por el ansia de no gastar divisas? ¿Y cuáles son sus consecuencias?
En primer término, ella sirve para explicar los objetivos de autoabastecimiento tan característicos de nuestra política agrícola. No importa ahora de qué autosuficiencia se trata, el lector debe evitar enfrascarse en una reflexión sobre si tal o cuál meta de autoabastecimiento es acertada. Ninguna puede serlo. O bien tenemos una ventaja comparativa para producir el bien en cuestión, y lo natural es exportarlo, o bien tenemos al respecto una desventaja comparativa, y debemos importarlo. La meta de autosuficiencia se explica cuando las autoridades creen que el caso pertinente es el segundo (desventaja comparativa) pero se rehúsan a aceptar las consecuencias lógicas porque… ¡hay que ahorrar divisas! Como consecuencia se ponen recursos que tendrían –¡imperativamente!– que estar destinados a la producción de un bien de aquéllos en los que poseemos ventaja; a producir algo para lo cual no se está bien dotado. Consiguientemente, el país sufre una merma en su eficiencia.
Análogo es el caso implícito en el favor oficial con que es considerada la sustitución de importaciones en materia industrial. Este beneplácito está reconocido nada menos que en la Constitución de la República. ¿Qué significa que un producto “sustituye importaciones”? Por supuesto, que se elabora localmente algo que antes se importaba. ¿Pero ello se deberá a que el producto nacional compite eficazmente con el de la industria extranjera? Por supuesto que no, pues de otro modo no serían necesarios los privilegios que la Constitución y la ley ordenan conceder al artículo nacional “sustitutivo de importaciones”. ¿A qué costo, en términos de recursos, se reemplaza entonces el producto importado por el nacional? No importa se ahorran divisas, y basta.
Consiguientemente, otorgamos una protección prohibitiva de la competencia extranjera a la industria nacional y promovemos con toda clase de privilegios actividades en que somos comparativamente ineficientes. Perseguimos por todos los medios la autosuficiencia, la autarquía ¡Con un mercado interno de menos de tres millones de habitantes! Y, en resumen, asignamos pésimamente los recursos nacionales, perjudicamos en la misma medila la productividad de los mismos, y por lo mismo el ingreso real de sus titulares.
UNA ESCASEZ ARTIFICIAL
Y, sin embargo, se nos dirá, las divisas resultan escasas al Uruguay. Forzoso es manejarlas parsimoniosamente.
Nosotros respondemos: la economía ha sido llamada la ciencia de la escasez. Todos los bienes económicos son escasos. Y cuando ponemos recursos uruguayos de capital de trabajo a producir algo para lo cual padecemos una desventaja comparativa, despilfarramos recursos escasos. ¿Por qué, entonces, adjudicar las divisas a una categoría especial de escasez? Pues hay una sola razón posible: que el precio de las divisas sea demasiado bajo. En efecto: toda vez que un bien cualquiera es comprado y vendido a un precio inferior a su nivel de equilibrio, el bien escasea. Inversamente, si un bien escasea especialmente, si los compradores forman colas para adquirirlo, o desaparece de los estantes de los negocios, sabemos con eso sólo que su precio está de hecho a un nivel inferior al de equilibrio. Y lo que pasa con las divisas no puede ser otra cosa.
Observa, lector, otra cosa además: la escasez de las divisas está estrechamente vinculada con su ahorro. ¿Paradójicamente? Tal vez, pero de manera indubitable. Es porque se quieren ahorrar las divisas, porque en virtud de ello se ponen en movimiento tantos y tantos resortes a fin de que los consumidores y las empresas no puedan gastarlas según sus deseos y conveniencia, que la autoridades se ven eximidas de poner a las divisas el precio de equilibrio. Por lo mismo, al resultar así la moneda uruguaya sobrevaluada, la mayor parte de las actividades productivas intensivas en capital y en trabajo no logran competitividad en los mercados mundiales. Sólo los productos en cuya elaboración se utilizan predominantemente los servicios de la tierra encuentran compradores en el exterior.
El carácter de monoproductor que un país cualquiera pueda ostentar nos dice, por sí sólo, esto además: ese país está dedicado entusiastamente a ahorrar divisas.
Un país con moneda sobrevaluada, otro con escasez de divisas y un tercero obsesionado con ahorrar estas últimas vienen a ser en realidad un mismo país. Y además, muy probablemente, un país con graves problemas en materia de crecimiento. A la vez es clara la manera en que se debe comenzar a corregir este desorden. Es preciso que las divisas se asemejen en los ojos de las autoridades a cualquier otro bien o recurso; y que consiguientemente, las medidas que se empleaban para coartar su empleo se dejen sin efecto. Con ello bastará para asegurar que el precio de las divisas tendrá que ser el de equilibrio. Y por lo mismo hará que ellas dejen de escasear, y los problemas del crecimiento comiencen a resolverse.
Lector: ¿te parece demasiado sencillo para ser cierto? ¿Qué para tener divisas en abundancia baste tratarlas con indiferencia? Pues, sin embargo, así son las cosas. Algún día, antes de mucho, probablemente inquiramos juntos cuales son las implicaciones prácticas de esta orientación. Mientras tanto, grabémonos bien esta idea general: se trata de volver a los buenos tiempos, antes de que a fuerza de ahorrar divisas nos quedáramos sin ellas.