La contribución de Adam Smith a la cultura no es disimil de la que debemos a Cristóbal Colón. Otros se anticipan al marino genovés en punto a desembarcar en tierra americana, pero sólo después de sus viajes se entera Europa de que tenía allí delante, plantado entre dos océanos, un tremendo continente. Otros se adelantan a Adam Smith en pisar el terreno de la economía política, pero sólo después que el intrépido escocés hace públicas sus intelectuales aventuras toma conciencia el mundo de la unidad continental de aquellas tierras por que otros, creyéndolas meras islas esparcidas al azar por el mar de la vida social cotidiana, habían incursionado previamente. Por más que la cartografía de los dos pioneros haya sido más tarde considerablemente mejorada, ellos son quienes introducen, en el conocimiento que de la realidad poseían sus contemporáneos, un cambio cualitativo. Es a lo que nos referimos cuando les llamamos, a uno y otro, descubridores.
Pero el paralelo entre los legados colombino y smithiano cesa aquí. Nada respecto a aquél se corresponde con la persistente y hasta progresiva incomprensión que ha surgido respecto de la naturaleza de éste. Sin duda la carencia del continente descubierto por Smith de las tres dimensiones espaciales de que América está tan generosamente provista es lo que ha hecho posible la confusión. Pero no es la génesis del error, sino su multifacético contenido, lo que aquí debe ocuparnos.
ADAM SMITH, EL INCOMPRENDIDO
Mucho de lo que se escribe sobre Adam Smith y el objeto de su descubrimiento –más que mucho, casi todo, diríamos– presupone la convicción de que aquel objeto no constituye un fragmento de la realidad, sino un producto de la imaginación de Smith. Antes que a otro Nuevo Mundo, la nave smithiana habría arribado a un territorio comparable con la Utopía de Moro o con la Ciudad del Sol de Campanella.
Están, por ejemplo, los que afirman que la Riqueza de las Naciones constituye una expresión de la teoría de las armonías preestablecidas. Suelen citar el famoso pasaje en que Smith afirma que todos los que procuran mejorar su propia condición son como conducidos por una mano invisible a promover el interés de la comunidad; y pretenden que la mano invisible represente a la Divinidad, por siempre providencialmente encargada de mantener sincronizados el interés particular y el colectivo.
Es una extraña manera de pensar. Tan extraña como habría sido imputar a una concepción teológica particular la exaltación por parte de Colón, de la belleza virginal de los territorios que había descubierto. Un hombre de fe ve la mano de Dios en todo, y a cada paso encuentra razones para alabar su sabiduría. No menos si descubre algo bello, o de otra manera valioso, ya se trate un nuevo territorio, ya de un orden social antes ignoto. ¿En qué medida podría ello detraer de la realidad del nuevo objeto que se nos exhibe?.
¿Qué significa descubrir un orden social?. Tal vez las cosas se aclaren mejor si nos detenemos un instante sobre este punto.
Permítasenos recurrir a otra comparación. Newton fue el descubridor de un orden físico. En la antigüedad mítica los hombres habían creído que si la Tierra no se precipitaba en el abismo, ello era sólo porque un esforzado titán llamado Atlas la sostenía sobre sus hombros. Newton demostró que existía un orden en el universo físico por el cual la Tierra debía comportarse conforme al modelo propuesto primero por Copérnico y corregido por Keplero. Atlas no tenía por que fatigarse: nuestro planeta obedecía a la misma ley que mantenía a toda la família de cuerpos celestes en ordenadas relaciones recíprocas. ¿Armonía preestablecida?. Tal vez… ¿Obra de la Providencia? Como todo, si miramos con ojos de fe… Pero, ¿qué diantres tiene que ver ello con el sistema de la gravitación universal? ¿Es éste o no real? El modelo newtoniano, ¿da cuenta o no adecuadamente de los hechos observados? Esa es la cuestión, como diría Hamlet.
Observe el lector que la explicación mitológica representaba también un orden. Un orden basado en la acción providente de un individuo. No nos precipitábamos por la inmensidad del espacio porque alguien –el buen Atlas– se cuidaba de mantener nuestra posición, a costa de su denodado esfuerzo. Y antes de Smith se creía, implícita o explícitamente, que comíamos y bebíamos y nos vestíamos y dormíamos bajo techo, porque alguien también se cuidaba de ello. El príncipe, el soberano, el estado: he ahí tres maneras de llamar al Atlas de nuestro cuento. Santo Tomás, por ejemplo, tomaba por punto de partida casi exactamente inverso de la proposición con que Smith concluye su viaje: “Non… idem est quod proprium et quod commune”. “No es lo mismo el interés particular que el bien común”. (De Regimene Principum). Toda pluralidad debe estar regida por un principio único, como las partes del cuerpo lo están por el alma, y las del universo lo están por Dios. En las comunidades humanas, la multitud de intereses distintos fuerza a que también deba haber en ellas un único principio rector, y éste proporcionado por el soberano. A una inteligencia única se le asigna una misión directriz omnicomprensiva, partiendo de la elección de un territorio, que debía ser sano y fértil, para servir de asiento al reino, pasando por la planificación integral de las poblaciones, que establecería la ubicación debida de los templos, edificios administrativos, talleres de cada uno de los oficios y viviendas de los distintos estamentos, y concluyendo con el cuidado de que nadie dejase de recibir lo que le fuera necesario según su condición y estado.
De hecho las cosas no ocurrieron en Occidente conforme a la descripción de Santo Tomás. Con el andar del tiempo debe haberse vuelto cada vez más evidente que las sociedades occidentales habían tomado un derrotero histórico que las alejaba decisivamente de una dirección centralizada. Pero los hechos no bastan para destronar una doctrina. Mientras el intelecto humano no disponga de un nuevo principio ordenador de los hechos, éstos suelen desatenderse –tal es la aversión que siente el espíritu humano por el caos–. El descubrimiento de Adam Smith no consistió en la descripción de como atendían los hombres a la satisfacción de sus necesidades en las sociedades civilizadas de su época, lo que habría constituido un ejercicio más bien trivial, sino en proporcionar un principio que permitiese ver los hechos pertinentes –el obrar espontáneo de millones de hombres y mujeres sin dirección central alguna, atendiendo cada uno a sus asuntos particulares, sin procurar resolver los de los demás y, muy especialmente, sin información siquiera sobre la repercusión última de sus actos –como un orden.
En esto, sugerimos, consistió el descubrimiento de Adam Smith: en que nos permitió ver como los hombres cooperan espontáneamente para conseguir fines comunes sin que ninguno individualmente se lo proponga, y manejan prodigiosas cantidades de información sin que ninguno, también individualmente, posea otra cosa que fragmentos insignificantes del colosal rompecabezas.
La unidad del sistema proviene de la interconexión de los mercados –mercados de productos, mercados de factores, mercados de activos financieros– en una red vastísima, semejante a un colosal sistema nervioso, capaz de transmitir información e impulsos a increíbles distancias y por las rutas más complejas. La transmisión se lleva a cabo a través de un sistema de premio y castigo –premio para aquéllos que han interpretado correctamente los signos tempranos de un cambio en el mercado, y consiguiente estímulo para persistir en la misma dirección; castigo para quienes se han equivocado, con el consiguiente estímulo para cambiar de curso–. Así un incremento de la demanda de algo tan sencillo como lápices –para repetir un clásico ejemplo– pondrá a trabajar a hombres y equipos en las plantaciones de caucho de Malaya, en los bosques del Estado de Washington, en las minas mexicanas de grafito, y en una multitud de otros lugares, sin que nadie haya planificado ese gigantesco esfuerzo cooperativo –más aún, sin que ningún intelecto llegue a abarcarle en un alcance siquiera aproximadamente comprensivo. Solamente habrán subido ciertos precios –de productos, de factores, de activos financieros– y bajado otros, premiando y castigando, estimulando y disuadiendo, facilitando recursos a unos y restringiéndolos a otros. ¿Una mano invisible?. Efectivamente, si nos referimos a los ojos del cuerpo: pero desde la obra de Smith una mano que la razón humana puede discernir claramente –si la tomamos por el símbolo de un orden social espontáneo– es toda la apabullante realidad de éste.
ΕCΟΝΟΜΙΑ Y MORAL
Otras veces la incomprensión toma la forma de un ataque a la filosofía moral de Adam Smith; otras aún, en lo que es una variante de esto mismo, es contra la calidad ética del objeto descubierto por Smith que se dirige la acusación.
Algunos presentan a Smith como el apóstol del egoísmo, o vinculan la Riqueza de las Naciones con una concepción utilitaria de la moral. Es como si atribuyesen a Colón una debilidad por los istmos, porque el de Panamá ocupa un lugar tan conspicuo en el Nuevo Mundo.
Smith escribió, mucho antes que la Riqueza de las Naciones, un tratado de ética, La Teoría de los Sentimientos Morales. Allí el rasgo de la personalidad que concentra su atención no es el propio interés, sino la capacidad humana para participar en los sentimientos de los demás, la sympatheia griega (que “simpatía” traduce mal, y “compasión” sólo algo mejor). Cuando Smith escribe en cambio sobre economía política, su construcción pasa a apoyarse sobre el propio interés; no porque entendiese que éste es el motor más elevado de la acción humana, ni siquiera porque la experiencia le demostrase que la conducta de los hombres en el manejo de sus asuntos cotidianos no conoce otras motivaciones. Lo primero porque ello habría sido francamente absurdo –¿qué tendrían que hacer sus preferencias en el análisis de un mecanismo de la realidad social?– y lo segundo porque la observación del comportamiento humano rara vez nos permite arribar a conclusiones inequívocas sobre sus últimos determinantes psíquicos. No, Adam Smith hace del propio interés la piedra angular de su edificio científico por otra razón: porque sólo a partir de la premisa de que el hombre atiende los asuntos ordinarios de la vida persiguiendo su beneficio particular, y que lo hace consistentemente, con racionalidad en la apreciación del vínculo entre aquel fin y los medios a su alcance, el orden económico se vuelve inteligible. Se trata, ni más ni menos, que de la clave del secreto. Es cuando Adam Smith haya visto esto claro que debe haber proferido el gozoso EUREKA a que su señalada conquista intelectual le daba derecho. Es a partir de aquel instante que el velo que ocultaba a la humanidad un considerable fragmento de su realidad social se descorrió.
Y ello, hasta hoy. Robert A. Mundell, uno de los investigadores más originales de la ciencia económica actual, expresa: “En economía, el meollo unificador de la teoría es el axioma del propio interés racional; la creencia en la pertinencia de este axioma es el “sine qua non” de la ciencia”. Esto compendia mejor que nada nuestra deuda hacia Adam Smith.
El legado de Smith es, en último término, un legado de claridad. Y los que repudian su herencia, para poder hablar de economía “humana”, o de economía tal, o economía cual, siempre una economía con una profusión de bellos sentimientos en sus agentes, donde el propio interés aparece flanqueado, constreñido y dominado por un tropel de impulsos generosos e inquietudes altruistas, pagan por el gusto que derivan de usar esa clase de lenguaje un precio elevadísimo, consistente en tener que andar a tientas y tropezones por las penumbras, sin encontrar jamás la salida del laberinto.
En esta zona, como en todas las demás, la primera regla de la moral, como nos lo señala Pascal, es la que nos manda esforzarnos en pensar bien. Que si andamos despistados, todas nuestras mejores intenciones no acabarán en nada bueno.
Acatemos nosotros mismos, lector, esa sabia norma, y hagamos algo más aún: ayudemos a los demás a pensar mejor. Por ejemplo, cuando oigamos a algún interlocutor nuestro proclamar su adhesión a una economía tal o cual, distinta de la economía de mercados, distinta del capitalismo frío e insensible, una economía en que los empresarios posean sentido social, o tomen conciencia de los dones gratuitos que han sido llamados a administrar, o quien sabe que otra clase de economía, en todos los casos una economía que contemple las ansias de su generoso corazón, o satisfaga los requisitos de su filosofía, comprometámonos a instarle a que nos aclare qué quiere decir. Porque sería inadmisible que su juicio fuera reductible a un mero deseo de que la estructura de la realidad difiriese de su actual conformación, como si nos dijese que es una pena que el Tibet se halle tan inaccesiblemente enclavado entre las montañas del Himalaya. No, ciertamente, nuestro interlocutor no querría hacernos perder el tiempo con esa infantil clase de propósitos. Entonces sólo puede querer expresarnos una de dos cosas. O bien, lo más frecuente, está pidiendo la intervención del poder público para que el orden económico espontáneo sea modificado, o sustituído; o bien, algo mucho menos usual, más raramente aún explícito, pero a veces lo único compatible con el contexto, está reclamando la transformación personal de los agentes económicos, y por ese intermedio, una mutación cultural que comporte una transformación del orden socio-económico, surgida del mismo seno de su espontaneidad histórica, como todo el cambio a que aquél se halla incesantemente sujeto, pero al mismo tiempo dotada de una clara intencionalidad moral.
Una vez que hayamos conseguido que nuestro interlocutor encasille su propuesta dentro de una de estas estrictas posibilidades, habremos ganado ya mucho terreno en punto a claridad. Tal vez la propuesta acuse a esta altura los signos de una violenta deflación, y sea aconsejable no gastar a su propósito más energía. De lo contrario, resultaría útil continuar el análisis. Para ese caso, procuraremos anticipar alguna de las direcciones que podría tomar el discurso.
Pongamos que nuestro interlocutor cifrase sus esperanzas en una conversión espiritual del empresario a un ideal de servicio social. En lo sucesivo los empresarios dejarían de perseguir la maximización del beneficio particular y –contentándose con una ganancia razonable, entendiendo por tal la resultante del margen autorizado por las oficinas gubernamentales que controlan precios– en lo sucesivo se transformarían en maximizadores de bienestar social. Llamarían a sus respectivos gerentes de compras y les instruirían para que elevaran los precios de los abastecimientos agrícolas en el grado necesario para permitir la elevación del nivel de vida de los trabajadores rurales a un nivel decoroso. Si esto obligaba a reducir el personal de algunas secciones, darían órdenes a sus gerentes de personal para que retuviesen a los obreros con familias más numerosas, sin considerar sus aptitudes, y de paso les aumentasen el salario. A sus gerentes de producción les recomendarían que dieran prioridad a los productos de difundido consumo popular y a sus ingenieros que proyectasen toda ampliación de sus plantas considerando las metas gubernamentales en materia de ocupación. Prever las consecuencias sociales de semejante mutación cultural es fácil. Los mercados de capitales dejarían de funcionar como orientadores de la inversión, la combinación de los factores dejaría de ser eficiente, la tasa de crecimiento económico caería, y pronto se tornaría negativa. El capitalismo de corazón pleno se convertiría también muy rápidamente en un sistema de estómagos vacíos.
¿Sería mucho pedir que procurásemos además convencer a nuestro idealista interlocutor de que un gran espíritu no tiene porqué reaccionar con desaprobación, ni con propuestas al menos aventuradas de cambio radical ante la contemplación del orden económico? Podríamos ensayar indicándole que ese orden es el primero en la historia de la humanidad que ha dado un nivel de vida decorosa a las masas. Y tal vez fuera oportuno citar nuevamente a Pascal, que –más de cien años antes de la Riqueza de las Naciones– imputa a grandeza del hombre haber “extraído de la concupiscencia un orden tan bello”; y que además nos recuerda que “el hombre no es ni un ángel ni una bestia”, y que cuando se las da de ángel, termina haciendo animaladas.
LO QUE NO DEBEMOS OLVIDAR
Pero lo más probable es que nuestro interlocutor pretende sencillamente que el gobierno legisle o de otro modo intervenga para corregir la fisonomía que el devenir histórico ha ido confiriendo al orden económico.
En ese caso no pretenderemos disuadirlo de manera general. El orden económico presupone el estado y el derecho; por ende, cierta intervención del poder público es, más aún que compatible con el orden espontáneo, esencialmente inherente a él. Este, por otra parte, participa de las imperfecciones de toda obra humana, y sería vano pretender que ningún acto de intervención del poder político podría mejorarlo. El propio Smith por cierto nunca pretendió semejante cosa.
En este contexto las advertencias dictadas por la experiencia, llamadas a atemperar el celo reformista del proponente, no suelen requerir mayor estímulo para brotar en caudaloso torrente. El otorgamiento de nuevas facultades a la autoridad aumenta su poder; el poder corrompe y con su intensidad crece su poder corruptor. ¿Quién restringirá a los detentadores de poder absoluto?. La creciente necesidad de constreñirlos coincidirá con la progresiva dificultad de limitar sus facultades. El socialismo no es otra cosa que las últimas consecuencias de incrementar el poder de los gobernantes. Y dondequiera que vemos al socialismo instalado en el sitial del poder absoluto, vemos al mismo tiempo levantarse las alambradas de púas, e instalarse las ametralladoras, para evitar que los trabajadores se evadan en masa del paraíso que se procura edificarles. Y, sin llegar hasta allí, la historia de nuestros países iberoamericanos está llena de ejemplos de hasta dónde grados intermedios de intervencionismo estatal pueden llevar la frustración de los pueblos e incrementar su desventura.
Pero no es a propósito de este gran tema de nuestro tiempo que debemos extendernos al recordar el bisecular descubrimiento del Dr. Smith. La nota con que queremos cerrar este artículo le concierne directamente.
A partir de la Riqueza de las Naciones no es ya lícito al gobernante internarse en el territorio de la política económica con el corazón ligero que animaba al príncipe del período mercantilista. En aquella época el estadista podía sentirse el Atlas sobre cuyas esforzadas espaldas reposaba el orden social que aseguraba a sus súbditos el cotidiano sustento. A partir de Smith el gobernante debe saberse, en ese ámbito, un Atlas eminentemente superfluo, cuya tozuda persistencia en querer cargar con el mundo a cuestas suele ocasionarle a este tifones y terremotos. El gobernante puede aún acercarse al sistema económico, pero deberá hacerlo con el reconocimiento debido a la existencia autónoma del orden que allí reina. Y si es forzoso que intervenga, para corregir alguna malformación de aquel organismo, debe hacerlo con el mismo cuidado con que el cirujano concibe su tarea. Con reverencia, diríamos, si no fuera demasiado pedir, ante un ser irremplazable, que vive y crea por sí mismo, y que, con ser rústico ante el mal trato, no es indestructible.
Se han cumplido ya doscientos años de este mensaje del Dr. Smith. ¿No sería hora que los políticos comenzaran a dar señales de alguna comprensión, de algún acatamiento?