Empezamos el año 1976 anunciando que en su transcurso nos ocuparíamos de dos bicentenarios ilustres, próximos entonces a celebrarse. Respecto del de la Riqueza de las Naciones, cumplimos en la medida de nuestras fuerzas. Acerca del de la independencia de los EE. UU., recién ahora, pisando ya el pretil de 1976, y prestos a caernos en el año nuevo, es que vamos a intentar descargar, en alguna parte al menos, nuestro compromiso. ¿El motivo de esta dualidad de criterios? Seamos sinceros: el segundo tema nos infunde grande temor.
Más precisamente: el segundo tema nos parece insondable. No sabríamos como tratarlo sin resultar, en relación a sus dimensiones, superficiales y estrechos. Pero el desafío está ahí delante, y el compromiso, libremente asumido, no nos da tregua. No podemos dejar de preguntarnos, al menos, junto a nuestros lectores: ¿Qué nos dicen esos doscientos años de los EE. UU.? Para hombres que aman la libertad, ¿qué revela el pasado norteamericano? Y su presente, ¿qué nos anuncia?
DOS ANIVERSARIOS CONEXOS
Tal vez nos ayude a entrar en tema el recorrer primero un terreno más familiar. El surgimiento de los EE. UU. a la vida independiente posee sin duda, frente a la aparición de la obra máxima de Adam Smith, más vínculos que el de la mera simultaneidad.
Hay una cosa que se llama la altura de los tiempos. En ciertas épocas una cultura da de pronto signos de hallarse pronta a propiciar una particular clase de realizaciones, un cierto género de empresas, un determinado ejemplar humano capaz de llevarlas adelante. Y así, en esas coyunturas históricas, como en otras tantas mañanas de primavera, vemos los árboles, aquí, allá y acullá, cubiertos súbitamente de la misma clase de flores. Los tiempos, decimos entonces, habían alcanzado, en determinada dirección, una altura crítica.
A veces, y nos vamos acercando a nuestra concreta preocupación de hoy, la coincidencia de florecimientos culturales se desdobla en planos diferentes. Adam Smith nos describe y analiza un orden social espontáneo, cuya creatividad sugiere excelsa, con tal de que el soberano no la marchite con sus cuidados ni la coarte con sus arbitrariedades. Simultáneamente, los EE. UU. se lanzaban a una empresa colectiva que se constituiría en la ilustración tal vez más elocuente de aquella doctrina.
Hay un ejemplar humano que va con el esquema de la vida social que nos pinta Smith. Por amor de Dios, ¡no incurramos en confusiones! Ese hombre no el homo oeconomicus de las vulgarizaciones de la teoría económica clásica. Ese paradigna de egoísmo y de codicia no tiene nada que ver con la obra de Smith ni de ningún otro economista clásico digno de ese nombre. Todos ellos suponen que el hombre actúa racionalmente, es decir, que procura consistentemente para si la mayor felicidad posible, pero cualquier individuo puede perfectamente perseguir esa meta dando gratuitamente sus bienes a los pobres. Lo único que se requiere es que el hombre sea capaz de elección, y que esta sea racional. Para seguir el ejemplo: que opte por el reparto de su fortuna porque prefiere una situación en que él carezca de bienes y en su lugar los tengan otros que antes padecían miseria, a la situación previa, en que él concentraba en sus manos todas aquellas propiedades. Si el hombre actúa, en cambio, principalmente movido por agentes externos a sí mismo, como por ejemplo la obediencia a pautas de conducta tradicionales, o es meramente arbitrario o inconsciente en su comportamiento, entonces la sociedad formada por tales individuos será incapaz de funcionar sin una dirección central; o si esos individuos pueden de todos modos cooperar entre sí espontáneamente de manera eficaz, en todo caso la ciencia económica no tiene en esa hipótesis la clave del enigma.
Pero el comportamiento racional no es una característica de un tipo humano determinado. Meramente constituye un supuesto metodológico. Adoptado, la cooperación espontánea cobra sentido; suprimido, nada tiene pies ni cabeza en una sociedad exenta de dirección central. Ahora bien, sí existe un tipo humano que podemos asociar al desarrollo exitoso de una sociedad libre. Y entre las cualidades de que lo vemos adornado, una se destaca: es un hombre que confía en sí mismo y no pide que otros vengan a resolverle los problemas; al contrario, lo que pide es que no interfieran con su esfuerzo, que lo dejen trabajar en paz. Si en una sociedad predomina el tipo que demanda la protección ajena, es cosa segura que alguien va a ofrecérsela, a cambio de sus libertades.
Los EE. UU. produjeron generosamente la clase de individuo a que nos referíamos, independiente y lleno de confianza en sí mismo. Tal vez ello empiece a explicarse por las peculiaridades que exhibe la colonización del norte del continente americano.
Parte de los colonizadores de aquellos territorios eran disidentes religiosos, que habían emigrado de Gran Bretaña en procura de libertad para su culto. He ahí sin duda un grupo humano poco dispuesto a pedir protección económica a la autoridad gubernamental, la misma cuya opresión en otros órdenes les había determinado a alejarse de sus hogares y enfrentar los azares de la vida en tierras desconocidas y agrestes.
Pero aún los colonos que habían cruzado el océano por motivaciones predominantemente económicas nos muestran una singular independencia respecto del poder de la metrópoli. Durante el dominio de la corona británica, les vemos ejercitando sus derechos ciudadanos y autogobernándose con un grado tal de autonomía, que cuando se suscita el conflicto que habrá de determinar su secesión de la corona inglesa, la jurisdicción del Parlamento metropolitano en el territorio colonial aparece como una cuestión indecisa y polémica.
¿Puede soñarse algo semejante a propósito de la América hispánica? Probablemente, el lector ha visitado nuestra fortaleza de Santa Teresa. Y tal vez recuerde un recio cofre colonial que se exhibe en una de sus salas. Y quizás aún recuerde el texto de una Real Orden, que se expone cerca de la caja fuerte, una Real Orden dada, si la memoria no nos traiciona, por Felipe II, donde se imparten detalladas instrucciones acerca de la forma en que debían construirse las arcas y cajas de hierro en el Nuevo Mundo. A este grado de regimentación de la vida colonial por el poder de la metrópoli se llegaba en esta América austral. Leyendo aquella Real Orden, llegó el autor de este artículo, cierto día de vacaciones, a la conclusión –apresurada tal vez pero sin duda no totalmente exenta de fundamento– de que la colonización de nuestras tierras había sido una gran empresa dirigida centralmente, una empresa, diríamos hoy, socialista. La colonización de la América septentrional estuvo, en cambio, desde un principio claramente situada bajo el signo de la empresa privada.
Cuando el Parlamento británico decide aplicar a las colonias americanas un impuesto, aquellas se encrespan, y el grito que las une en la defensa de lo que sienten su derecho violado es uno de los viejos principios de las libertades ciudadanas frente al poder del estado: ¡Ningún impuesto sin representación! Y cuando esas mismas colonias declaran, hace doscientos años, su independencia nacional, sientan una doctrina muy clara: los hombres poseen derechos naturales e inalienables, y el gobierno que los agrede se torna ilegítimo y puede ser resistido con las armas. Esa doctrina, también eso es claro, no se aplica sólo al gobierno de la metrópoli, sino igualmente al que va a darse el nuevo estado y a todos los que hayan de sucederlo. Y he aquí un hecho que se recomienda sólo a la reflexión de los iberoamericanos. Este estado que surge a la vida autónoma anunciando la posible insurrección ciudadana, mantiene inalterable la sucesión de los gobiernos conforme al derecho. Mientras que al sur de sus fronteras, una teoría del estado que postula su bondad esencial, y torna extraña por tanto la actitud ciudadana de desconfianza frente a su poder, y de alerta permanente para defenderse de sus excesos, se convierte en un verdadero caldo de cultivo de insurrecciones, golpes de estado, y otras interrupciones del orden constitucional.
Otro rasgo característico de la colonización del norte no posee, como los que acabamos de examinar, origen cultural, sino geográfico. Pero sus efectos, a través de la geografía, también son de naturaleza cultural, y también apuntan en el sentido de la independencia frente al poder estatal, y del desarrollo de un ejemplar humano provisto de un alto grado de confianza en sí mismo. Nos referimos a la frontera, virgen y perpetuamente móvil –la frontera en el sentido que allí se da al vocablo, de límites de la civilización– cuyo retroceso secular no cesaría de descomprimir las presiones demográficas y de hacer germinar ubérrimamente las oportunidades para el individuo dispuesto a desdeñar la protección de la comunidad sólidamente establecida. Allí, sobre esa frontera móvil, la presencia del estado sería siempre tenue. Mucho más tenue, dicho sea de paso, que la del derecho, concepto éste sobre cuyas diferencias con aquel –pace Hans Kelsen– la historia del Far West no deja de proporcionarnos ilustraciones.
Este ambiente del nuevo estado, como decíamos, proporcionaba la atmósfera justa en que podía prosperar el orden espontáneo que Adam Smith había descubierto bajo la costra de intervencionismo mercantilista que dominaba la escena europea en el siglo XVIII. Y así fue que prosperó, efectivamente, y de manera portentosa. En 1776 las trece colonias formaban un pequeño país con una población del orden de la que hoy contiene el Uruguay, apenas encaramada sobre el borde atlántico del actual territorio de los EE. UU. En un siglo aquel diminuto país se había transformado en una de las mayores potencias económicas del mundo. Medio siglo más, y lo vemos ya indubitablemente instalado en el mismo centro de la economía internacional. La industria más poderosa, la agricultura más productiva, y las finanzas más influyentes, son por igual las suyas.
¿Cuál es el secreto de este éxito prodigioso? ¿Qué es lo que ha atraído hacia el nuevo país la corriente migratoria más caudalosa de la historia? ¿Qué es lo que lo ha convertido, antes de ser el principal inversor internacional, en el mayor receptor de capital extranjero del mundo?
Antes de ofrecer nuestra respuesta, debemos detenernos un instante para enfrentar una explicación rival: la teoría demonológica de la prosperidad norteamericana.
UNA FALSEDAD MANIFIESTA
La profecía marxista de la pauperización creciente de los obreros fue refutada, antes que en ningún otro sitio, en los EE. UU. Allí se volvía cada vez más evidente que el capitalismo no sólo no conducía a un grado progresivo de miseria para los trabajadores, sino que estos podían acceder a niveles de vida nunca antes imaginados. Los marxistas logran salvar su doctrina de la ruina total a la que los hechos parecían destinarla con una tesis cuyas groseras fallas en materia económica quedaban neutralizadas por sus notables virtudes en materia psicológica: la teoría según la cual la prodigiosa riqueza de los EE. UU. provenía de la explotación de los países menos desarrollados.
Los orígenes inmediatos de esta teoría se encuentran en un libro de Lenin –El imperialismo, última etapa del capitalismo– obra extremadamente descuidada, apresuradamente compaginada en 1916 para llenar las necesidades de la militancia cotidiana, en la que apenas se atribuye a EE. UU. un papel insignificante, sin duda en razón de la información predominante europea, y sobre todo alemana, de que disponía el autor. De esos orígenes solamente se conserva la cáscara terminológica y estilista. La sustancia ha sido totalmente reelaborada, otorgándose un papel básico a la teoría de los términos del intercambio, una vieja posición mercantilista que afirmaba que los países industrializados explotaban a los productores de materias primas. La teoría alcanzó un éxito notable, en su doble propósito de explicar la opulencia de unos y la pobreza de otros por una misma causa –una transferencia o succión ilegítima de riqueza–. Tan grande ha sido ese éxito, que los dirigentes soviéticos, que no se han enterado de las obligaciones que les impone la détente –las mismas que movieron al Presidente Ford para no recibir a Solyeñitsyn– invariablemente se refieren a los norteamericanos llamándoles “los imperialistas”.
La teoría reconoce orígenes más distantes en la tesis mercantilista que defendía las ventajas para un país industrializado de contar con un imperio colonial. Es interesante en este contexto que esa tesis fue frontalmente contradicha y refutada por Adam Smith. Este adujo plausiblemente que el costo de mantener y desarrollar las posesiones coloniales superaba siempre los beneficios que recogía la metrópoli. Lo que no implicaba por cierto que no hubiese intereses sectoriales considerablemente beneficiados con las colonias –intereses por lo general compactos, bien organizados, de esos que habitualmente consiguen promover y preservar las medidas intervencionistas, frente a los intereses vastamente mayoritarios pero desarticulados y difusos, como el de los consumidores en general, o el de los contribuyentes en general, los sacrificados de siempre.
Los ejemplos históricos apuntan todos en la dirección de que el imperio colonial es un pasivo en el balance de una nación. De lo contrario, si fuera el activo altamente redituable que muchos pretenden, deberíamos esperar que la historia nos mostrara una España floreciente después de la Conquista, una Bélgica empobrecida después de la pérdida del Congo, un Portugal opulento y una Suiza menesterosa. Y, por supuesto, la experiencia no muestra nada semejante.
Pero nunca es más patente la falsedad de esa tesis que a propósito de los EE. UU.. La importancia relativa de la economía interna en aquel país es tan grande –la producción y el comercio internos son tan desproporcionadamente grandes frente al comercio exterior, y el capital invertido en el interior es tanto mayor que el colocado fuera– que para atribuir a la explotación del resto del mundo la prosperidad de los EE. UU. Hace falta contraer esa clase de ceguera que dicen que es la peor la del que se rehusa a ver.
¿De modo que eso del imperialismo yanqui –tal vez se pregunte algún lector, –eso de que hemos oído hablar tanto y tanto se niega totalmente? ¿No habrá en la tesis unos granitos al menos de verdad? Porque cuando el río suena…
Precisemos nuestro pensamiento. No negamos que los EE. UU. desempeñan un papel imperial. Negamos que deriven de él un rédito económico positivo; al contrario, creemos que les reporta un ingente costo neto en términos de recursos y, sobre todo, de vidas humanas. Negamos que hayan buscado ese papel y lo ejerzan por vocación. Por cierto los EE. UU. se sienten llamados a preservar un orden internacional, en el que sienten comprometidos sus intereses vitales, y que éstos se extienden hasta muy lejos de sus fronteras. En ello reconocemos la potencia imperial. Pero hace falta la clase de ceguera de que recién hablamos para no advertir que la vocación de los EE. UU. se vuelca decididamente sobre su propio territorio, que sólo salen de él a contre coeur, y que estos imperialistas reluctantes no pasan nunca, explicablemente, de ser unos imperialistas muy mediocres. Llegada la coyuntura histórica actual, con la notable expansión del poder comunista, esta actitud de los norteamericanos plantea al resto del mundo un problema diametralmente opuesto al que los marxistas pretenden.
EL SECRETO DEL EXITO
¿Cómo explicar lo que pensamos acerca de la razón del maravilloso progreso material alcanzado por EE. UU.? Una manera de decirlo, que nos parece iluminante, consiste en señalar que el desarrollo económico norteamericano nunca podría haber sido planificado. La historia económica de los EE. UU. no cesa nunca de sorprendernos. A cada paso vemos que su proceso de expansión material toma direcciones inesperadas, sentidos que nos asombran. Esto es algo que una economía planificada, por definición, nunca puede hacer. Las realizaciones de una economía planificada, antes que en los hechos, deben hallarse en el plan. Y por supuesto, antes aún en la mente de los planificadores. La creatividad de una economía planificada tiene los mismos límites que la imaginación combinada de un comité de burócratas. Como decíamos, una forma de expresar lo que caracteriza el proceso de desarrollo de la economía norteamericana consiste en señalar que ella ha estado desde sus orígenes estupendamente libre de ese género de restricciones, libre para manifestar una originalidad y una imaginación que incesantemente desbordan nuestra capacidad de prever.
Pongamos un ejemplo. Tal vez no supiera el lector que los EE. UU. exportaron hielo a la India en el siglo XVIII. No, no nos equivocamos, en el siglo XVIII, antes que la técnica de la refrigeración emitiese sus primeros balbuceos. Algunos empresarios de Nueva Inglaterra idearon métodos para cortar en invierno el hielo de sus numerosos lagos, en formas que permitiesen su almacenaje, y a la vez pensaron en utilizar el aserrín, un desperdicio de la intensa actividad maderera de la zona, como material aislante. El corte del hielo lo hacían con caballos que impulsaban sistemas de cuchillas, en direcciones recíprocamente perpendiculares, sobre las blancas superficies heladas. El primer mercado en que colocaron su producto fue el de los estados del sur, pero antes de mucho un navío zarpó de Nueva Inglaterra llevando en sus bodegas grandes cubos de hielo, estibados con una capa aislante de aserrín, y puso rumbo a Calcuta. Una corriente comercial que fue prolongada y provechosa se iniciaba de esa manera.
David Ricardo enseñaría años más tarde que cada país exporta (si los gobiernos no coartan las fuerzas del mercado) aquellos bienes para cuya producción cuenta con una ventaja comparativa. Nueva Inglaterra poseía lagos que se helaban y una industria maderera. ¿Alguien está dispuesto a sostener que estos elementos abarcan la ventaja comparativa de la zona para la exportación de hielo a Calcuta? ¿No la encontramos más bien en la inspiración empresarial que supo combinar masas lacustres congeladas, aserrín barato y el tórrido clima del subcontinente indio en la concepción de un negocio provechoso?
Todos hemos oído hablar de Thomas Edison, de Graham Bell y de Henry Ford, y de muchas otras personalidades que encarnan egregiamente la figura del empresario schumpeteriano, esencialmente innovador; pero las realizaciones de la economía norteamericana no pueden reducirse a historias individuales. Su historia tiene indudablemente un protagonista colectivo. Es el pueblo norteamericano el que se expresa fundamentalmente a través de ella, y la marca con el sello de su inconfudible originalidad, de su vitalidad arrolladora.
Pero, ¿quién es el pueblo norteamericano? ¿De dónde ha salido? ¿De qué fuentes extrae su peculiar creatividad? ¿No proviene acaso de los orígenes más diversos, sin que ellos acierten a dar razón de sus rasgos definitorios? ¿No será acaso que lo que la historia de los EE. UU. no está diciendo es que así es el hombre occidental, sin importar su concreto linaje, cuando se le deja obrar en libertad, cuando su espontaneidad puede manifestarse sin las cortapisas habituales?
PRESENTE PROBLEMATICO
El perfil que tan nítidamente vemos destacarse en la historia norteamericana no lo discernimos –fuerza es que lo admitamos– en el presente de aquel país con igual claridad.
No es que la economía haya cambiado sus características esenciales. Sigue conservando su extraordinaria pujanza y su originalidad distintiva. Pero el ejemplar humano que le había infundido sus cualidades fundamentales, a quien a su vez habíamos visto caracterizarse por su confianza en sí mismo, parece haber dejado su lugar a un espécimen diferente.
Parece inequívoco que el homo americanus ha experimentado alguna suerte de mutación, que le inclina hoy a esperar la realización de sus ideales mucho más del gobierno, y mucho menos de su propio esfuerzo, que antes.
Sus ideales, además, parecen tener hoy un componente de igualitarismo mayor que en el pasado, y lo que ya es grave, el ansia de igualdad lo obsesiona al punto de hacerle olvidar la libertad.
Un ejemplo: Hillsdale College es una pequeña universidad privada, situada en la población del estado de Michigan que le da su nombre, dedicada al cultivo de dos valores fundamentales: la excelencia académica y la independencia frente al poder estatal. Como es usual y natural en los EE. UU. su cuerpo docente cuenta con varios profesores de raza negra. Y como es invariable en Hillsdale College, todos ellos poseen una elevada calificación profesional. Ahora bien, la proporción de profesores negros en el cuerpo docente de Hillsdale College no alcanzaba a la proporción mínima exigida por las normas de HEW (“Health, Education, Welfare”, o sea “Salud, Educación, Bienestar” la agencia del gobierno federal encargada, “inter alia”, de compensar añejas desventajas con flamantes privilegios), y HEW creyó del caso intimar a Hillsdale College para que contratase más profesores de color. La universidad, por su parte, que se cuida mucho de no recibir nunca ningún subsidio estatal, pensó que aquel era la clase de momentos en que podía cosechar las ventajas de su independencia financiera, y respondió a HEW, en términos que por corteses no dejaban de ser claros, que no se metiese en sus asuntos. La etapa siguiente tenía reservada una sorpresa para Hillsdale College. A los burócratas de HEW, como a sus congéneres del mundo entero, no les gusta perder. Hillsdale College no percibe ningún subsidio del gobierno, pero buen número de sus estudiantes, sobre todo veteranos de guerra, sí los perciben. HEW dispuso que ningún estudiante podría en adelante financiar con fondos del gobierno su concurrencia a la universidad rebelde. Bajo el pretexto de contribuir a la igualdad racial, de tal manera se consumaba una verdadera extorsión legal.
En el siglo XIX algunos observadores europeos, entre ellos, notablemente, Alexis de Tocqueville, se admiraron del delicado equilibrio logrado en los EE. UU. en relación a la igualdad y la libertad. Hoy ese equilibrio parece haberse roto en beneficio del primer valor.
Una sociedad que esté de tal manera regimentada y constreñida, ¿cuánto tiempo podrá mantener su lozanía? Los norteamericanos deberían repasar con gran atención la historia de Roma. El hecho de que la trayectoria de su decadencia haya pasado por una fase de intensa burocratización debería convertírseles en tema de frecuente reflexión.
El historiador británico Max Beloff ha dicho que los imperios no caen por obra de los bárbaros que marchan sobre sus fronteras, sino por la falta de fe en sus propios valores. En los EE UU. nada parece hoy tan imperiosamente necesario como un examen atento del pasado, en busca de cuales sean esos valores esenciales, cuyo olvido podría serles fatal. Si la interpretación que aquí se ha esbozado está en lo cierto, y lo que nosotros leemos en el pasado norteamericano es lo que el realmente nos dice, su presente y futuro inmediato se divisan como intensamente problemáticos.