La Verdadera Pregunta

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Los autores especializados en el tema del desarrollo económico suelen preguntarse: ¿cómo se explica que algunos países hayan quedado al margen del progreso material que han alcanzado las grandes potencias industriales? Y van respondiendo, cada uno a su manera. Para Rostow el secreto está en alcanzar una velocidad de despegue, un problema semejantes al decolaje de una aeronave. Para Prebisch el rezago de los países de producción primaria se debe a que reciben cada vez menos recursos bajo la forma de productos Industriales a cambio de los que entregan bajo la forma de alimentos y materias primas. Para los seguidores de Lenin, la explotación de los pueblos atrasados por el capitalismo en su etapa final –un último recurso desesperado, antes de precipitarse en la nada histórica– es la clave de la desigualdad.

Son extrañas maneras de plantear la cuestión. Parte de la base de que la prosperidad y el desahogo económico representan lo natural en la historia de la humanidad, y la pobreza constituye lo extrañamente anormal. Pero eso es lo opuesto de la verdad.

Si los homínidos –antropoides erguidos que sabían encender el fuego– cuentan un millón de años sobre la tierra, apenas hace seis mil que, aquí y allá, dejaron de vivir al día. Recién entonces unos pocos empezaron a dar cumplimiento al mandato bíblico de enseñorearse sobre todas las demás especies del planeta. Antes su vida, al decir de Hobbes, había sido grosera, brutal y corta.

Las primeras civilizaciones surgen en el cuarto milenio A.C. El hombre civilizado logra conquistar un leve margen sobre las urgencias de la supervivencia cotidiana, y entonces las flores de la cultura y la urbanidad empiezan a retoñar. Pero todas las civilizaciones, con una única excepción, chocan en su progreso material con un techo tecnológico. Las conquistas más sublimes del espíritu coexisten con una total Incapacidad para extender los beneficios del progreso más que a una pequeña élite. Hace apenas dos siglos que en Occidente, en medio aún de la miseria más atroz, se pone en marcha un proceso que en nuestros días será finalmente capaz, en un núcleo reducido de países, de vencer a la pobreza, y difundir a toda la población un elevado nivel de bienestar.

Si comparamos la trayectoria del hombre sobre el planeta a un viaje en ferrocarril de mil kilómetros, la civilización sólo se ha subido al tren faltando seis para el destino –en la última estación, ya dentro de la ciudad, como quien dice– y el progreso material sin tope visible que hoy presenciamos se trepó al convoy apenas en los últimos doscientos metros, ya dentro de la estación terminal.

¿Y nos sorprendemos de que todos los grupos humanos no participen de unos logros tan singulares? Lo oportuno, ¿no será acaso inquirir qué cosa tan heteróclita hizo al hombre en algunos Instantes maravillosos de la historia para saltar fuera de la barbarie? ¿Y qué secreto no menos estupefaciente permitió a un hombre civilizado en particular, al hombre occidental, romper la barrera tecnológica, y enseñorearse cabalmente da la Tierra? ¿No será más bien en el estudio paciente y minucioso de estos secretos donde podremos encontrar la clave que abra el camino de la prosperidad para los pueblos a los que aún permanece vedada?

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En cuanto la primera Incógnita –¿cómo surgió la civilización?– podemos dejar que Arnold Toynbee conduzca nuestros pasos. Para Toynbee la maravillosa llama de la civilización se enciende por un proceso de desafío y respuesta. ¿Por qué sí en medio de las arideces andinas y no en la fertilidad portentosa de la Pampa húmeda? ¿Por qué si en el desierto, a ambas márgenes del Nilo, o entre el Eúfrates y el Tigris, y no en las verdes riberas de la Dordogne? Toynbee nos propone esta respuesta: Porque las altiplanicies y laderas de la gran cordillera planteaban un género de dificultad, ausente en el suave verdor de la Pampa, y sin él, sin ese aporte de aspereza, la chispa capaz de encender la llama no podía saltar; así como tampoco podía hacerlo en la dulzura del Mediodía francés, y si donde el gran río desafiaba a diario al austero habitante del desierto, siempre con el mismo enigma: si supieras mi secreto, yo cambiaría tu polvorienta llanura en un vergel.

El economista no puede sino encontrar fascinante la clase de respuesta que, bajo esta perspectiva, se divisa como el origen de las civilizaciones mesoorientales, las más antiguas de la historia. La respuesta al desafío de los hombres de Egipto y de la Mesopotamia fue, en efecto. ni más ni menos, un programa de inversión pública. La domesticación del río requería un género de inversión económicamente inaccesible, no sólo al cultivador individual, sino tampoco a la aldea, ni a un esfuerzo cooperativo de la región. Era una inversión, diríamos hoy, que sólo sería rentable en gran escala. El secreto del gran rio consistía en que había que movilizar los recursos de todo un gran pueblo, a través de la formación de un estado.

Las civilizaciones que brotaron de esta peculiar fricción del desafío y la respuesta se desarrollaron en torno al palacio y al templo; como quien dice, en torno a la casa de gobierno y a la oficina de planificación (no olvidar que los sacerdotes eran los tecnólogos y planificadores o viceversa). Fue necesario, para dar cohesión política a un pueblo numeroso, deidificar al nuevo ente que se constituía, el estado, en la persona del emperador. Esta deidificación del estado, como todas las que se verificaron desde entonces. tuvo el efecto de anular al individuo. Los poderes creativos de la comunidad y su capacidad de manejar información quedó librada a las fuerzas de un grupúsculo dirigente. Y una vez agotados los frutos de la gran empresa original, el crecimiento económico perdió impulso y se estancó.

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Tal vez la lección que nos ofrezcan las primeras civilizaciones, desde el punto de vista de la teoría del desarrollo, consista en señalar el error básico que encierra la idea de ayuda económica. La ayuda económica procura resolver las dificultades Iniciales del desarrollo, sobre la base de que más tarde –cuando se haya alcanzado la velocidad de despegue rostoviana– todo será coser y cantar. Traspuesta al valle del Nilo Inferior, hace seis milenios, esta concepción habría conducido a planificarles y financiarles a los habitantes de la región un programa, de irrigación y control de Inundaciones. Y en matar la civilización egipcia en el capullo.

Más interesante aún es la segunda de las cuestiones planteadas al principio. ¿Cómo hizo uno de los hombres civilizados, el hombre occidental, para romper la barrera tecnológica que había acotado estrechamente la capacidad de progreso de todos sus antecesores? Para responder es preciso inquirir cómo hizo Occidente para preservar la autonomía del individuo, y escapar así al destino de estancamiento que había signado la evolución de todas las sociedades humanas. Para ello es preciso rastrear el aporte helénico en el plano intelectual, y el aporte hebreo en el plano moral, fundidos en el cristianismo, y su concepto novísimo de libertad. Pero ese ya es el tema de otro artículo.

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