Alsogaray: plan y polémica

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Las grandes crisis tienen su utilidad. Ella reside en volver factible lo que previamente era inimaginable, de tal manera posibilitar soluciones previamente inalcanzables. Si en junio de 1948 la inflación no hubiese sido tan grave en Alemania, y la reducción del nivel de actividad económica tan drástica, la reforma Erhard —eliminación de todos los controles de precios de la noche del domingo a la mañana del lunes— habría sido impracticable y el milagro alemán no habría llegado a nacer. Si en el Uruguay el desequilibrio de pagos en 1974 no hubiese resultado tan desesperante —con la multiplicación del precio del petróleo por 4 y la división del precio de la carne por 4— la eliminación del control de cambios habría sido impensable, y el estancamiento de nuestra economía habría continuado.

De manera en cierto modo análoga, la profundidad de la crisis económica argentina ha permitido que el revolucionario plan económico que Alvaro Alsogaray ha presentado al Presidente Viola se haya apoderado del centro de la atención ciudadana en la Argentina, cuando en otro momento se lo habría descartado, in limine litis, por utópico.

El plan es revolucionario, ante todo, porque hace explícita la opción en que se basa por una economía de mercado, y el consiguiente rechazo del colectivismo, que asocia con el primer régimen peronista (1945-55) y de la economía mixta, dirigida e intervenida, que identifica con todas las otras experiencias de política económica en la historia reciente argentina, incluso por supuesto el gobierno de Martínez de Hoz.

Es revolucionario además por incluir entre sus instrumentos la privatización o liquidación de un gran conjunto de empresas estatales, en el que se incluyen, entre muchas otras, Aerolíneas Argentinas, Correos y Telégrafos, Entel, Ferrocarriles Argentinos, Gas del Estado, YPF, Junta Nacional de Granos, Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires, CAP, Altos Hornos Zapla, Flota Fluvial del Estado Argentino, TELAM y SIDINSA. Mediante la extirpación quirúrgica de las adiposidades verdaderamente porcellanas del estado argentino, el Plan enfrenta el problema del grave desbalance fiscal, y procura sentar así los fundamentos de lo que llama una verdadera moneda.

Entre las voces críticas se han hecho oír, no sólo las del periodismo y el desarrollismo, sino también otras emanadas de tiendas menos distantes. Así por ejemplo, Juan Alemann, que fue Secretario de Hacienda de Martínez de Hoz, señala que lo que hay que hacer es decir cómo privatizar y enrostra a Alsogaray falta de practicidad e inconsistencias variadas (Ambito Financiero, setiembre 16). El Dr. Alemann ha escrito una serie de artículos sobre la reducción del gasto público en la Argentina, y debe ser considerado un experto en las dificultades que traban la ruta hacia ese objetivo, y en particular su tramo clave, la privatización del elefantiásico sector de empresas públicas. Pero el Dr. Alemann parece haber omitido percibir que el plan Alsogaray dice en efecto cómo privatizar. Propone hacerlo rápidamente y en gran escala, y ese método —es efectivamente un método— probablemente constituya el único viable hacia aquella meta.

Otros comentaristas han circunscrito sus objeciones a aspectos parciales, en los cuales el Plan Alsogaray parece hallarse en efecto necesitado de retoques. Uno de ellos concierne la política cambiaria. El capítulo de resumen y conclusiones, que es la parte del Plan que se ha difundido, dice apenas que se ajustará, a los niveles y por el método que resulte más conveniente, la paridad cambiaria, lo cual ciertamente no es mucho decir. Implícitamente, sin embargo, se opta por la flotación limpia, ya que se prevé una política de dinero activo, en la que se encomienda al Banco Central la tarea mucho más que herculea de ajustar la oferta monetaria a la demanda de saldos reales de caja.

Pero éstos son detalles. Lo que cuenta son los aspectos revolucionarios del Plan que ya destacamos, su apelación al necesario recurso a un grupo de hombres de firme carácter, imbuidos de una verdadera mística de privatización..., supresión de regulaciones inútiles y onerosas, y desmantelamiento de la maraña burocrática..., y la convicción le presta soporte, en el sentido de que el sector privado generará el impulso, y suministrará el capital, para poner a la Argentina en una posición condigna con su fabuloso potencial económico, apenas el sector público se atenga a sus funciones, y las cumpla correctamente.

Por encima de todo, es el valor de Alsogaray para llamar las cosas por su nombre y no dejarse amedrentar por monstruos sagrados lo que merece mayor énfasis. El economista argentino Leonardo Anidjar ha destacado acertadamente esta faceta del Plan al afirmar (Ambito Financiero, setiembre 16):

Se trata de un documento audaz porque ha incluido una cantidad de empresas que en la mitología argentina forman parte de los tabúes en cuanto a privatización. En ese sentido el documento muestra gran coraje y constituye un fuerte impacto sobre la opinión pública.

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