Las declaraciones del Ministro Arismendi a BUSQUEDA nos causaron una profunda impresión. Nos referimos en particular al anuncio de que se alteraría de manera significativa el programa de reducción arancelaria en función del tiempo político.
De esas declaraciones se desprende que el régimen se ve a sí mismo rindiendo examen frente a la ciudadanía en noviembre de 1984 y dispuesto a obtener buenas calificaciones. Un programa útil para el país, pero al que el tiempo electoral encontrase en una etapa ingrata a los fines de su evaluación, sería atenuado o abandonado.
Ya sabemos cómo solía conjugarse el tiempo político en los viejos tiempos. Era algo así: nosotros gastamos, vosotros votáis, ella (la República) se fastidia. El temor nos asalta: el déficit fiscal que ha hecho irrupción en nuestras finanzas públicas, ¿no tendrá que ver con la conjugación de este tiempo tremendamente imperfecto?
El gasto representa la voz activa del tiempo político. La voz pasiva deben representarla las reformas que se postergan, sabiéndoselas conformes al interés nacional. Ya hemos recibido la noticia respecto de la rebaja arancelaria, pero eso no es todo. Hace años venimos esperando que le toque el turno a las empresas estatales. Aunque muchos uruguayos no coincidirían con nosotros acerca de la reforma conveniente en este campo, creemos que sean muchos menos aún los que no piensen que se requiere en él una reforma en profundidad. Y si ya nos hallamos prisioneros del tiempo político, si él nos condena a la pasividad en éste y otros aspectos estructurales decisivos, ¿cómo podremos superar nuestras graves dificultades?
La república romana tenía prevista en su constitución dos regímenes de emergencia, uno de los cuales se llamaba dictadura rei gerenda causa —dictadura para hacer las cosas— que podría definirse como una transitoria extracción del estado romano fuera del tiempo político. La cosa pública se ponía temporalmente en manos de magistrados de excepción, que actuaban insensibles a las consideraciones que coartaban la ejecutividad de los magistrados ordinarios. Nuestra Constitución es parca en la previsión de regímenes de emergencia, pero la dinámica ineluctable de los hechos nos colocó en uno de todos modos. Por imperativo histórico, este tiene que ser un régimen rei gerenda causa. No creemos que él vaya a alcanzar justificación ante el Tribunal de la historia exhibiendo un pronunciamiento electoral favorable en noviembre del '84.
Más aún, creemos que la pretensión de legitimidad del régimen que nos gobierna tiene inevitablemente que basarse en un ethos de servicio a la República que admita impopularidades transitorias como riesgo natural del compromiso asumido por sus hombres. El ethos político, compulsivamente volcado a cortejar la aprobación popular, debería serle enteramente extraño.
Este es nuestro principal enfoque, que consideramos autosuficiente. No queremos sin embargo callar algunas apreciaciones adicionales.
Con su estructura actual, la economía uruguaya carece de dinamismo propio y se halla excesivamente vinculada a la economía argentina. El grado de apertura comercial es insuficiente para aprovechar una gran expansión del comercio mundial como la que puede comenzar en 1982, si la economía argentina permanece deprimida. Si la economía argentina tiene una expansión fuerte, podemos tener otro año desestabilizador como 1979, y otra contracción superviniente. En todas estas vicisitudes eventuales, como en las que hemos vivido y estamos viviendo, la ineficiencia y el peso bruto del sector público nos quitan capacidad de reacción y de maniobra.
En una palabra, el horizonte está plagado de eventualidades capaces de desestabilizar nuestros planes, según una cronología que, desde el punto de vista del tiempo político, podría resultar inoportuna.
Contemporáneamente, en los EE.UU. Reagan conjuga el tiempo político en voz activa. En este momento asume deliberadamente el riesgo de impopularidad. Pero confía que haciendo lo que su país necesita —una tremenda deflación del sector público— recuperará a tiempo el apoyo del electorado. El horizonte cronológico que enfrenta no le luce demasiado estrecho. Fecha de la próxima elección presidencial en los EE.UU.: noviembre de 1984.