Se ha organizado privadamente, con centro en Londres, un programa de envíos postales de alimentos a Polonia. El gobierno polaco ha liberado de derechos de aduana los paquetes que se reciban por ese concepto.
Como en Cuba y Cambodia, el socialismo en Polonia ha terminado significando, sencilla y brutalmente, hambre. En ningún lugar ha alcanzado ese sistema éxito económico. Más concretamente, ningún país entre los que han colectivizado sus medios de producción ha logrado dar un nivel de vida decoroso a su población. Las colas, el mercado negro, y las carencias endémicas y epidémicas son algunos de sus rasgos característicos. En todos ellos la política migratoria está simbolizada por el muro o la alambrada de púas, y por guardias fronterizos que enfilan sus armas hacia adentro, no hacia el exterior.
A veces las cosas van peor aún. Puede ser por la insanía de un Pol Pot o de un Fidel Castro, pero la locura de los jefes no es la única fuente de privaciones críticas en el mundo socialista. En Polonia el desastre vino por las decisiones de un gobierno considerado liberal, que creyó promover la modernización del país tomando prestado en el circuito bancario occidental, e invirtiendo en maquinaria que supuestamente incorporaba la última tecnología occidental. Olvidaron un pequeño detalle: los precios, que habían permanecido constantes durante décadas, siguieron todos congelados. El resultado fue que la productividad del trabajo, pese a la inversión de miles de millones de dólares, no experimentó ninguna mejora, mientras el pago de los cargos financieros consiguientes limitaba drásticamente la capacidad de importación.
Es difícil para observadores distantes como nosotros decidir si el surgimiento en Polonia de un movimiento sindical independiente —ese escándalo de los escándalos para la mentalidad soviética— se explica mejor en función de la débacle económica o de la fuerza de la fe cristiana en el pueblo polaco, y el consiguiente fracaso del marxismo para enseñorearse de las conciencias, o aún de otras circunstancias. Pero una cosa nos parece clara: Solidaridad se inscribe dentro de un enfrentamiento dialéctico fundamental, que comporta la negación frontal del régimen, y es dentro de él no solo un cuerpo extraño, sino una auténtica semilla de destrucción.
En otras palabras, no creemos que los sindicatos independientes sean integrables dentro de la estructura del socialismo polaco. Los sindicatos reclaman mejoras que las autoridades no están en condiciones de conceder. Las propuestas de reformas que formulan, tal como la participación de los obreros en la dirección de las empresas, no son capaces de corregir la ineficiencia asignativa que está en la base del problema. Al mismo tiempo, las huelgas reducen aún más la disponibilidad de bienes y servicios para la comunidad en conjunto, lo que acentúa las tensiones, y multiplica los conflictos. El carácter explosivo de la dinámica en marcha resulta patente.
No tenemos ningún modelo que nos ayude a entrever cómo será la caída del socialismo y la liberación de los pueblos sometidos a su yugo. Marx dejó un libreto de la liquidación del capitalismo, que la experiencia histórica ha desmentido terminantemente, pero nadie ha escrito uno sobre el colapso socialista. El libro de Amalrik —La Unión Soviética, ¿sobrevivirá 1984?— ofrece en tal sentido menos de lo que su título promete.
En todo caso, no parece que el fin de la pesadilla esté próximo en Polonia. No podemos imaginar ninguna secuencia de acontecimientos que no contenga la entrada del ejército ruso una vez más en aquel desdichado país. Un imperio soviético cada vez más extendido, abarcando pueblos progresivamente más diversos y hostiles, forzando la militarización creciente de la sociedad, multiplicando ineficiencias, extendiendo al núcleo ruso el descontento de las masas periféricas, probablemente constituya en líneas generales el perfil de lo que vendrá. Pero seguramente el marxismo no desaparecerá de la faz de la tierra sin cobrar antes un terrible rescate de lágrimas y sangre.