Comprar a quien nos compra

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Antes teníamos que hacerlo. Queremos decir: cuando alguien quería vender algo, hace muchos años, no tenía más remedio que comprarle algo a su cliente. O si quería comprarle algo a otro, se veía forzado a venderle también a él alguna cosa. Luego alguien inventó el dinero y todo se simplificó sobremanera. En adelante cada cual podía vender lo que producía a quien se lo pagaba mejor, y comprar los artículos de su consumo a quien se los vendía más barato. ¡Gran progreso!

Pero nada en este pícaro mundo escapa al cuestionamiento de algún individuo, de algún grupo. Por evidente que sea. Hay aún quienes cuestionan la teoría de Colón, de que la tierra es redonda, y siguen protestando que es plana. Y hay quienes se aferran al lema comprar a quien nos compra, como ideal del intercambio.

Por supuesto, todos los nostálgicos de proposiciones obsoletas están motivados por alguna fuerza. La que suministra impulso a los fanáticos del trueque parece ser, como veremos pronto, la fascinación del poder.

Hay gente que ve desde lejos a otros afanarse en el mercado, comprando y vendiendo, y se duele de las tribulaciones que tal ajetreo parece conllevar, sobre todo en algunas épocas, para los actores del drama económico. Y querrían ayudar, aquellos distantes pero comprometidos observadores, a los actores que tienen más próximos, a los de su propio país, enzarzados en ímproba lucha comercial con hombres de todas las comarcas.

Y entonces, cuando tienen poder en las manos, proclaman con santa intención aquel comprar a quien nos compra, y se meten en el mercado, y se ponen a interferir en las transacciones que allí se llevan a cabo, impidiendo a los suyos que compren de quienes querrían comprar, si es que éstos no son a la vez compradores de la producción vernácula. Resultado: los destinatarios de tales auxilios encuentran la vida tan difícil como antes, excepto que ahora, encima de todo, tienen que pagar más caros sus aprovisionamientos.

Esto debería ser obvio para todos. Tan obvio, que uno tiene que hacerse particular cuestión de la razón que lleva a los observadores dotados de poder a proclamar una máxima claramente superada, e infligir a los destinatarios de su protección consecuencias indudablemente negativas. El secreto parece ser el que sigue.

Ejercer el poder es supremamente atractivo. La lucha multiforme para alcanzarlo y conservarlo, que cada día deja su cuota de pasión sobre la faz de la tierra, lo testimonia acabadamente. Pero ejercer el poder puede ser difícil. ¡Cuánto aprendiz de estadista lo ha averiguado con consternación el día siguiente de la toma del mando! Esos consejos de los asesores, que hacen referencia a la elasticidad de la demanda, al arbitraje de tasas de interés, a las transacciones en los mercados de futuros... podrían estar escritos en sánscrito y no serían menos comprensibles.

Por fortuna -o por desgracia, depende de cómo se mire- algunas cosas son fáciles.

El novel gobernante advierte alborozado que existen unas pocas palancas fáciles de manipular -prohibir es sencillo, negociar, ¿quién no sabe hacerlo?- y con el corazón repleto de buenas intenciones se precipita sobre ellas.

Los gobernantes deberían buscar antídotos contra esta suerte de temibles tentaciones. Vamos a sugerir un par de ellos. El primero podría consistir en notar que, si algo es en realidad muy fácil de hacer, y además es eficaz, ya lo habría hecho alguien antes, y el problema estaría resuelto. Sospechar, pues, de todos los instrumentos fáciles de manipular, que lucían vacantes: lo más probable es que se los abandonara después de probado por la dura realidad que eran inútiles, o contraproducentes. El segundo antídoto es especial para gobernantes de países pequeños. Estos deberían comenzar cada jornada repitiéndose que el poder que tienen lo tienen sólo para adentro, y que cada vez que lo olvidan, y buscan imponer a los de afuera su voluntad, son los de adentro los que terminan pagando las consecuencias.

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