Estamos contentos con haber participado en el reciente programa de televisión con ANCAP. Creemos que un debate civilizado entre compatriotas que discrepan pero se respetan, civiles con un militar en actividad, particulares con un miembro del elenco gobernante, en público, difundiendo información, allegando razones, se acerca mucho a ser un símbolo de lo que el país en esta coyuntura necesita.
En conciencia, tenemos la íntima satisfacción de no haber dicho ni una sola palabra en que no creyéramos, con el fin de ganar un punto.
Sobre el resultado, tenemos nuestras dudas. Nuestros amigos nos felicitan. Amables corresponsales desconocidos nos aseguran que ganamos. El Día piensa que perdimos por knock out. Muchos de sus lectores sin duda están de acuerdo. ¿Habrá habido conversos como causa del debate? ¿Y en qué dirección? No podemos saberlo. Aunque hicimos nuestro juego para informar, y no para ganar, nos habría gustado, como es natural, procurar adeptos para la posición que erige la supresión de los monopolios estatales en un imperativo nacional. No podemos estar seguros de haberlo logrado.
El debate presentaba para nosotros dificultades considerables, conectadas con la estrategia que adoptó ANCAP. Esta se orientó por dos líneas diferentes.
Una de ellas consistió en (implícitamente) sostener: nosotros somos los que tenemos la información, los que conocemos el negocio; formúlennos observaciones, y nosotros los taparemos de números. Esta línea de argumentación afloró en el cuadro mediante el cual ANCAP sostuvo que, en promedio, sus combustibles se cuentan entre los más económicos del mundo.
Nosotros pudimos protestar que las cifras preparadas por la propia parte no constituían prueba válida ante el tribunal de la opinión pública; agregar que no eran verosímiles, dada la admisión del propio ente de que su refinería tiene deficiencias de escala; y aún exigir una auditoría independiente. Todo ello era problemático, ya que arriesgaba romper la atmósfera de diálogo que se había conseguido y se necesitaba para proseguir.
Como los representantes de ANCAP se habían venido con carpetas y carpetas repletas de cuadros semejantes, y supusimos (según resultó, acertadamente) que todas se referían a combustibles, nos pareció el único camino practicable tratar de llevar la polémica hacia el monopolio del alcohol, donde el debate tendría que centrarse en principios.
El premio que consiguió este enfoque fue demostrar de la manera más concluyente posible que ANCAP no tiene ninguna razón, ni buena ni mala, para justificar ese privilegio. De ello, además, los telespectadores más inclinados a la lógica podrán haber inferido que debe haber una razón actuante en ambos monopolios que ANCAP silencia, y que los que esgrime respecto de uno solo de ellos no pueden ser genuinos.
La segunda línea de defensa de ANCAP fue el sólito recurso a la teoría demonológica de la economía mundial en general, y de la industria petrolera en particular. ANCAP defiende al país. ¿Contra quién? Contra las siete hermanas, los pulpos monopolistas, y otros fantasmones que la teleaudiencia vio trotar largamente sobre la pista de Canal 4.
Es también muy difícil enfrentar la línea de argumentación que usa la inseguridad atávica y el miedo como resortes principales. Los países que no se protegen con un monopolio estatal, ¿son inconscientes? ¿son estúpidos? Cuanto pudimos hacer fue apuntar hacia lo que nos luce una reducción al absurdo de la tesis adversaria.
Pero frente a la duda irreprimible de que los fantasmones pudieran ser, después de todo, reales, no hay un antídoto totalmente eficaz. El público tal vez esté dispuesto a pagar por un servicio de protección contra las brujas, por si las hubiera. Lo que sería bueno es que pudiese tener una idea aproximada de cuánto le sale esa seguridad.
Pero a medida que pasen los días todos estos detalles se irán olvidando, y quedarán en las conciencias de los televidentes tal vez estas dos ideas: una, que la actitud de genuflexa aprobación con la que el medio siglo de ANCAP fue generalmente saludado en nuestro medio no es unánime; y dos, los uruguayos todavía son capaces de debatir civilizadamente en torno a una mesa.
Con eso solo nos sentiríamos adecuadamente remunerados.