Los hijos de Casandra

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Días atrás la página de historietas de un matutino mostraba a un pajarito, muy alicaído en su jaula, siendo llevado a una clínica por su preocupado propietario. Luego de examinar el ave y su habitat, el veterinario emitía su diagnóstico: "¿Cómo quiere que el bicho no esté triste? Usted le forra la jaula con la página económica del diario."

La del mismo matutino que tenía el chiste podía dejarlo a uno decaído por una semana. Tal vez por casualidad; pero en algunos hebdomadarios el efecto debe ser regulado a propósito para que dure siete días.

Están las noticias, para deprimirlo a uno, y están los pronósticos. Estos van ganando por varios cuerpos. El cielo está plomizo sobre nuestras cabezas, pero los observadores leen en el horizonte las peores tempestades.

Si están o no en lo cierto, se verá; pero vale la pena detenerse a inquirir cómo les ha ido a los autores de profecías sombrías en el pasado.

Cuando en 1974 Végh Villegas liberó los controles de cambios, los hijos de Casandra, que nunca faltan entre nosotros (por descontado, no son siempre los mismos) profetizaron que nuestro fin estaba próximo. El dólar se iría a las nubes y nos quedaríamos sin reservas, todo a la vez. Ustedes lo vieron: no pasó nada de eso.

Cuando se liberaron los alquileres de los negocios, la bola de cristal les mostraba baristas y almaceneros en la calle, y veían a Punta del Este sin restaurantes.

Cuando el turno le llegó a los alquileres de viviendas, uno empezaba a temer que los bancos de las plazas no alcanzarían para albergar a las familias desalojadas.

No es cuestión de asegurar que en estos dos últimos aspectos no haya habido casos de auténtica zozobra para algunos individuos y familias; pero las catástrofes colectivas que se profetizaron no llegaron a materializarse.

Respecto de la recesión actual, tampoco negamos que ella implique graves trastornos para muchos, para trabajadores y para empresas. Pero la imagen que se proyecta por estos tiempos, de un país lanzado hacia la ruina y el caos, pertenece a las profecías cuyo valor lo fijará la experiencia.

Por de pronto, no está de más recordar que los hijos de Casandra, en el pasado, se han equivocado con frecuencia, y de medio a medio.

Yo, por mi parte, encuentro sospechosas todas las profecías basadas en una intuición oscura, y no es una teoría clara y comunicable. Las de Casandra eran de aquel tipo, pero no hay pruebas de que el don profético de la hija de Hécuba fuese transmitible por herencia.

Por lo tanto, mucho más práctico que afirmar que la política actual nos sumirá en la catástrofe es analizarla, mostrar en qué yerra, y proponer alternativas.

Eso es más práctico pero, dirán sin duda los hijos de Casandra, también es más difícil.

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