La inflación en la Argentina

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A mediados de enero expresábamos nuestro temor de que, si el gobierno del Dr. Alfonsín demoraba en atacar el déficit fiscal, y persistía mientras tanto en su pretensión de combatir la inflación, podría esfumarse el capital de confianza que había extraído de su notable victoria electoral. Un mes más tarde vemos agigantarse esa misma posibilidad.

La credibilidad de que el gobierno radical se hallaba revestido al llegar al poder, pudo aquilatarse en el comportamiento de la cotización del dólar en el mercado paralelo. Este enlenteció notablemente su ascenso, la brecha que lo separaba del tipo oficial se redujo progresivamente, y dio la impresión de que terminaría por cerrarse. Hoy las cosas han cambiado de manera dramática. Luego de sufrir una depreciación del 33% en un mes, el tipo de cambio libre está en 45% encima del oficial, con firme tendencia a separarse más aún.

El hecho decisivo es que las necesidades combinadas de la Tesorería y del Banco Central, éste en la cuenta de regulación monetaria (a través de la cual se remuneran los depósitos de encaje de los bancos comerciales), la autoridad monetaria sigue vertiendo un flujo de dinero que no ha experimentado amortiguamiento alguno, y que parece apuntar hacia una inflación del orden del 400% como la experimentada en el último año, tanto medida en términos de índice de precios como de tipo de cambio, antes que a una sustancial atenuación del proceso alcista. En efecto, tomando el primer mes y medio del año corriente, vemos la base monetaria argentina expandirse a una tasa anual del 418%, mientras que el precio libre del dólar ha crecido en el mismo lapso a una arrolladora tasa del 3500%.

Mientras tanto, los precios subieron un 12,5% en enero (medidos por el Indice de Precios al Consumidor) o sea a una tasa anual del 311%. Aún esto implica un alza mucho menor que la potencial, presuntamente a raíz del control de precios. Es sabido que la aptitud del control de precios para amortiguar la tasa de inflación frente al impulso de las fuerzas monetarias es harto transitorio. Es igualmente sabido, y por lo demás obvio, que el alza del precio libre del dólar en términos de nivel de precios, y del precio del dólar oficial, precipitará toda suerte de distorsiones, especialmente la sobrefacturación de importaciones y subfacturación de exportaciones, que tornarán insostenible la situación.

Y esto no agota los factores dinámicamente explosivos que se disciernen en la economía transplatense. Cuando se comprobó que la meta de inflación para enero, que había sido de 10 a 12%, se había sobrepasado, el gobierno decretó un aumento de salarios retroactivo de $a 100 a todos los trabajadores. La suma es poco importante, pero el principio es significativo. Cuanto mayor sea la brecha entre las metas y los resultados —y a nosotros nos caben sólo dudas muy tenues de que tales brechas existirán— mayor será el aumento retroactivo a otorgarse a los trabajadores, lo que hará que el déficit fiscal sea todavía mayor, y la inflación tienda a ser mayor aún el mes siguiente, lo que demandará una retroactividad mayor aún. Y así hasta que la explosión se vuelva intolerable.

Todo esto es lamentable desde una diversidad de puntos de vista. Lo que más directamente nos atañe a los uruguayos es el notable descenso de los precios relativos argentinos en el último mes, tal vez causante del descenso de nivel de la temporada turística de febrero, y seguro anuncio de una corriente turística invertida para muy pronto, salvo si en la Argentina los precios en general le dan caza al del dólar, y consiguen alcanzarlo. Más importante aún, estos acontecimientos auguran más dificultades de pagos, y por tanto, menores perspectivas para nuestra actividad exportadora hacia aquel destino.

Pero las consecuencias más serias atañen al terreno político. La coyuntura histórica había colocado a la Argentina en un papel de guía para el tránsito hacia la plenitud institucional en el Río de la Plata. El fortalecimiento del gobierno del Dr. Alfonsín debería servirnos también a nosotros, por consiguiente, en esta difícil hora de transición. Quienes deseamos fervientemente la consecución de aquel objetivo no podemos menos que seguir con inquietud las vicisitudes monetarias de la otra orilla.

Más aún, no podemos enterarnos sino con la mayor alarma, de la identificación que el Dr. Alfonsín está llevando a cabo con la política del Dr. Grinspún. Hablando el 16 del corriente en un acto político de su partido, el Presidente Alfonsín dijo:

"Quienes nos vienen a hablar de sinceramiento de la economía, pero nos vienen a decir que debe prevalecer el mercado, que hay que dejar el juego libre de los precios, de los salarios y de las divisas, son por lo menos políticamente irresponsables, porque pretenden ponerle una bomba de tiempo a la democracia".

La metáfora de la bomba viene a cuento, pero no estamos seguros de que la versión que ha dado el Presidente argentino sea la acertada. Este, en otro momento de su alocución, dijo asimismo:

"Vamos a rechazar... Todos los consejos interesados de quienes nos vienen a proponer como solución de la tremenda crisis que padece la Argentina, las medicinas de la represión y de la miseria".

Por estas expresiones tal vez entendiera referirse a las recomendaciones de austeridad que caracterizan las recomendaciones de la mayor parte de los economistas para economías en situación de crisis de balanza de pagos. El Dr. Alfonsín debió tener presente que su rechazo engloba las políticas de Felipe González en España, de Mario Soares en Portugal, de Bettino Craxi en Italia, de Olof Palme en Suecia y, luego de un atroz comienzo en la dirección reflacionista, de Mitterrand en Francia. ¿Estarán equivocados todos sus colegas socialdemócratas europeos? ¿Habrán caído en la trampa tendida por "los agoreros o privilegiados de adentro (y) la banca internacional de afuera" a que aludió en otro momento el primer mandatario?

¿Qué teoría económica está aplicando el Dr. Alfonsín? A nuestro modo de ver, la doctrina voluntarista, que dice que los gobernantes pueden decretar el nivel de prosperidad. Si esa doctrina fuera cierta, la austeridad no se hallaría tan difundida.

Nosotros pensamos que antes de mucho le vamos a oír pronunciar al propio Dr. Alfonsín la palabra austeridad. Cuando anuncie, por ejemplo, la constitución de un nuevo gobierno ministerial. Lo que deseamos sinceramente es que el osado compromiso que está asumiendo con la política de su primer equipo económico no afecte de manera apreciable su autoridad y su prestigio.

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