Antes del deber ser, el ser: ¿qué posibilidades hay? El salario es un precio, de servicios laborales, como suele haber en todos los países, probablemente a excepción de Cuba y Corea del Norte, mercados de trabajo. De modo que es posible usar el método usual para fijar precios en una economía de mercados, a saber, por el método de la oferta y la demanda. En el mercado, los precios se fijan impersonalmente, para bienes o servicios determinados. Para el salario, según las categorías usuales. Un oficial tornero, tanto; un medio oficial, cuanto; un aprendiz de albañil, otro jornal, etc. Un trabajador se va a ofrecer a una empresa: presenta sus credenciales: le dicen cuánto es la paga: si no lo convence, sigue la búsqueda: pero no hay ocasión de negociar, es lo mismo que ir a comprar en un supermercado. Miro el precio. Si me gusta, compro: no me gusta, sigo buscando. Pero oportunidades de regateo, no.
¿Cuál es el fundamento de la fijación de precios por el mercado? Hay dos fuerzas que se combinan: la demanda, de los que quieren comprar, y la oferta, de los que desean vender. Los trabajadores acuden al mercado porque quieren dinero para vivir, ellos y sus familias. Los empresarios, por su parte, quieren ganar dinero con su producción. Lo que los obreros ofrecen se llama productividad. Ésta se basa, esencialmente, en dos aspectos: las cualidades del trabajador (su fuerza física, pero, recientemente, su preparación, su inteligencia entrenada). En segundo lugar el equipo de capital con que el operario va a manejarse. Éste lo pone el empleador pero hace a aquel más productivo y le obliga a pagarle mejor. En su propio beneficio, por descontado, pero también en beneficio del trabajador. La inversión, el incremento del capital, enriquece a todo el mundo. Es lo que nos estamos perdiendo nosotros, es eso lo que el gobierno está privándole a los trabajadores en cuyo interés presuntamente trabaja.
El que empezó equivocándose fue Marx. En parte, su tremendo error sobre la plusvalía —una explotación metafísicamente fundada— le cerró el camino hacia una teoría económica racional. En parte, en el Manifiesto, se jugó a favor de la tesis ludista, de que las máquinas eran enemigas del trabajador, en lugar de sus aliados. En tal sentido, su visión de la revolución proletaria se basó en el pronóstico de la depauperación de los trabajadores y sus familias. Lo hizo al contrario de lo que estaba ocurriendo ante sus ojos desde mediados del siglo XIX. Como quien dice: desde el día en que salió a luz el Manifiesto. En los países industrializados —Inglaterra, Alemania, Francia, Bélgica, Holanda, Países Escandinavos— el salario real se triplicó en medio siglo, y un panorama pro-revolucionario debió emigrar hacia los límites de Occidente, donde tuvo su ocasión de probarse y concluir con un resonante fracaso.
Nos queda examinar el papel de los sindicatos en la fijación de salarios. Si hay un mercado que excluye a los grupos de presión y a los negociadores sobre precios —no hay lugar al regateo— el papel de los sindicatos no puede ser claro. En general, se ha entendido que los trabajadores individuales son —o eran— demasiado débiles para enfrentar a los poderosos empresarios. Hace muchos años vi una película italiana titulada "La Huelga", donde se mostraba el papel que los sindicatos podían cumplir. Se desarrollaba en una pequeña ciudad de provincia, y los trabajadores se sacaban la gorra si se cruzaban con el dueño de la fábrica en huelga. Lo que el sindicato aportaba para los obreros era dignidad. Pero el sindicato no podría suplir la información derivada de la empresa misma, incorporada a la función de demanda. El objetivo del sindicato podría ser mayor o menor que el óptimo que consagraría el sistema de mercado, en el primer caso generando grandes pérdidas por largas huelgas, eventualmente la quiebra de la empresa, o decadencia de la industria. A los obreros los sindicatos no les sirven.
La prueba de lo que digo es muy fuerte. En el mundo desarrollado se ha producido una reducción drástica de sindicatos y de las afiliaciones respectivas. En EEUU se llegó al máximo de afiliaciones en 1980, aproximadamente 22 millones. En proporción, sin embargo, ya había bajado del 35% en 1954 a 27% en 1980. En 1990 las afiliaciones habían caído a 17 millones, y a una proporción del 16%, apenas 10 millones y 12% en el sector privado. Actualmente ya no se pueden hacer los convenios colectivos nacionales por industrias, sobre todo en acero, carbón y automóviles, porque ya no hay sindicatos suficientemente representativos. En el oeste de aquel país, en Silicon Valley, capital de la industria de alta tecnología, prácticamente no hay sindicatos. ¿Qué hacen los trabajadores cuando no están satisfechos con su empleador? Pues, sencillamente, lían sus petates, montan a la familia en sus dos o tres autos, y se van a trabajar en otra empresa que les caiga mejor.
En el Uruguay, ¿cómo se establecen los salarios? Al parecer, por un método bélico. Si usted encuentra referencias a operaciones en la prensa, cuidado con las confusiones. Puede tratarse de tomas de aldeas en El Líbano por los blindados israelíes, o puede ser toma de empresas metalúrgicas en nuestro país. Trabajadores, tengan cuidado: se trata de una operación del FA para saldar compromisos electorales con los dirigentes sindicales. Beneficios de esto, ciertamente, que los trabajadores no verán ninguno. El gobierno está perdiendo grandes oportunidades para terminar con el elevado desempleo de más del 10% y mejorar auténticamente el salario real. Esas oportunidades están asociadas a la inversión privada, que las ocupaciones y otras agresiones a la libertad empresarial frustran absolutamente. Los consejos de salarios son instrumentos de efecto negativo sobre el bienestar de los trabajadores, que se adoptaron, y luego se abandonaron, durante uno de los períodos más oscuros de la historia económica del país. Cuando vean al ministro de Trabajo en la TV, mírenle la cara y pregúntense qué le hace poner la expresión más triste que verá en cualquier pantalla. Tiene que ser porque sabe que está faltando al compromiso que el FA contrajo con los trabajadores uruguayos.