La argamasa política que une a una sociedad democrática es dialéctica: está hecha de discurso y raciocinio. La premisa básica sobre la cual semejante sociedad se asienta es que los hombres y mujeres pueden entenderse a través de sus diferencias ideológicas; que los partidos no son compartimientos estancos; que sus fronteras son permeables; que la principal fuerza que transporta a los hombres y mujeres de un partido a otro, o de una posición sobre una cuestión concreta a otra, es la persuasión; que en tanto un debate cualquiera no se haya cerrado, no puede saberse a ciencia cierta cómo se repartirán los votos; que, en suma, la sociedad es una en función de la razón común a todos sus integrantes.
Todas las instituciones democráticas tradicionales testimonian lo dicho. El Parlamento, como su etimología lo denuncia, es una asamblea que habla, y presuntamente escucha, antes de votar. Los principios de libertad de pensamiento y de expresión, y notablemente de libertad de prensa, ocupan un lugar fundamental en la estructura institucional de tales sociedades, y proclaman a su vez que la empresa en que cada uno se embarque para convencer a sus conciudadanos es benemérita. Es cierto que en nuestro tiempo han aparecido instituciones que van a contracorriente de la norma central, como, verbigracia, las que sancionan el mandato imperativo de los legisladores de un partido para ciertas cuestiones, como las declaradas “de interés político” por aquél, lesionan la integridad de la democracia tradicional, habitualmente llamada “liberal”.
Pero éstas son cuestiones laterales. Lo central es lo que decíamos al comienzo: el raciocinio está en los cimientos de la democracia; y si no respetamos su lugar en ellos, el edificio se viene abajo. Y si el raciocinio ocupa esa posición fundamental, seguramente lo hacen junto con él las reglas que lo gobiernan; porque el raciocinio no es un pensamiento cualquiera, que fluya sin ton ni son, sino que está sujeto a sus propias normas, que componen lo que se llama la “lógica”. De modo tal que los dos conceptos del título están indiscutible y estrechamente ligados entre sí.
Al mismo tiempo, y por consiguiente, las infracciones a esas reglas comportan para la democracia una grave dolencia. Me refiero a los “sofismas”, también llamados “falacias” y “paralogismos”, que constituyen algo así como el equivalente de los virus en informática, y determinan que el raciocinio no funcione bien. Y si el raciocinio funciona mal en una sociedad democrática, es inevitable que otro tanto acontezca con su sistema político en sí mismo.
Todo este planteamiento viene a cuento en razón de entender este articulista que un virus terrible se ha infiltrado en nuestro discurso político y amenaza con desviar a nuestro sistema hacia una situación de crisis; peligro tanto mayor en cuanto la sociedad, tal vez por la vastedad de la infección, no acierta a detectar el mal que sufre. Pese a haber contribuido el insigne pensador Carlos Vaz Ferreira a nuestra colectiva educación en la materia con su famosa Lógica viva, hemos dejado a nuestra capacidad de autoanálisis y diagnóstico debilitarse peligrosamente.
El virus que se ha infiltrado en nuestro sistema político se llama “sofisma ad hominem”; designación que incluye una locución latina que significa “contra la persona”: alguien ha dicho alguna cosa y yo, queriendo refutarlo, le ataco a él (ad hominem) en lugar de argumentar contra la cosa (ad rem). Es un sofisma porque lo que necesitamos, si hemos de combatir una cierta proposición, es demostrar que ella es falsa, o que no existe razón suficiente para creer en ella, y no que quien la enuncia sea corrupto o mentiroso, o por alguna razón carezca de credibilidad; ya que ella será verdadera o falsa independientemente de las cualidades morales de quien la enunció. Es preciso no confundir esa situación, en la cual la proposición que se ataca se basa en hechos conocidos, de la proposición que formula un testigo, que dice haber visto u oído algo que beneficia o perjudica a una de las partes en un juicio. Si A afirma que vio a Z en el lugar del crimen a la hora de su comisión, y A estaba efectivamente allí, con frecuencia será difícil de refutar su testimonio. Lo mejor que el abogado de Z podrá hacer es mostrar que A tenía interés en incriminar a Z, o que ya había sido convicto de falso testimonio en otros asuntos.
La situación que nos interesa difiere de ésta y un ejemplo será la mejor manera de mostrarlo; un ejemplo que nos servirá al mismo tiempo para ilustrar el uso del sofisma ad hominem en nuestro medio. El senador Rafael Michelini acusó al contador Ricardo Lombardo de violar la Constitución, al desarrollar actividad política pese a ser presidente de ANTEL, contra prohibición inequívoca de la Carta; en apoyo de su tesis el senador invocó diversos hechos incriminatorios: la realización de reuniones en casa del jerarca del ente, con asistencia de diversos líderes colorados, cubiertas por la prensa; el gran incremento del gasto de ANTEL en publicidad; y en general el uso del ente para promover su candidatura. Por su parte Lombardo negó sin duda el tercer cargo, que no es un hecho sino una interpretación, explicó el gasto en prensa por el crecimiento de la institución y circunstancias coyunturales, como el cambio de numeración de los teléfonos; y protestó el carácter social de las reuniones, a cuya cobertura de prensa fue por completo ajeno.
Lo anterior no trata de ser una versión exhaustiva de la polémica, sino una relación de ítems que pudieron ser legítimamente tema del debate. Pero el presidente de ANTEL, desgraciadamente, creyó fortalecer su defensa denunciando que el senador Michelini y su hermano Felipe, también legislador, violaron asimismo la Carta al gestionar en ANTEL negocios de interés privado. Sin tener presente que si los cargos que Michelini le dirigía fuesen ciertos, no habrían dejado de serlo en grado alguno porque él también hubiese infringido la Constitución. Y lo que es peor aún, toda la bancada del Foro Batllista en Diputados se plegó a la contraofensiva de Lombardo, insensibles sus miembros como un solo hombre al paralogismo en que estaban incurriendo. Uno puede imaginarse el embarazo del presidente Sanguinetti al tomar conciencia de la ofensa frontal a la lógica que, en bloque, sus seguidores de la Cámara Baja habían cometido. Me lo puedo imaginar, en razón de la vergüenza vicaria que a mí me invadió.
Y este episodio será tal vez el más reciente ejemplo de sofisma ad hominem, pero por cierto no es el único. Muy pocos días antes el senador Gandini creyó oportuno recordar que el ministro Mosca había aprobado un pago sin autorización del Tribunal de Cuentas para atacar su carta al vicepresidente Batalla por haber ordenado un reparto ilegal de supuestas economías al personal del Senado. Y el doctor Tabaré Vázquez, imputado por el senador Jorge Batlle de mentir al haber declarado que era partidario de la reforma constitucional que combatió, no lo pensó dos veces para complicarse en la burda calumnia de la infidencia. Sin duda, los ejemplos del mismo género de falacia sobreabundan. ¡Cuidado con el virus!