Progreso y Progresismo

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LA IZQUIERDA NO POSEE HOY MÁS QUE UNA VISIÓN NEBULOSA DE CÓMO SERÍA EL SOCIALISMO QUE OFRECE A SUS ELECTORES.

Por “progreso” en general entendemos, hablando de un individuo, o de una sociedad, o de la humanidad entera, su crecimiento en la dirección de ciertos valores. Así, por ejemplo, podemos sin reservas afirmar que la humanidad lleva cosa de un siglo de progreso ininterrumpido en la dirección de la proeza atlética, como lo evidencia la persistencia de la superación de marcas en todas las disciplinas. Cuando hay más de un valor en juego en determinadas actividades, puede ser necesario introducir alguna calificación en esa clase de juicios. Por ejemplo, el progreso de la genética, indudable en cuanto se refiere a la ampliación y profundización del conocimiento sobre la transmisión de los rasgos vitales, ha despertado recientemente inquietudes de naturaleza moral, verbigracia en razón de la posibilidad que se ha abierto en cuanto a “clonar” seres humanos. Como es obvio, cuanto más vasto y complejo el sujeto sobre cuyo progreso querríamos decir algo, tanto mayores las dificultades. La pregunta más ardua es si se puede detectar progreso en el devenir general de la historia; ello, sin embargo, no ha disuadido a muchos de intentar una respuesta.

A lo largo de los siglos la mayoría se ha inclinado por la afirmativa. Desde la antigüedad –pese a la fama de la visión regresiva de Hesíodo– con especial intensidad desde el siglo XVII, con el movimiento intelectual de la “ilustración”, pero, sobre todo, con fuerza irresistible cuando los observadores creyeron encontrar ya una confirmación empírica de lo que antes había sido un acto de fe: aproximadamente desde mediados del siglo XIX hasta principios del siglo que ahora acaba; entre, podríamos decir, la guerra de Crimea y la primera guerra mundial. Durante ese lapso el centro de gravedad de los creyentes en el progreso se desplazó desde los intelectuales críticos de la situación establecida a los representantes de ésta; Spencer, uno de ellos, escribía: “El progreso no es…un accidente, sino una necesidad. La civilización no es artificial: es una parte de la naturaleza, como lo es la formación del embrión, o el desarrollo de una flor.”

La primera guerra mundial y la carnicería sin precedentes que reportó desplazó a muchos de su actitud de complacencia respecto del sendero de la historia, y el resto de la centuria no ha cesado de someter a la fe en el progreso de la humanidad a devastadores ataques. Pero dejemos eso para otra ocasión. Hemos trazado un esbozo de la idea de progreso y de sus perspectivas. Pero por ahora no hemos dicho nada sobre el “progresismo”, que también forma parte del título. Queremos saber qué significa progresismo y qué significa el adjetivo “progresista”, tan usado como sinónimo de “izquierdista” en todas partes y no menos entre nosotros. Sugiero que definamos al progresista en función de dos facetas: en primer lugar, es alguien que cree en el progreso a rajacinchas; en segundo lugar, su concepción del advenimiento del progreso hacia su reinado en el seno de la humanidad es a través de la acción de sí mismo y de sus camaradas. Muchos de los que han profesado la fe en el progreso se han basado en el carácter acumulativo del saber científico, de modo tal que cada avance facilita, y aun suscita, los subsiguientes. Ésos no son los progresistas. Lo son quienes ven a la humanidad dividida entre quienes aman el progreso y quienes lo odian; entre quienes por su victoria final, por otra parte ineluctable, están dispuestos a luchar y sacrificarse, y entre quienes libran tenazmente una acción de retaguardia sin esperanzas, los reaccionarios. Veamos todo esto un poco más despacio.

¿Un ejemplo de fe ciega en el progreso? Veamos un pensamiento de Trotsky. Refiriéndose al milenio comunista, aseveraba: “El hombre medio se elevará a la estatura de un Aristóteles, un Goethe, un Marx. Y más allá de estas alturas, otras cimas surgirán.”. Y sobre la forma en que el progresista ve a su ideal afirmarse en el devenir de la historia, oigamos a Willie Thompson, un laborista de izquierda, que nos narra cómo su profesor de historia en los años de 1950 hablaba a sus discípulos de un efecto “cremallera”, para hacerles comprender que cada cambio logrado en una dirección “progresista” se volvía irreversible –extensión del derecho al voto, conquistas laborales, humanización del derecho penal– y se transformaba en la plataforma de la siguiente y más avanzada transformación.

Naturalmente, los cambios más radicales, y más promisorios para los de su ideología, estuvieron constituidos por la toma del poder político por los comunistas en Rusia en 1917 y en China 30 años después. Eventualmente un tercio de la humanidad quedó bajo el signo de la hoz y el martillo. En ese enorme espacio se eliminó la propiedad privada, origen de las contradicciones internas del sistema, y las economías pasaron a planificarse centralmente. Se abría la posibilidad para que los gobiernos revolucionarios se embarcaran en una gigantesca campaña de cambio social deliberado en beneficio de los oprimidos de la víspera, sintiendo que la historia estaba de su lado.

Ahora bien, todos sabemos que este experimento fue el mayor fiasco de todos los tiempos. Y también sabemos que las operaciones de ingeniería social que se llevaron a cabo en Rusia y China representaron el proceso más cruento de la historia de la humanidad en tiempo de paz. ¿Cómo queda después de todo ello el concepto de progresismo? Willie Thompson dice que quedó en ridículo. El mismo se pregunta si a la izquierda le queda algún futuro. En lo que a él le concierne, nos dice que espera que así sea, pero que esa esperanza sólo puede justificarse reconociendo que dos siglos después de nacida su denominación, ese movimiento ha llegado a su nadir.

Ese nadir significa, entre otras cosas, un estado de total confusión. Una vez más Thompson, cuyo libro se titula La izquierda en la historia (1997), confiesa que ningún componente de esa tendencia posee hoy más que una visión nebulosa de cómo sería un socialismo factible que pudieran ofrecer a sus electores. Lo cual podríamos nosotros mismos inferirlo del componente uruguayo, a partir de la vaguedad patente de sus declaraciones ideológicas, así como de su militancia, limitada a combatir cuanto proyecto innovador proponen los partidos tradicionales. Lo que yo querría destacar hoy es el desparpajo de que hacen gala, al incluir el adjetivo “progresista” en el lema con que comparecen ante nuestra ciudadanía.

Pero volvamos al tema del progreso. ¿Quién no quiere el progreso? El progreso en libertad, el progreso en bienestar, el progreso en oportunidades brindadas a los jóvenes. ¿Qué significado atribuir entonces a un movimiento político que pretende singularizarse como “progresista”? Presuntamente, que posee una varita mágica para lograr que sus programas, cuando los tenga, culminen con éxito; que tiene a la historia de su lado; que cuanto más arriesgado sea un programa, mejores serán sus resultados. ¿Igual que en la URSS? ¿Igual que con Mao Tse Tung? Pues sí, hay que suponer que eso es lo que quieren decir. Y si no, ¿qué?

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