El terminador que la termine…

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EL TIEMPO ES ORO. ASÍ REZA UN REFRÁN CONOCIDO PERO NOSOTROS DESARROLLAMOS NUESTRAS ACTIVIDADES COMO SI CREYÉRAMOS EN ESTE OTRO LEMA: EL TIEMPO ES CHATARRA.

…buen terminador será. Me refiero, naturalmente, a la terminal de contenedores, cuyo nombre es en tal grado impropio que cabría que hablar de la terminal interminable, o de la tela de Penélope aplicada a la ingeniería portuaria.

Claro que no es el único ejemplo de la inclinación de los uruguayos a dejar inconclusas las obras que emprendemos. Schubert sólo lo hizo con una sinfonía, pero nosotros tenemos dos enormes edificios inconclusos, el Palacio de Justicia y el estudio auditorio del SODRE, que la mayor parte de los habitantes de la capital sólo recuerda en construcción. Con lo cual es como si, aparte de no haberse terminado, tampoco nunca se hubiesen empezado.

Aparte de ser esto muy original, es muy caro, porque el costo de un edificio es la suma de tres componentes: los salarios pagados más los materiales usados, más los intereses sobre cada dólar que se ha volcado en uno y otro rubro desde el día en que se invirtió y hasta que el edificio pueda usarse. De modo que, según pasan las décadas, y los intereses continúan acumulándose, incluso en los tiempos de total inactividad, el costo total va tendiendo ineluctablemente hacia infinito. Yo me atrevería a apostar que ya son los dos edificios más caros de la historia mundial.

Pero no nos olvidemos de la terminal interminable y de los hechos que configuran su historia singularísima. El anuncio de la primera licitación se produjo en abril de 1994. Cuantos meses habían trabajado los consultores y personal de la ANP antes de ello es por el momento un secreto, pero alguien lo leerá algún día en la historia universal del despilfarro, donde todos estos hechos desempeñarán papeles protagónicos. En cualquier caso desde entonces se está gastando dinero en la preparación de ofertas, su análisis, la decisión sobre ellas, los recursos. administrativos interpuestos, su procesamiento por la ANP y por el Poder Ejecutivo, la anulación de todo lo hecho, la preparación de nuevos pliegos, la preparación de nuevas ofertas, el nuevo análisis de las nuevas ofertas, la decisión sobre ellas, los nuevos recursos administrativos, su procesamiento en ambas órbitas pertinentes, la investigación de los escándalos, tanto ante la Justicia como en el Parlamento, el proceso ante el Tribunal de Cuentas, la aprobación en la ANP y la nueva cancelación de todo por el Poder Ejecutivo. Y ahora nos aprestamos a seguir gastando dinero en preparar otros pliegos más, y otras ofertas más, y en procesarlas otra vez … ¡Bendito sea Dios! ¿Hasta cuándo va a durar esta pesadilla?

Lo más gracioso –o lo más trágico, escoja el lector– es la visión que los actores del lado público tienen de los costos. Días atrás leía los comentarios de uno de los dirigentes del organismo portuario sobre costos. Me pareció bien. Los costos existen, después de todo. Pero imaginen cuán grande habrá sido mi estupefacción cuando aprecié, en una segunda y atónita lectura, que el empresario público se estaba refiriendo sólo al costo de lo que habría que hacer de aquí en más al anularse todo lo hecho y volver a fojas cero. Pero sobre los costos incurridos en el quinquenio anterior, ni una palabra. Sobre los recursos reales destruidos en un interminable ritual absolutamente estéril, total olvido. Sin embargo, entre las causas de nuestra actual pobreza sin duda el despilfarro de capital ocupa un lugar prominente.

En cierto sentido, todo se resume en un desprecio colectivo de nuestros hombres públicos por el tiempo. ¡El tiempo es oro! Así reza un refrán conocido. Es un refrán anglosajón: Time is money! Pero nosotros desarrollamos nuestras actividades como si creyéramos en este otro lema: El tiempo es chatarra. O bien: El tiempo no interesa. Pero sí interesa. Y la cuantificación de cuánto importa son precisamente los intereses. Y nosotros mantenemos estériles recursos reales durante lustros y décadas, y empezamos la torre de ANTEL mientras en el complejo del SODRE nadie toca ni canta nada, y en el Palacio de Justicia nadie litiga ni dicta sentencia, y en la terminal de contenedores nadie carga ni descarga, y todo ello Dios sabe por cuánto tiempo más.

Si no hubiese por el tiempo esa clase de desprecio, la anulación de la licitación no podría haber dejado de suscitar el tema de la responsabilidad. Si el Poder Ejecutivo tuvo que anular la licitación, tiene que ser porque los agentes públicos condujeron mal el proceso respectivo. El fracaso de éste no puede imputarse a la mala fortuna, ni fue por fuerza mayor ni caso fortuito. En el lado del sector público, ANP o Poder Ejecutivo, o ambos, alguien cometió errores costosísimos. Sin embargo, nadie protesta y el gobierno se limita, implícitamente, a exhortarnos a que creamos que la próxima vez las cosas van a ir mejor. ¿Por qué habríamos de creerlo?

Mientras tanto, el mundo sigue andando. El Puerto de Montevideo compite con los de Buenos Aires, Río Grande, Santos, etcétera. Su potencial físico es excelente. En 1970 este articulista era director de la OPP. Las autoridades del Banco Mundial le dijeron: nosotros creemos que Montevideo tiene que ser el puerto de la cuenca del Plata, pero no podemos financiarles nada importante hasta que pongan la casa en orden. Veintidós años más tarde empezamos a hacerlo; después, sin embargo, dejamos que nuestra nave encallara en los arrecifes. El puerto de Buenos Aires, que empezó su reorganización después que nosotros, hoy tiene cuatro terminales de contenedores operando 12 grúas Pórtico, todo por supuesto en manos privadas, mientras nosotros tenemos sólo una terminal precaria operada por la ANP, una sola grúa de ese nivel y ninguna terminal privada, pese a que hace ya cinco años que decidimos tenerla. La ventaja que nos han sacado es difícilmente neutralizable.

Un corolario del desprecio que nuestros dirigentes políticos tienen por el tiempo como recurso económico (es decir, escaso y valioso) se traduce en la creencia de que la calidad de las decisiones es todo y la oportunidad con que se adoptan no es nada. La maximización de la calidad de las decisiones se obtiene con la perfección. Pero, como la perfección es inalcanzable, la consecuencia es que las decisiones no se toman nunca. Si no hay una restricción temporal que sea operativa, la búsqueda de la perfección conduce a la inmovilidad. Que es donde nosotros nos hemos atrincherado por el momento.

En algún grado somos todos responsables. Obviamente, en un sistema democrático la repulsa de la opinión pública contra los errores gruesos es el antídoto contra la pereza mental o la tozudez de los gobernantes. El no sentir vivamente ese rechazo, o no haber encontrado el medio de expresarlo, es la culpa compartida por todos. Nos va mucho en que todo no siga así. Cada uno debería buscar la manera en que pueda demostrar eficazmente la angustia con que tendríamos que ver que el país está paralizado mientras a izquierda y derecha otros nos pasan como a postes. De lo contrario, la responsabilidad será centralmente nuestra.

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