Cuando en la TV veo a la gente caceroleando en la Argentina, comprendo cómo se sienten, y me solidarizo con su angustia; pero me da pena que caceroleen mal. Porque lo hacen frente a los bancos, cuando ellos no fueron quienes los metieron en el berenjenal donde padecen, ni pueden sacarlos de él. Y aquí, en el Uruguay, donde pienso que es posible que, en un futuro no lejano, también la gente salga a la calle con cacerolas y martillos, me gustaría que comprendieran mejor lo que les pasa, y, si se proponen armar batuque, lo hagan cuando todavía puede haber medios para evitar que el colapso financiero se consume, y consiguientemente vayan a perturbarle la paz a quienes tendrían la culpa, en lugar de perturbársela a quienes, al menos en esta materia específica, son inocentes.
Cuando ocurren, o están por ocurrir, cosas de esa catastrófica índole, lo primero a tener en cuenta es que ellas se sufren de golpe, pero se gestan de a poco. Por ejemplo, en la Argentina tendrían que haber ido a cacerolear retrospectivamente a Menem –de magnífica performance, igual que su compañero de tandem, Mingo Cavallo, durante parte del partido– pero que infló el presupuesto hasta consumirse todos los ingresos fiscales que el boom por ambos fabricado les deparó, y, sobre todo, se consumió también el producido de las privatizaciones, cuyo destino natural era el retiro de deuda. Con lo cual creó un equilibrio sobre la cresta de la ola, como el que logran los surfistas, pero cuando la ola se aplastó contra la arena terminó revolcado y sumergido, como suele ocurrirles a los que practican ese deporte.
La clase de gastos en que se incurrió allende el Plata, y que se cometió por décadas entre nosotros, aparte de despilfarrar riqueza mientras ocurren, tienen el grave inconveniente adicional de ser asimétricos en su creación, suave y dulce, y su eliminación, o aún reducción, difícil y amarga. A los países que contraen obesidad en la época de las vacas gordas les pasa lo que a muchas empresas privadas cuando las vacas enflaquecen. Una empresa industrial eficiente cuida de minimizar los costos directos de sus productos, pero son pocas las que resisten la tentación de aumentar la superestructura que origina los gastos generales, a menudo por razones cuestionables. Lo que ocurre cuando llega la fase contractiva del ciclo, y los mercados se achican, es que el margen de ganancia bruta que han conseguido con su eficiencia, y su control de los costos directos, ahora –sobre ventas menores– no alcanza para absorber los gastos generales que devenga la superestructura ejecutivo-administrativa. Es entonces que se produce una poda generalizada en aquel ámbito, y sus ejecutivos se ven forzados, por el desempleo, o por la drástica reducción de haberes, a la ya olvidada austeridad que cantó Marilyn Monroe en una de sus más regocijantes intervenciones.
Si la eliminación de adiposidades alcanza o no para salvar cada empresa depende de muchos factores, y a su respecto es imposible generalizar. Pero en el sector público, donde la superestructura abarca casi toda la unidad de gasto, y sobre todo en países como los rioplatenses –en los cuales, por un lado, la estabilidad del empleo público se considera sacrosanta, y por el otro, la presión para aumentar el gasto no cede ni durante las recesiones– la situación suele volverse desesperante. Por un tiempo a los gobiernos les dura el prestigio de buenos pagadores que ganaron durante el auge, y se puede capear el temporal. Pero los acreedores estudian las cuentas y perciben que están cumpliendo con ellos a costa de endeudarse cada vez más con otros, no dejando de prever la inevitable crisis. Entonces el crédito de los bancos privados cesa, y el país tiene que basarse para no caer en default en la asistencia del FMI y otras agencias multilaterales, etapa en la cual actualmente nos hallamos nosotros. Pero eso no es más que un tubo de oxígeno, cuyo contenido no tarda demasiado en agotarse.
No es necesario eliminar el déficit de la noche a la mañana, pero sí es imprescindible que los acreedores vean que, sin demora, el deudor está dispuesto a tomar medidas heroicas. Si observan que los salarios de los funcionarios públicos son recortados sensiblemente, y que, en la misma ocasión –digamos, en la próxima rendición de cuentas– se elimina una cantidad apreciable de empleos –sin dejar, por supuesto, de crear un seguro de paro para sus titulares– los banqueros, que ya tuvieron buena opinión del país, cuya seriedad en el pasado ha sido ampliamente reconocida, no vacilarán en restablecer el crédito suspendido.
Por tanto, si el caceroleo es una actividad a la cual, llegado el momento, los lectores no descartan dedicarse, sepan que el momento ya llegó. Y que donde tienen que ir a cacerolear es bajo las ventanas del gobierno. No dejo de comprender que es más fácil convencer a la gente de que vaya a armar batuque frente a un banco, aun para exigirle que devuelva una cantidad que no tiene, porque el gobierno se la sacó –con lo que el ruido no será nunca más que eso– que persuadirlos de que hagan algo que muy probablemente les ayudará, pero que sea tan estrafalario como exigir que se bajen los salarios públicos y se eliminen rubros presupuestales. De acuerdo, pero, ¿qué va usted a hacerle? Es así como las cosas en realidad son.