Pensadores de la Izquierda

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LA CONTRIBUCIÓN EN QUE ROUSSEAU Y MARX COINCIDEN REFIERE AL OPTIMISMO ANTROPOLÓGICO: PARA AMBOS EL HOMBRE ES ESENCIALMENTE BUENO. Y ELLO ESTÁ EN LA BASE DE LA VENA UTÓPICA.

En mis dos últimos artículos me ocupé de Juan Jacobo Rousseau y Carlos Marx, en el marco de la actividad política que uno y otro contribuyeron señaladamente a generar, cuyo doble núcleo son las dos máximas revoluciones, francesa y rusa. Hoy vuelvo sobre ellos, ahora colocándolos en el centro de mi enfoque. Cronológicamente, los separa un siglo. Uno y otro nacieron en 1712 y 1818, y vivieron 66 y 65 años. 1750 y 1850 pueden representar los ejes de sus vidas. Ninguno llegó a ver la revolución que en buena parte se había gestado en su cabeza (la francesa estalla en 1789, a 11 años de la muerte de Rousseau, la rusa a 34 años de muerto Marx), pero los líderes políticos de ambas reconocen expresa y enfáticamente sus decisivos aportes intelectuales.

La contribución en que ambos coinciden, y estimo de principal relevancia, es el optimismo antropológico. Para ambos el hombre es esencialmente bueno. Rousseau dice que el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe. Gracias al contrato social que propone, llamado a reemplazar los conflictos de intereses que caracterizan a la sociedad prerrevolucionaria por intereses universalmente compartidos, la bondad primigenia del ser humano, cubierta como se hallaba por una costra de egoísmo y concupiscencia, resplandecerá. Para Marx la revolución proletaria tendrá un efecto análogo al del contrato social. Eliminada la propiedad privada, y con ella las clases sociales –cuya lucha resume el contenido de la historia– tras un lapso, mero interludio, denominado “dictadura del proletariado”, la bondad natural del hombre y la mujer entrarán en su indefinido apogeo, de modo que la coacción del poder político ha de volverse obsoleta, y el Estado se disipará entonces como una flor marchita, con ello inaugurándose la sociedad de los libres e iguales, que persistirá por los siglos de los siglos

La afirmación de la bondad humana ocupa el centro de fe izquierdista. Sin ella su vena utópica no podría alentar. El término “progresismo”, que suele emplearse como sinónimo de “izquierda”, sería inconcebible. Una condición como el “progreso”, por todos codiciada, ¿cómo podría ser distintiva de un grupo? Si en la izquierda lo es, no puede sino serlo porque la sociedad, gracias a la bondad de sus integrantes, está ávida de reformas que le permitan librarse de las distorsiones corruptoras de que habló Rousseau. El progreso es factible, y fácil, porque el hombre es bueno. También la misma convicción influye sobre el pensamiento de la izquierda sobre criminología: las cárceles serán prescindibles cuando la educación permita a los hombres realizar su potencial de bondad. Incluso antes de esa etapa la izquierda muestra gobernantes propensos a liberar presos, lo que debe asociarse, en opinión de este articulista, a la convicción de que quienes delinquen son víctimas de la sociedad, y su reclusión penal, por tanto, injusta.

Acabo de mencionar la “fe izquierdista” en este contexto, porque, en efecto, la convicción de que el hombre es inherentemente bueno no puede probarse. Tampoco pueden probarse, y son por ello también artículos de fe, las convicciones opuestas, verbigracia la doctrina judeocristiana del pecado original. El ser humano es mitad naturaleza y mitad cultura, y separar por sus orígenes las cualidades que la especie exhibe es tarea superlativamente ardua. Dicho esto sobre lo que ambos pensadores tienen en común, me propongo señalar, en apretada síntesis, cuáles son las distinciones doctrinales que los separan

La tesis roussoniana es, de lejos, la más sencilla de las dos. Las conclusiones que propone Juan Jacobo se desprenden directamente de la premisa sobre la bondad del género humano. La principal dificultad que enfrenta es que la asamblea de los iguales y buenos, él presume, resolverán invariablemente por unanimidad. En las asambleas las divergencias se derivan de las diferencias de intereses, pero el contrato social los ha extinguido, y se descuenta que ningún bueno trata de sacar ventaja a los demás. Por tanto la unanimidad reinará. Pero si no lo hiciera, y hubiese que contar los votos –como el sentido común nos asegura que sería inevitable– las minorías sufrirían totalitarios cercenamientos de su libertad, ya que, no debemos olvidarlo, la “voluntad general” no está sujeta a limitación alguna

Pero las debilidades del marxismo son mayores y más notorias. A medio camino cronológico entre Rousseau y Marx surge Hegel, y su influencia lleva a Marx a asociar su tesis básica con una teoría dinámica de la historia, cuyo predeterminado fin glorioso habría de serlo la sociedad signada por libertad e igualdad perfectas, al impulso de la revolución proletaria. Pero, en tanto Hegel coloca el fin de la historia en su propio tiempo, materializándose el final feliz en el Estado prusiano de principios del siglo XIX –cuya excelencia, por discutible que sea, no es notoriamente nula– Marx se arriesga a ubicar la culminación de los tiempos en el futuro, tras la revolución que se inspiraría en su obra, sin imaginar el final tragicómico que el destino le tenía deparado: trágico por la estela de decenas de millones de víctimas que marca su trayectoria, cómico por el espontáneo colapso que le puso fin. Como si Zeus, en lugar de fulminar al Estado comunista con un rayo, hubiese encargado a Eolo que lo voltease de un soplido

Para concluir, discrepo radicalmente con el mensaje de Rousseau, pero comprendo la durabilidad de su influencia y el atractivo del optimismo antropológico para mucha gente. Lo que no llego a entender es que haya aún quienes se auto proclaman marxistas, y comunistas aún menos. Porque, en primer lugar, las profecías de Marx no pudieron resultar más plenamente desmentidas por los hechos, particularmente en cuanto, debiendo las revoluciones proletarias haberse materializado en las sociedades centrales del capitalismo, nunca se concretaron más que en zonas marginales; y la economía centralmente planificada, que Marx nunca estudió, pero que predijo, presuntamente porque en una sociedad que hubiese eliminado la propiedad privada de los bienes de producción no había alternativa, nunca ha producido más que descalabros. Y, en cuanto al comunismo, ¿qué movimiento político, qué causa social, podría rivalizar con su vocación al desastre?

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