Lo que Fidel hacía mejor

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LA PLANIFICACIÓN ECONÓMICA FUE UN DESASTRE, PERO SU PRINCIPAL FAENA FUE ENTRISTECER LA VIDA EN UNA ISLA QUE ERA MÁS ALEGRE QUE UNAS CASTAÑUELAS.

Ahora que Fidel se ha llamado a cuarteles de invierno, uno se inclina a escribir sobre él en tono menor; más con ánimo descriptivo más que destructivo, pensando que ahora hará menos daño que antes. Por ejemplo, lo que hizo mejor no fue matar súbditos. Mal no lo hizo, porque debe haber andado cerca de los 100.000 muertes de origen político, 1% de los habitantes, incluyendo los balseros ahogados, pero la URSS y China anduvieron por el 10%, y Pol Pot, el as indiscutido del mundo comunista, un 15%. No, Fidel no se distinguió como verdugo. Tampoco como carcelero, por más que hubo tiempos en que las cárceles estaba abarrotadas, al punto de obligar la introducción de campos de trabajo, pero el número de reclusos ha disminuido sensiblemente en los últimos años.

Por supuesto, en planificar la economía cubana tampoco se distinguió Fidel. El objetivo era industrializar, zafar del monocultivo azucarero y de un turismo sensiblemente sesgado hacia el juego y la prostitución. No han podido cambiar nada en más de medio siglo, sin contar la enorme caída del PBI real. En realidad, la planificación económica del régimen castrista fue objeto de risa dentro de la propia Cuba. Una excelente película cubana, “Guantanamera”, hecha por un notable director (y guionista en este caso), Tomás Gutiérrez Alea, hoy fallecido, contiene la más sangrienta crítica del sistema económico fidelista. El argumento es el siguiente: una cantante mundialmente famosa, nacida en Oriente, en Guantánamo, llega a reencontrarse con sus orígenes, y muere súbitamente. La decisión gubernamental es que se le dé sepultura, con los honores del caso, en La Habana. Surge entonces un problema: hay que transportar el féretro de Este a Oeste, a todo lo largo de la isla. Adolfo, un burócrata, por supuesto comunista, con cara de tonto, encargado de servicios fúnebres de la provincia, no tiene combustible para un viaje semejante. Tiene entonces una idea, que le parece brillante, para resolver la dificultad, que sus superiores aprueban: cada encargado de los servicios llevará el féretro hasta el límite de su provincia, donde lo tomará su colega, que hará otro tanto, hasta que se llegue al cementerio indicado. Método que Adolfo ha propuesto, con éxito, invocando el ahorro de combustible. El argumento asegura que todas las autoridades competentes son tan estúpidas como su propulsor. Pero ahí no termina la historia. En medio del camino a La Habana se topan con otro cadáver, ahora de un negro gigantón, que había sido campeón de boxeo, y entonces se aprovecha la disponibilidad de parte del furgón que llevaba los restos de la cantante. El lector tal vez haya adivinado el desenlace: los féretros se confunden y el discurso (cursilón) con que se cree despedir a la finísima cantante va dedicado al terror de los cuadriláteros.

Y desde entonces el mundo se ha reído de la planificación cubana, que reposa sobre fundamentos estúpidos y logra lo más ajeno posible de lo deseado. Cómo permitió Fidel que el film se exhibieran es un misterio difícil de desentrañar, pero presumo que el tirano calculó que la ruptura con alguien de tanto prestigio internacional como González Alea sería políticamente oneroso. Pero déjenme que les narre un episodio, en que yo mismo intervine, clasificable en el mismo capítulo que Guantanamera. Siendo yo presidente del Banco Central (1990 – 93), recibí la visita de mi colega cubano. Sin ninguna prevención epistolar, estaba yo intrigado sobre qué podría tratarse cuando mi visitante, sentados él y yo en mi despacho, me reveló de qué se trataba: la importación de pollos de Uruguay. Desprevenido, le dije que lo escucharía con interés. Mi colega caribeño me enumeró los hechos: el gobierno cubano había resistido un crédito sin límite temporal para comprar pollos en Uruguay, y lo había agotado sin efectuar nunca ningún pago. Ahora deseaba revivir el mecanismo. Mi respuesta fue que no necesitaba ningún mecanismo para comprar pollos en Uruguay, por tratarse de un mercado libre. Repuso el cubano que ellos preferían operar en el sistema con el mismo crédito, y explicó su deseo: ellos adelantarían una cierta cantidad en pago de su deuda, y en seguida colocarían una compra a crédito. Con eso, objeté, no ahorrarían ni un centavo. “No importa”, repuso el sucesor de Guevara, es lo que nosotros deseamos. De hecho, no pagaron nunca un solo dólar.

Pero, vamos de una buena vez a lo que Fidel hizo mejor desde que asumió el gobierno de Cuba. Mi convicción es que ello consistió en entristecer, profundamente, la vida en la isla. Antes de Castro, Cuba era más alegre que unas castañuelas. Nunca olvidaré a una jovencita, que estudiaba inglés junto con mi mujer, hace ya largos años; había nacido en La Habana, adonde sus padres emigraron huyendo de Hitler. Luego ella misma se unió a sus mayores para huir de nuevo, ahora de Fidel, a Montevideo. Su nombre era Solange, pero todos la llamábamos Sol. Era rubia y de ojos claros, que le brillaban, sobre todo cuando evocaba La Habana. En todas las plazas, la oí una vez narrar, había orquestas que tocaban todos los días. Y entonces, nos contaba con fruición, la gente, como sin darse cuenta, en su andar por la plaza, iba marcando el ritmo que los músicos tocaban. Y todo le venía bien a los habaneros para reír y cantar. Pero ahora —un ahora del que prefería callar— todo se volvió sombras y penas.

Batista, el dictador —recordemos de paso que tenía el apoyo del Partido Comunista— robaba cosa de la mitad del presupuesto, pero los cubanos lo sobrellevaban bien, y nadie padecía hambre. Fue recién con Fidel que el hambre se aposentó en la isla. Y si a alguien no le gustaba el país, podía irse por poco y nada a la Florida, sin que nadie pretendiese impedírselo. Hasta que Fidel lo hizo delito, y ahora, si no eres del gobierno, la única manera de salir de la isla es en una balsa hecha con neumáticos viejos, de las que cada noche hasta hoy zarpan tres o cuatro, sabiendo los tripulantes que, del número de los que lo intenten, no menos de una cuarta parte serán alimento de los tiburones. Un riesgo de muerte mayor del que se enfrenta con la ruleta rusa, que es solo de uno en seis.

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